Es domingo: Contemplar y Vivir el Evangelio del día
 
30º domingo del Tiempo Ordinario
 
Para empezar: Retírate… Recógete… Silénciate… Oh mi Dios Trinidad a quien adoro… Gloria al Padre…O Tú que vives en Ti en los más hondo de mi, que resuene tuvo voz en lo más hondo de mí… Que la sepa comprender y acoger y amar y vivir… Espíritu Santo guíame…
 
Leer despacio el texto del Evangelio: Mateo 22,24-40
 
En aquel tiempo, los fariseos, al oír que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron en un lugar y uno de ellos, un doctor de la ley, le preguntó para ponerlo a prueba: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de ley?” Él le dijo: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente”. Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. En estos dos mandamientos se sostienen toda la Ley y los Profetas”.
 
Contemplar…, y Vivir…
 
Contempla despacio a Jesús, como siempre manso y humilde, rodeado de astutos saduceos que no creían en la resurrección, a los que había rebatido antes sus creencias…
>Un doctor de la ley, le preguntó para ponerlo a prueba…
Vienen ahora los saduceos con un doctor de la ley para ponerle a prueba. Cuando el amor propio está herido es capaz de tentar al mismo Dios. ¿No te ha pasado a ti? Hoy también muchos tientan a Dios: cuantos le rechazan a conciencia, por ser Dios o haber un Dios; los expresamente indiferentes porque no quieren saber que existe, molesta a sus vidas; quienes le desafían porque quieren hacer ver a los demás y a sí mismos, que no hay ningún Dios que sea tal; los que creyendo dicen estar enfadados con Dios… ¿Hay un modo de pensar u obrar tuyo que ponga a prueba a Dios, a su amor siempre entrañable y misericordioso?
>“Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de ley?” Pregunta realmente comprometida. ¿Por qué? Porque ellos tenían 613 mandatos que cumplir y, como meticulosos observantes, siempre estaban en polémicas, en juicios o con escrúpulos para imponer esta o aquella interpretación que sería la mejor, según los grupos. Ley e interpretaciones eran al final un laberinto y para muchos un imposible. ¿Podía Dios pedir eso? Vino Jesús para dar la respuesta de Dios a la humanidad: Él es la Ley y los Profetas.
> Él le dijo: El segundo es semejante a él: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. En estos dos mandamientos se sostienen toda la Ley y los Profetas”. Esta respuesta ya la sabían ellos; teóricamente, claro. Pero no conocían, la tajante acotación de Jesús que reafirma, clarifica y unifica como una sola realidad que se concreta en la vida: los dos amores juntos o los dos pilares que sostienen y dan valor a toda la Ley y los Profetas. Con estos amores, doble cara de una moneda, -(la vida que ama hacia arriba y hacia abajo y a los lados; ¿no es eso la cruz?; ¡claro, es que el amor es darse gratuitamente a Dios y a los demás!)-, con estos amores, todo se salva y dignifica, sin ellos todo se desfonda en la vida. Si no tengo amor nada soy (san Pablo). Y lo que hago sin él nada vale. ¿Lo he aprendido ya, o no? Contempla a Jesús…, y pídeselo. Cada día un poquito más y mejor.
>Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente. Este mandamiento es el principal y primero.
¿Qué es amar a Dios y amarle de ese modo que Jesús afirma claramente? La lengua griega con la que está escrito el Nuevo Testamento dispone de tres palabras para hablar del amor; ágape, filia y eros. El primero es que busca el bien del otro; es el amor con que Dios nos ama; es el amor capaz de amar al enemigo. Es donarse en gratuidad por el bien del otro, por hacer feliz al otro. Dios es ágape y obra como tal. El segundo es el amor que genera amistad y fraternidad, (amigos, hermanos, parientes, familiares) y que produce unidad y satisfacción. El tercero es el que lleva al enamoramiento y a la sexualidad, como es el del noviazgo y sobre todo el del matrimonio hombre y mujer. Por tanto, amar al Señor tu Dios como pide Jesús es ágape. ¡Nada menos que eso! Pero es que ese amor lo tenemos: es con el que nos ama Dios cada día, siempre. Por eso añade Jesús: con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, es decir con toda tu persona, todo tú y todo lo que haces; la totalidad de la persona y la totalidad de la entrega a Dios. No es ningún imposible. El Señor quiere nuestro corazón todo entero, nuestra vida, y no el trozo que queda después de repartirlo con otros intereses que tengamos. Nada de eso. ¡Como es el de Dios para mí! Nada más grande, sublime y divino que el ágape, el Amor. Nada nos realiza y plenifica como él: en lo humano y en lo divino y cristiano. Inténtalo cada día un poquito más y mejor… Pídeselo al Señor.
>El segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Así de claro. Semejante: Jesús da a entender que la caridad hacia el prójimo es tan importante como el amor a Dios. De hecho el signo visible del auténtico amor a Dios es el amor al hermano. Y el testimonio más elocuente que estamos llamados a dar. El amor al prójimo como así mismo es también ágape. Y los hemos de amar tal como nos amamos a nosotros mismos, porque es amando que somos amados y somos amados porque amamos. ¿Entiendes como es la cosa? Tienes todos los días mil posibilidades de vivir esta experiencia cristiana por excelencia. También aquí, inténtalo cada día un poquito más y mejor… Pídeselo al Señor.
>En fin: En estos dos mandamientos se sostienen toda la Ley y los Profetas. En la conclusión del pasaje, decía Benedicto XVI, los dos mandamientos se unen en el papel del principio fundamental en que se apoya toda la Revelación bíblica. Todo lo que la Escritura santa nos revela acerca de Dios y del hombre, de su ser, de su vida y de su obrar, de su presente y de su futuro (de Dios y del hombre) está fundamentado en este doble mandamiento que son uno: el del Amor. Así es de grande y de simple Dios, Jesús, el cristianismo, nuestra experiencia de vida testimonio y misión. ¿Qué me pide Dios? ¿Qué estoy dispuesto hacer yo por Cristo y con Cristo?  ¿Y por los demás? No cabe la espera. Solo cabe el Amor. ¿Quieres empezar? Es la hora…, ya…
 
Para terminar: Dale gracias a Dios por este tiempo de contemplación… Recoge tus impresiones, los sentimientos, los deseos, etc., que más han dejado alguna huella en ti… Y durante la semana, trabaja estos dos amores en tu vida, en los momentos buenos y en los menos buenos. Y consiente que el Espíritu labre tu corazón en esa línea. Reza el Padrenuestro…