Se cumple este mes el primer centenario de la Revolución Rusa, iniciada en marzo de 1917 con el destronamiento del zar, y culminada en octubre con la proclamación del gobierno bolchevique que abría paso a la creación de la República Socialista Federativa Soviética de Rusia.
Llama la atención el poco impacto mediático que está teniendo esta conmemoración, quizá por haberse diluido en la vorágine informativa del secesionismo catalán, o quizá porque la izquierda ideológica es poco amiga de aceptar su pasado histórico cuando es especialmente perverso. Mis casi 57 años (los cumplo en unos días) me permiten recordar el entusiasmo con el que la izquierda valoraba el regimen soviético, incluso en los años 70 y 80, cuando ya eran bastante evidentes las barbaries que había cometido con su propio pueblo. Recuerdo una entrevista que realizó TVE a Aleksandr Solzhenitsyn poco antes de ser galardonado con el premio Nobel de literatura. Su descripción del horror de los campos de concentración mereció para algunos compañeros de carrera, que seguían empeñados en defender el marxismo, el calificativo de engañosa, el del entrevistador (José María Iñigo) de tendencioso, y el del entrevistado de "fascista", que es el apelativo coloquial de todo aquel que no está de acuerdo con las ideas de quien reparte los "carnets de progre" (por cierto hace unos días le aplicaron el mismo calificativo a Serrat a propósito de sus dudas sobre el supuesto referendum, ya se ve que la ideología marxista mantiene sus atavismos).
 
Volviendo a la revolución rusa, me parece grave que no se recuerde un acontecimiento de tal magnitud histórica, no sólo porque fue el primer estado donde se aplicó el sistema marxista (lo que luego se denominó el socialismo real), sino porque fue el núcleo que expandió esa ideología a múltiples países: desde Cuba hasta Camboya y China, pasando por buena parte del Este europeo y Sur asiático. El balance de estos regímenes es aterrador: 100 millones de muertos según algunos autores. Ya fuera por  flagrantes incompetencias en la gestión pública, que llevaron a enormes hamburnas en Rusia o China, ya por la represión política generalizada (el caso de Camboya es especialmente terrible, pero no hay que olvidar a Corea del Norte o, en mucho menor grado, a China, todavía actualmente), los crímenes asociados al sistema marxista son inmensos, y todavía frecuentemente banalizados o ignorados, por quienes siguen identificando al marxismo con el progreso social.
Quien quiera conocer con algo más de detalle el origen de esta maquinaría ideológica que ha impactado terriblemente la vida de cientos de millones de personas en el s. XX, y aún hoy día, les recomiendo la lectura de la obra de Vladimir Lamsdorff-Galagan: "La Herencia de la Revolución Rusa", publicado hace unos días por Digital Reasons. Describe de manera ágil y muy bien documentada el origen y desarrollo del proceso revolucionario ruso, la entronización de Lenin y Stalin, las contradicciones del sistema y su derrumbamiento a fines de los años ochenta. Un obra sencilla, de fácil lectura, pero que hará pensar a muchos intelectuales más familiarizados con la ideología que con la Historia.