Isaías 25, 6-10a; Filipenses 4, 12-14. 19-20; Mateo 22, 1-14

«La boda está preparada, los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda»
«Quiero mirar a través de mis odios y rencores para poder ver la bondad escondida en el alma de los hombres. Ver en ellos la imagen de Dios. En al alma de aquel a quien amo aunque me ignore»
 
Con frecuencia he pensado que mi ego es demasiado grande. Todo comienza conmigo y acaba conmigo. Lo que yo necesito, lo que me falta. Lo que siento, lo que me alegra. Lo que me entristece, lo que me duele. Lo que sueño y lo que anhelo. Lo que pienso, lo que temo. Mi verdad, mis pasos y mi camino. Mi vocación y mis expectativas. Mis fracasos y mis victorias. Lo que los demás me hacen. Lo que piensan de mí. Lo que esperan. Conjugo en primera persona desde niño casi por inercia. Soy yo quien gano. Son otros los que pierden. Yo venzo. Otros me quitan mis méritos y me hacen fracasar. Son los culpables. Yo soy inocente. Cuando pierdo nunca es mi culpa. Cuando gano soy yo el que se lleva el aplauso, me lo merezco. No sé si es culpa mía o es algo que alguien me ha metido desde pequeño en la cabeza. No sé si puedo culpar a otros de mi egoísmo, de ser autorreferente y vivir centrado en mi ego. Sólo sé que el mundo en el que vivo me ha educado así. He aprendido mirando a otros. Sus egos grandes ocupan mi interés. Mis ídolos son los que vencen solos, los invencibles. Los que triunfan solos incluso formando parte de un equipo. Me dicen que lo que cuenta es el grupo, el trabajar en equipo. Pero el premio se lo lleva al final sólo el que destaca. Me hablan de darlo todo por el triunfo de una comunidad. Pero yo me desmarco queriendo definir mi camino y dejar mi huella. Quiero ser yo quien venza. Otros me hacen perder. Sucede cuando trabajo en equipo. Miro a las grandes estrellas, del deporte, del cine, de la política. Pertenecen a un grupo. Pero brillan ellas solas. Buscan que su nombre quede marcado en letras doradas y recordado por los siglos de los siglos. El personalismo vence. El protagonismo excesivo se convierte en estilo de vida. Por encima de la comunidad a la que pertenecen está el ego. La necesidad de dar alimento a mi egocentrismo. Necesito más cuidados, más mimos. Necesito más afecto, ser más tomado en cuenta. Necesito ser valorado, admirado. Busco ser más ensalzado. El otro día leía: «Tantas veces tenemos la angustia de no ser suficientemente reconocidos, y por eso desvalorizamos a los demás. Cuando el alma está interiormente llena de la corriente de amor misericordioso, no nos perturba el ser conocidos y reconocidos por otros en nuestras debilidades»[1]. Sé que el déficit en todas mis necesidades me llena de tristeza y amargura. No me siento tan valorado como otros y pienso que la culpa será suya. Ojalá mi corazón estuviera lleno de un amor muy grande. De una misericordia inmensa. Pero no es así e incluso, aunque a veces lo niego, llego a sentir algo semejante al odio. No sé cómo es posible. Pero la ira llena mi alma. Me rebelo contra la injusticia. Mi ego herido. Tengo envidia. Tal vez por vivir tan centrado en mí acabo sintiendo odio en mi interior. Muy dentro de mí. Eso me sorprende. Quiero amar y el rencor es el origen de un odio antes desconocido. No lo entiendo. El amor quiere ser mi consigna, mi forma de vida. Pero odio. Soy un hombre que guarda rencor. No a flor de piel. No sale en seguida en mis palabras y gestos. Pero sé que si escarbo un poco lo encuentro. Ahí está escondido, latente, ese odio dentro de mí. Ese odio que sale cuando menos lo espero. Ante una ofensa. Ante una palabra hiriente. Al ver un gesto amenazador. Surge entonces con fuerza. Decía el Papa Francisco: «Odio por odio sólo intensifica la existencia del odio y del mal en el universo». Mi odio alimenta otros odios. Mi rabia otras rabias. Mis gritos hacen nacer otros gritos. Es siempre así. Una cadena de odio sólo se rompe con amor. Una persona rezaba: «Me gustaría dar un sí a mi miseria, darte un sí a ti. Me gustaría entender un poco todo lo que está pasando en mi interior. A veces, en mi desconocimiento personal, pienso que me gustaría incluso tener un poco menos de corazón. Pero no es cuestión de tener más o menos corazón sino de tenerlo limpio para ti. Limpio y aún más grande. Reconozco que mi corazón no es perfecto y se llena de sentimientos mezquinos cuando no lo cuido en ti. En él hay incomprensión y falta amor. ¡Estoy tan lejos de lo que sueño! No quiero que mi corazón sucio sea impedimento. Adoro el corazón que me das para amarte». Quiero aprender a amar más y mejor. Con más hondura. Quiero acabar con ese odio que a veces siento. Quiero cambiarlo por ese amor que me queda dentro. Ese amor que he recibido aunque a veces no me parece bastante. Normalmente el odio viene por una carencia de amor. Esperaba más amor en la vida y obtuve menos. Y entonces me amargo y siento rencor. Y de ahí al odio hay un paso muy pequeño. Me siento envenenado por dentro y no sé cómo eliminar ese veneno. Sé que yo sólo no puedo hacerlo. Hablo de ciertos temas y surge el odio. Recuerdo ciertas conversaciones y surge el odio. Vuelvo a revivir una escena pasada, y me lleno de rabia. Para mí no es posible cambiarme por dentro. Pero sé muy bien que para Dios todo es posible. Tal vez tengo que aprender a mirar con otros ojos. Dejar de pensar en mi ego herido y buscar la belleza en el alma de mi enemigo. Es curioso, también tengo enemigos. Los que no piensan como yo. Los que no me quieren. Los que me atacan. Los que me desprecian. Los que me ignoran. Los miro y veo su maldad enconada. Y me pesa tanto mi ego herido. Comenta el Papa Francisco: «La persona que más te odia, tiene algo bueno en él; incluso la nación que más odia, tiene algo bueno en ella; incluso la raza que más odia, tiene algo bueno en ella. Y cuando llegas al punto en que miras el rostro de cada hombre y ves muy dentro de él lo que la religión llama la imagen de Dios, comienzas a amarloa pesar de. No importa lo que haga, ves la imagen de Dios allí. Hay un elemento de bondad del que nunca puedes deshacerte». Quiero mirar a través de mis odios y rencores para poder ver la bondad escondida en el alma de los hombres. Ver la bondad en el corazón del que me odia, de aquel a quien odio. Ver en ellos la imagen de Dios. En al alma de aquel a quien amo aunque me ignore. En el alma de aquel que me odia. Quiero ver la bondad entregando mi bondad en ese intercambio de miradas. Ver la bondad en los demás seguro que disminuye mi odio. Lo intento cada día. Más bondad. Menos odio. Más amor. Menos ira. Más paz. Menos rabia. Parece tan sencillo. Mi alma envenenada me mata por dentro. Lo he comprobado. Sólo el amor hace fértil mi tierra. El odio la seca. Se pudren las semillas y muere toda la vida del río que recorre mi alma. Quiero aprender a vencer mi odio con amor. A mirar con amor a todos. Sin distinciones. Sin ver enemigos. Sin mirar con orgullo.

Este gesto sólo es posible cuando logro que mi ego se reduzca. Sólo cuando mi orgullo insano deja paso a la humildad. Mi búsqueda enfermiza de mi comodidad y felicidad, cede ante el deseo de hacer felices a los otros. Es un camino largo. Lo quiero recorrer. Leía el otro día: «De ahí la necesidad de abnegación. Que no es negarse a sí mismo, sino sobre todo afirmar al Otro. Abnegación es otra palabra que nos asusta. Y nos debe asustar si la entendemos como una anulación de la propia identidad, como una forma de perfeccionismo moralizante o como un puro voluntarismo. ¿De qué se trata entonces? En un mundo a veces excesivamente ego-centrado, se trata de recordar que la única afirmación válida no es la de uno mismo. Abnegarse es la cruz de la moneda. Afirmar algo –Dios y el prójimo– es la cara. Abnegarse es dejar que disminuya un yo que, si se infla demasiado, me cierra a Dios y a los otros. Todos conocemos gente tan llena de sí que nada más cabe. Abnegarse es, en realidad, afirmar a los demás y al Dios que nos vincula a los otros tanto como a uno mismo»[2]. Necesito ser más abnegado para abrirme a la belleza de Dios y de los hombres. Más abnegado para mirar con amor y bondad también al que me rechaza, al que no me quiere, al que habla mal de mí, incluso al que me odia. Quiero un corazón más grande y lleno de bondad en el que la abnegación sea una forma de ser, una forma de vida. El otro día una persona me dijo que quería renunciar a algo que le correspondía en justicia. Yo no estaba de acuerdo y trataba de convencerla de lo contrario. Pero me dijo algo que me enseñó mucho, me dejó pensando: «Quiero hacerlo porque estoy convencida de que vivir así es lo que de verdad cambia el mundo». Yo le dije que no lo entendía: «Pero si no lo va a ver. No va a ver tu renuncia. Y no va a cambiar su forma de mirar». Pero añadió: «No importa que lo vea. Basta con que Dios sí lo vea. El mundo cambia por dentro. Como la semilla enterrada». Le di la razón. Mi abnegación silenciosa y no valorada cambia el mundo por dentro aunque aparentemente el mundo siga siendo igual de injusto. Parece una renuncia inútil, un gesto de abnegación perdido que no sirve para nada, un acto de amor estéril. Pero no es así. Pienso en la vida de los santos anónimos. ¡Cuántas semillas caídas en tierra que han muerto para dar vida! Nadie sabrá tal vez de mis renuncias, de mi abnegación. No verán mi amor generoso. No sabrán de mi amor oculto. Pero no creo que importe. Mi gesto mudo de abnegación tiene tanto sentido porque acaba cambiando mi propio corazón. Tal vez no lo vean. Incluso puede que algunos lo malinterpreten e imaginen intenciones ocultas en mí que yo no tengo. Pero estoy seguro, es mi fe, es mi certeza, que al cambiar mi vida por dentro cambia también el mundo que yo toco. Venzo mi ego en el silencio de mi entrega. Y el tú se llena de una vida que viene de Dios como una cascada. Mi semilla enterrada da un fruto que yo no veo. Lo tengo claro, esa forma de vivir es la que cambia todo. Mi renuncia hace brillar el cielo lleno de estrellas. Tal vez vivir así es lo que merece la pena. Aunque duela. Porque el sacrificio siempre duele. Pero yo renuncio a mi ego para que crezca el amor verdadero y disminuya ese odio y ese rencor que tanto mal me hacen. Quiero aprender a vivir así. Enterrando mi ego. Seguro que así mi vida será distinta, más fecunda, eso seguro. Por eso decido vivir sin derechos. No quiero sentirme con derecho a nada. Seré más feliz porque no esperaré nada de la vida. No pensaré que es injusto cuando no alcance lo que deseo. Nadie me ofenderá nunca. No tendrán poder sobre mí. Sé que viviré más libre cuando no espere ningún reconocimiento, cuando no espere alabanzas por mi entrega, cuando no busque privilegios en la vida. Creo que aún me queda mucho por aprender. Renuncio a mis derechos, a mis privilegios, también a aquello que me corresponde en justicia. Me pongo manos a la obra. Desde dentro cambio el mundo. Poco a poco. La semilla de paz enterrada en la tierra dará fruto. Quiero cambiar este mundo tan lleno de odio. Con gestos que lo cambien todo. Esos gestos que no sé hacer, pero que Dios me enseña. Esos gestos sencillos y silenciosos que el mundo no valora. Esa abnegación por la que me niego a mí mismo. Dejo de lado mi ego. Y me dejo hacer por Dios.

Hoy Jesús me invita a una fiesta. Me invita a celebrar su alegría con Él, en su boda. Así es el reino de Dios. Un lugar de fiestas y esperanzas: «El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. Mandó criados para que avisaran a los convidados a la boda, pero no quisieron ir. Volvió a mandar criados, encargándoles que les dijeran: - Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas, y todo está a punto. Venid a la boda». Me gustan las fiestas. Me gusta que cuenten conmigo para celebrar la alegría. Me gusta disfrutar la vida cuando se llena de luces. Me gusta que me inviten a una fiesta. Me gusta reír y alegrarme. A veces temo ver en la alegría sólo frivolidad. No es lo mismo. Hoy Jesús no me habla de una fiesta frívola. Sino de una alegría honda, profunda, verdadera. Su fiesta es la fiesta eterna en la que no hay ocaso. Su reino no pasa nunca. Me gusta esa alegría que dura y no se apaga. Nadie podrá con ella. Por eso quiero aprender a reír en circunstancias difíciles. La alegría compartida se multiplica. Y los momentos difíciles llevados con alegría cambian el mundo. Se ensancha el corazón cuando río. Y me quedan las arrugas en el rostro. Porque me he reído. Me río con suavidad. O a carcajadas. Me río de mí mismo. De la vida. De los fracasos. Me gusta estar con aquellos que también ríen. Me cuestan las personas tristes, amargadas, pusilánimes. No quiero ser así. Quiero hacer reír a otros. Quiero reírme por dentro, no sólo con una mueca. Una sentencia dice: «Enamórate de aquel que te haga reír». Conozco muchas personas dadas al drama y a la melancolía. No me hacen reír. Pero sé que no es su culpa. No pueden hacerlo de otra forma. Quisiera cambiar su amargura en risas. A su lado mi sonrisa se congela. Y se ausentan las bromas de mis labios. Y no me río, no sonrío. Y no sé cómo hacer para convertir sus lágrimas en sonrisas. No logro inventarme nada nuevo para cambiar sus gestos. Las bromas no valen. ¡Qué difícil alegrar a los que Dios pone en mi camino cuando no quieren vivir con alegría! Definitivamente, me gustan las fiestas. Y la alegría de Jesús. La boda es lo que me aguarda al final del camino. Una fiesta plena. Es lo que Dios quiere. Pero, ¿y si resulta que mi alegría no es la suya? Me da miedo no saber bien lo que a Él le alegra. ¿Le alegran mis bromas y mis chistes? ¿Se ríe con mi mismo humor? ¿Le gustan mis planes? Puede que yo tenga otras alegrías distintas a las suyas. Disfrute en otros caminos. No lo sé. Hoy me recuerda Jesús una forma de ser que yo a veces no tengo. Lo hace en las palabras de S. Pablo: «Sé vivir en pobreza y abundancia. Estoy entrenado para todo y en todo: la hartura y el hambre, la abundancia y la privación. Todo lo puedo en aquel que me conforta». Quisiera ser capaz de vivir alegre allí donde Dios me ponga. Vivir feliz con un corazón abierto a todo. Pase lo que pase. Alegre en el hambre y en la hartura. En la escasez y en la abundancia. En las lágrimas y en las risas. Porque hay lágrimas alegres. Y risas que pueden ser tristes. Y yo quiero que mi risa siempre sea alegre. Y quiero que mis lágrimas se vistan de alegría. Me gustaría ser así siempre. Igual de feliz en la sequedad del desierto que en la frescura del torrente. Creo que me falta la capacidad para disfrutar el hoy tal como viene. Ese momento presente y sagrado que Dios me regala. Bueno o malo. No importa. Vivir alegre en la fiesta y en la turbación. En el éxito y en el fracaso. Ese corazón que se adapta a la vida y no vive quejándose o exigiendo. Igual de feliz en todo. Igual de festivo. Ahora aquí. Mañana en otro lugar. Sin miedo a perder las seguridades que ahora me sostienen. Feliz en la abundancia. Feliz en la escasez. Con una alegría de fiesta honda que se expresa en mi rostro, en mi cuerpo. Tengo derecho a la fiesta, a la alegría. Es un derecho del hombre como dice el P. Kentenich: «La naturaleza humana no puede existir a la larga sin la alegría que le corresponde. Por tanto, es falso y erróneo cuando se dice aquí y allá que la alegría no es más que un trago de una botella de champaña que muy pocos mortales pueden adquirir. ¡No es verdad! Todo aquel que pueda decir que posee naturaleza humana tiene un derecho inalienable a la alegría. Por eso mismo, el instinto de alegría debe ser satisfecho de alguna manera pues, de lo contrario, la naturaleza puede enfermarse, puede sufrir una quiebra irreparable»[3]. Tengo derecho a la alegría. Y por eso creo tan importante mi misión de alegrar los corazones. Vivir yo alegre, en toda circunstancia, para transmitir una forma distinta de vivir la vida. Tengo derecho a la fiesta. Y quiero ser capaz de alegrar a los que viven cerca de mí. La alegría se contagia y se enseña. Ser capaz de vivir la vida con alegría es un don, una gracia que le quiero pedir a Dios cada mañana. Para mí. Para todos.

Hoy Jesús me recuerda que la fiesta es para todos. Cuando algunos rechazan su invitación manda buscar a todos los que encuentran los criados por los caminos. Invita a los que nadie invita: «La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda». Me gusta que sea así. El corazón de Jesús es un corazón generoso en el que todos caben. En el mío no es así con frecuencia. No soy tan generoso como Jesús. No tengo hueco para los que no piensan como yo. No dejo que entre cualquiera que no pueda invitarme después a su fiesta. Creo que a veces utilizo a las personas para mis intereses. Cuando no me son tan útiles las ignoro. ¿Es así? Me da miedo que me suceda. Me gustaría ser más hospitalario, más acogedor, tener un corazón sin barreras y no acoger solo a los que me quieren. El otro día leía: «Cuando nuestras almas están intranquilas, cuando somos llevados por miles de estímulos diferentes y a menudo conflictivos, y nos sentimos metidos por absoluta necesidad sicológica entre las personas, ideas y preocupaciones del mundo. ¿Cómo podemos crear un espacio donde alguien diferente a nosotros pueda entrar libremente sin sentirse un intruso?»[4]. En mi corazón no caben todos porque está lleno de las cosas del mundo. Y construyo barreras y muros para que no entren todos. No tengo ganas de levantar puentes. Tal vez por eso a veces tampoco cabe Dios y lo que a Él le mueve y alegra. Pero yo quiero tener un corazón grande. Sin puertas cerradas. Quiero invitar a muchos a caminar conmigo por el jardín de mi alma. Leía el otro día: «Se trata de la capacidad de mirar, cara a cara, las dimensiones de una fraternidad rota. Y en ella descubrir las semillas del Reino. Se trata de traer esperanza. De iluminar (a uno mismo y a otros) en los lugares de sombras. Con una luz distinta. Con ese amor infinito que nos hace tan humanos y nos acerca a Dios»[5]. Esa mirada nueva sobre los demás trae luz en la oscuridad. Esa mirada cambia mi forma de acoger a los que están lejos de mí. Todos pueden participar en mi fiesta. Mi fiesta no necesita entradas exclusivas. Pero tantas veces no es así. Me cuesta compartir mi alegría. Me la guardo. No invito a los que no se lo merecen. No invito al que no puede devolverme lo mismo que yo le entrego. Me siento tan egoísta. No salgo por los caminos a buscar a todos como hace Jesús hoy. Él sí que sale. Su fiesta es para todos. Él no quiere estar solo en su fiesta. A mí parece importarme menos estar solo en mi fiesta. Sufro la soledad. Me duele. Pero me cuesta compartir mis alegrías y mis penas. Una alegría no compartida es menos alegría. Quiero tener un corazón en el que cualquiera pueda sentirse en casa a mi lado. Quiero ser capaz de hablar de cualquier cosa con cualquiera, sin prejuicios. No quiero hacer acepción de personas. Ni tener temas tabú en mis conversaciones. No quiero vivir dejando a unos de lado y acogiendo a otros. No quiero poner barreras. Muchas veces las pongo. Hago distinciones. Elijo. Este sí. Aquel no. No me dejo invitar por cualquiera. No me gusta cualquier fiesta. Y no invito a cualquiera a mi fiesta. Porque me parece que no encaja. O pienso que mi alegría no es la misma que la suya. O tal vez no quiero compartir y abrirme y me vuelvo egoísta. Me gustaría ser más generoso con lo que a mí me hace feliz. Llenar de luz las oscuridades de los que sufren. Dar esperanza en su desánimo. Me gustaría yo mismo tener una fiesta en mi corazón en la que todos pudieran participar. Pero a veces estoy de duelo y mi corazón de luto. Sufro y hago ver mi dolor y mi tristeza a los demás, para que sufran conmigo. Se me olvida que Cristo ya ha vencido. O me olvido. No tengo fiesta en mi alma. Y si me alegro no lo comparto. O dura poco mi alegría y se viste pronto de tristeza. Tal vez no amplío el número de mis invitados a la boda para no sentirme incómodo. Quiero iluminar los corazones de los hombres. Temo no hacerlo. Quiero sembrar semillas del reino con mis palabras y mis gestos de apertura, de misericordia. Sé que mi amor puede cambiar el mundo. Lo dice el P. Kentenich: «El amor verdadero es como el sol, que abriga y da calor. Estimula y alienta todas las semillas que hay en el ser humano para que se desarrollen en plenitud»[6]. Mi amor lo puede cambiar todo. Cambia el corazón de las personas. Las eleva hacia lo alto. Hace germinar sus semillas. Cambia también mi corazón. Porque el odio me seca y el amor me hace fecundo. Quiero decir con voz fuerte que todos caben en mi alma, en el reino que Jesús ha sembrado dentro de mí. El invita a todos a compartir su vida. A compartir mi vida. Jesús lo hace y yo también quiero ser así. Me cuesta a veces. Quiero que todos quepan en mi alma. En el espacio sagrado de mi fiesta. En el amor de Dios en mí.

Temo no ser capaz de vibrar con lo mismo con lo que Jesús vibra: «Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta? El otro no abrió la boca. Muchos son los llamados y pocos los escogidos». Tal vez mi traje no sea un traje adecuado para la fiesta. Sé que no es un traje sin manchas. Es un traje alegre y simple. Manchado. Sencillo y pobre. Arrugado por las luchas de la vida. Quizás yo tampoco pueda responder nada cuando Jesús me pregunte y yo no abra la boca. No quiero que sea así. Quiero estar abierto a dejarme tocar por Dios y experimentar su misericordia. Con mi traje pobre. Quiero que no me acepte Jesús por merecimientos. Soy un invitado. No vengo porque tenga un derecho. Soy de esos a los que Jesús llama a última hora. Vengo a la fiesta con lo que tengo. Con lo que soy. Con el corazón abierto. No me exige Jesús una pureza en la que no haya reproches. No es así. Le basta un corazón vacío y pobre. Pero es un banquete y quiere que llegue alegre hasta Él. No quiere que mi actitud sea del hijo mayor de la parábola del hijo pródigo. Quiere que participe en la fiesta. El padre quería que su hijo mayor también estuviera en la fiesta compartiendo la alegría por la vuelta de su hermano. Pero el hijo mayor no participa. Siente que la fiesta no es para él. Surge la envidia. A veces yo también temo no estar feliz en la fiesta. Temo no estar vestido con el traje adecuado. Quiero alegrarme con la alegría de Jesús. Sin envidias. Pero a veces busco alegría en cualquier parte. Y me quedo triste cuando esa alegría pasajera no dura. ¿Cuáles son mis alegrías hoy? ¿Cómo son las fiestas que me llenan el alma? Creo en la alegría de ser cristiano. En la alegría de pertenecer a Dios. La alegría de estar con Él todos los días de mi vida, cada día. Muchas personas no ven la vida del cristiano como una fiesta. Se aburren en misa y en la oración. Decía el P. Kentenich: «¿Acaso no es cada santa misa un medio de alto grado para un amor recíprocamente intensificado?»[7]. Detestan el cumplimiento de lo que Dios pide. Ven la norma, no ven el amor. La misa es una fiesta inmensa en la que mi amor crece. Pero hay cristianos que se sienten como el hermano mayor. No han probado el cordero cebado y piensan que han trabajado mucho sin recompensa. Se ha portado bien y no les han premiado. Muchos cristianos se aburren de estar siempre en casa. Viven con frecuencia en tensión intentando ser perfectos. Con el ceño fruncido. Con los dientes apretados. No tienen paz en el alma porque siempre encuentran algo reprochable en su vida. Y temen el castigo. Y no se sienten queridos por Dios. O creen que sólo pueden en la fiesta con ese gesto duro. Sin sonrisas. Porque piensan que hablar de fiesta en la Iglesia suena a frívolo. Y optan por lo dramático porque así no hay risas indebidas. Y por eso tantos predican más del dolor del infierno que de la alegría del cielo. Es más sencillo, más eficaz. Es como si la alegría del reino estuviera reñida con la alegría en la tierra. Me gustan las fiestas. Y me gusta ser invitado a una fiesta. Y quiero pasar la vida de un lado a otro disfrutando de lo que tengo. Pero, ¿por qué no logro ser más feliz, más alegre? Quiero llenar de alegría los corazones que me rodean. Apaciguar sus penas. Regar sus sequedades. Calmar sus iras. Iluminar sus noches. Para eso quiero tener siempre una fiesta en el alma. El Papa Francisco les dijo a los jóvenes en Cracovia en la última jornada mundial de la juventud: «Él, que es la vida, te invita a dejar una huella que llene de vida tu historia y la de tantos otros. Él, que es la verdad, te invita a desandar los caminos del desencuentro, la división y el sinsentido. ¿Te animas? ¿Qué responden ahora tus manos y tus pies al Señor, que es camino, verdad y vida?». Quiero dejar huella en otras vidas. Llenar de vida sus vidas. Quiero dejar la huella de Jesús. Su alegría verdadera. Para eso tengo que ir a la fiesta de Jesús. Participar de su alegría para tener el corazón lleno de gozo. Pero no es tan sencillo. Quiero que en mí haya más sonrisas que lágrimas. Más amor que odio. ¿Y si todo no sale como yo espero? En la fiesta siempre hay paz. Todo es plenitud. Es una alegría sencilla y desbordante. El Hijo se ha casado. Es su boda. No hay temas densos. No hay motivo para la tristeza. No hay seriedad ni discursos en los que se hable del peligro que acecha. Es una alegría del hoy pero proyectada en el tiempo. Aunquecambien las circunstancias, la alegría va a permanecer. Sé que en mi corazón no suele ser así. Muchas veces los miedos me quitan la alegría. El miedo a vivir peor. El miedo a amar y ser herido en la entrega a una persona. El miedo a ser odiado, despreciado, rechazado. El miedo a que las cosas pasen y no siga la fiesta. El miedo a morir y que la vida eterna no sea como he soñado. El miedo a hacer las cosas mal y no merecer la alegría verdadera. El miedo a herir a otros con palabras y gestos. Mi alegría muere muchas veces por culpa de mi miedo. Me pongo serio. Pienso en los pros y contras de cualquier decisión. Vivo con angustia la vida agobiado por cosas que aún no han sucedido. Me falta libertad interior para vivir en presente lleno de alegría.

Hoy algunos de los invitados deciden no ir a la boda: «Los convidados no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios; los demás les echaron mano a los criados y los maltrataron hasta matarlos». No lo entiendo. ¿Tendrían algo mejor que hacer? Sin duda pensaban que no les merecía tanto la pena vivir en esa fiesta. No quisieron ir porque tenían otros asuntos que atender. En la fiesta iban a perder su tiempo tan valioso. En el trabajo, en el mundo, había muchas cosas que resolver antes de ir a una fiesta. Les pasa como a mí tantas veces que ando desparramado sobre el mundo queriendo solucionarlo todo. No me quiero entretener en otras cosas menos urgentes. Vivo tratando de resolver todos los problemas. ¡Cuántas veces vivo intentando arreglar todo lo que no está bien en mi vida! Vivo estresado queriendo llegar a todas partes. No hay tiempo para nada frívolo. No hay tiempo que perder. El mundo está en llamas, me digo, y creo que hace falta mi presencia. Me da miedo perder la vida de fiesta. ¿Qué me pide Jesús que haga? ¿Quiere que deje lo importante para vivir de fiesta? No. Quizás no es eso lo que me dice hoy. Sí creo que espera que disfrute más la vida. Quiere que deje de lado mis miedos y mis angustias. Que pase página con mi tristeza y mis rencores. Que no viva angustiado temiendo futuros inciertos. Quiere que descanse en sus manos y disfrute con Él de la fiesta, de su fiesta, de mi fiesta. Se alegra conmigo y yo con Él. Pero a veces no es así. Me ausento de la fiesta. Me quedo en mis cosas. No vivo con alegría mi fe. No disfruto de lo que tengo y siempre veo la botella de mi vida medio vacía. Puedo tener más de lo que ahora tengo. Todo podría ser ser mejor. ¿Dónde queda la fiesta? La dejo para más adelante. Hay mucho que hacer ahora en mi vida para vivir frívolamente. Conozco alguna persona con la que no es posible hacer bromas. Siempre se las toma por el lado serio. No sonríe y me contesta con seriedad a lo que sólo era simple humor. No tiene mala voluntad al hacerlo. Le sale así simplemente. Pero tal vez, creo yo, no disfruta tanto de la vida. Todo es serio, importante, fundamental. Quizás ve a Dios como un Dios serio y exigente. Sentado en lo alto de una cumbre, mirando desde lejos. Distante y duro. Incapaz de reír. Tal vez a veces yo tampoco me imagino el cielo como una fiesta sino como un pago por mis méritos y esfuerzos. No sé disfrutar del gozo de vivir hoy, aquí, con las personas que Dios me regala. Hoy Jesús no me pide que viva de fiesta sin hacer nada. Pero me dice que estar a su lado es una fiesta, es una alegría. Que tengo que buscar más su cercanía para tener esa paz que me falta. Me recuerda que la vida no es tan seria como yo la pinto. Que vivir a su lado es motivo de alegría. Y que nadie debería perderse esa fiesta que Dios me ofrece. Vivir a su lado es fácil. No tengo que temer nada. Es tan sencillo como eso. Pero yo a veces lo complico y lo tiño de exigencia. Quisiera vivir así, como Jesús me dice. Disfrutando mis días en la tierra. Compartiendo todo lo que tengo. Sin miedo a perder. Sin miedo a que me hagan daño. Riéndome de mis miedos y torpezas. Alegrando la vida a otros. La fiesta del reino de Jesús es una fiesta para todos. Todos caben en ella. No quiero hacer distinciones. Quiero dejar que todos puedan compartir el camino conmigo. Es lo que deseo.
 
[1] J. Kentenich, Milwaukee Terziat, N 21 1963
[2] José María Rodríguez Olaizola, Ignacio de Loyola, nunca solo
[3] J. Kentenich, Las Fuentes de la Alegría
[4] Nouwen, El Sanador herido
[5] José María Rodríguez Olaizola, Ignacio de Loyola, nunca solo
[6] Rafael Fernández. Un paso audaz: El tercer hito de la familia de Schoenstatt
[7] J. Kentenich. Las Fuentes de la Alegría