Se mire como se mire, y se valore como se valore, el dato más destacado que nos ofreció el simulacro de referéndum del pasado domingo fue la constatación de que una parte relevante y diversa de la población catalana ha decidido romper con la legalidad vigente y declararse en rebeldía. Y esa certeza se nos ha desvelado nítidamente porque el Estado, a diferencia de lo que ocurrió hace tres años, esta vez sí se movilizó activamente para intentar defender el orden constitucional. Sabíamos que los representantes del autogobierno catalán se habían instalado en la ruptura -la aprobación por el Parlament de la ‘hoja de ruta’ para la desconexión era prueba más que suficiente- y no ignorábamos que no estaban solos, pero el pasado domingo los políticos arrastraron en su alocada carrera a una parte ostensible de la sociedad catalana, incluida, lo que es especialmente grave, la policía autonómica. El problema político se mutó en fractura social y, también, en preocupante quiebra del orden público.

En este contexto, hay que decirlo claramente, las apelaciones al diálogo, o a la mediación, son un puro ejercicio de buenismo. El debate político de fondo ciertamente sólo podrá atemperarse hablando, pero esa es una tarea para el futuro; hoy la urgencia es otra, como acertadamente interpretó el rey Felipe VI y como están señalando también las voces más sensatas del PSOE y otros partidos. El diálogo requiere unas bases previas que en Cataluña hace ya varios años que no se dan. Y no por intolerancia, falta de talante o desprecio del Gobierno nacional, sino más bien por la pasividad de ese mismo Gobierno, que ha consentido que el alud de nieve independentista creciera, sin oposición significativa, hasta alcanzar las destructivas dimensiones que hoy ya exhibe.

Con todo, casi lo más preocupante es la realidad de España que estamos descubriendo al mirarnos en el espejo de la revuelta catalana. El reflejo nos muestra una sociedad moralmente débil y dividida, que no se pone de acuerdo en el valor que debe otorgar al respeto a la ley. Una sociedad en la que muchos muestran una inequívoca fascinación por la exhibición de músculo popular del secesionismo, como si la presencia de gente en la calle probara algo por sí sola. El 1-O se movilizó gente normal, nos dicen. Y parecen haber olvidado que también el nacionalsocialismo de Hitler fue apoyado por alemanes perfectamente normales.

Una parte de la izquierda de este país da muestras de algo así como una añoranza revolucionaria, una mitología del poder del ‘pueblo’ que le lleva a sentirse fatalmente atraída por el abismo. Esa izquierda ha decidido pasar por alto el hecho cierto de que no hay razones sólidas que justifiquen una reacción de tal magnitud. Como tampoco existen precedentes en el mundo de un levantamiento popular por motivos tan exiguos. El problema de fondo es que no hay argumentos, sino emociones, y ¿cómo se negocia con las emociones, sobre todo si están desbocadas?

Publicado en El Norte de Castilla