“Cuando vuelva el amo de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?. Le contestaron: Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a su tiempo… Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de los cielos y se dará a un pueblo que produzca sus frutos.”  (Mt 21, 40-43)

“No te canses de mí, Señor”. Esta debería ser nuestra oración casi permanente. O al menos frecuente, tan frecuente como lo son nuestros pecados, nuestras perezas, nuestra debilidad. Resulta admirable que el Señor no se haya cansado de la humanidad, que no la haya destruido o abandonado a su suerte. Sin embargo, esto no sólo no ha ocurrido, sino que además ha enviado a su único hijo, Jesucristo, para redimirla, para enseñarnos el camino que conduce a la felicidad. Sólo Dios podía amar tanto. Sólo Dios podía perseverar en el amor de esta manera, incluso cuando el ser amado -el hombre- da tan pocas muestras de arrepentimiento.

De lo que se trata esta semana es de pedir al Señor que no tire la toalla con nosotros, que nos dé nuevas oportunidades para convertirnos, para arrepentirnos, para mejorar, para confesarnos.

A la vez, se trata de no abusar de la paciencia y la bondad de Dios. De intentar evitar todo lo que le moleste, todo pecado. Y de amarle y amar al prójimo con todas nuestras fuerzas para compensar, de alguna manera, el daño que otros y nosotros le hemos hecho. Deberíamos profundizar en un tema que fue muy frecuente en la espiritualidad del siglo XIX y principios del XX: el del desagravio. Amemos a Dios porque se lo merece. Pero amemos también para desagraviarle por lo que otros le están ofendiendo y por lo que nosotros mismos, en otras ocasiones, le hemos ofendido. Como hizo Abraham cuando intentó salvar Sodoma, seamos los abogados de los pecadores, de nosotros mismos, con nuestras buenas obras.