La civilización actual ha llegado a cotas de libertades sociales, laborales y sexuales, sin parangón en la historia.
 
Atrás quedan las rebeliones de espartacos indomables en la antigua Roma; la sumisión de indefensos campesinos al servicio del señor feudal en la Europa medieval; las plantaciones de algodón de las tierras confederadas explotadas por esclavos negros hasta la explotación; las tiranías de zares que hacían morir de hambre y frío a su pueblo, y reyes que nadaban en lujos rococó ajenos a los dramas de la plebe; o aquellos primeros tiempos de carbón, sudor y abusos durante la revolución industrial. Lejos quedan el cinturón de castidad, el puritanismo inglés o la revolución sexual del 68. 
 
Bien es cierto, que no en todo el globo se da tal avance, pues todavía nos sorprende la existencia de algún régimen totalitario que raciona los alimentos y la libertad de expresión a sus ciudadanos, mientras el país es rico en petróleo e intelectuales; o empleados que mueren reventados literalmente a trabajar en países supuestamente solventes, para abastecer al mercado occidental; o esclavas sumisas a sus señores, enfundadas en sus burkas.
Pero en líneas generales, los derechos humanos, el bienestar social y los avances tecnológicos son hitos de un mundo evolucionado como nunca en su historia.

Y sin embargo, el concepto de libertad sigue siendo hoy en día, de rabiosa actualidad. Todos reivindican sus derechos y libertades con pasión y contundencia. Todo el mundo reivindica el poder hacer lo que le venga en gana, tener las máximas posibilidades de hacerlo, preferentemente monetarias, y que nadie le lleve la contraria y ponga límites o pega alguna. Todos quieren libertad, capacidad para elegir e independencia. En un mundo completamente individualista, nadie quiere depender de nadie y deber nada. Es curiosa la paradoja: en la sociedad de la globalización y de la comunicación, todos quieren su parcela de autonomía y de diferenciación. La sociedad que ha conseguido defender derechos universales para todos, parece que no ha conseguido esa satisfacción ideal y general que parecía inevitable que llegaría, sino que sigue en una incómoda protesta silenciosa. 

No. El hombre actual tiene todo tipo de bienes a su alcance pero no está satisfecho. Y es que su locura independentista está acabando con el sentido de la existencia porque se ha separado de Dios. En su deriva autónoma, el hombre se ha emancipado de Dios porque no lo necesita. No necesita corsés morales, normas divinas y lecciones de cristiandad. Todo eso está superado y guardado en el cajón de la ignorancia y la superstición. 

El hombre de fe, por su parte, entiende la libertad de manera diferente. No es la libertad exterior la que persigue, no es la libertad de elegir la que anhela, sino la posibilidad de hacer el bien. El hombre de fe se reconoce esclavo en su interior y no puede elegir el bien de una forma libre e independiente sino que permanece en estado permanente de confusión porque está sujeto a sus pasiones. Desde que San Pablo expresara con claridad su radical impotencia para hacer lo correcto en Rom 7, 15-21: “Realmente, mi proceder no lo comprendo; pues no hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco”, el cristianismo a entendido que Cristo es Dios que libera y sana y que no está fuera el opresor sino dentro. Tanto San Pablo cómo San Agustín, experimentan está ley en su interior que les imposibilita, les paraliza y les esclaviza y ambos son alcanzados por la Gracia divina de una forma abrumadora y totalizante que los libera y los eleva. Uno es liberado del peso de la ley, de la normas y de la estrechez de miras. El otro es liberado en su más profunda psicología, de sus pasiones y debilidades. Uno en el camino de Damasco es liberado de su odio por los cristianos y llega a convertirse en maestro de ellos. El otro es liberado de sus ataduras sensuales e intelectuales que tan insatisfecho le dejan durante gran parte de su vida y se convierte en doctor y guía de muchos. Ambos enseñan que el hombre está atado a una columna, reflejo de su pequeño mundo de apegos, miedos y deseos.

El hombre actual se cree libre porque puede elegir entre diferentes refrescos en el mercado, pero no es consciente de que siempre tendrá sed y hambre alejado de su creador y libertador. Es Dios el único que tiene poder para hacer libre al hombre de sus pasiones, de sus limitaciones y de sus confusiones.

En el mundo actual donde todo lo tenemos a mano, el concepto de libertad sigue siendo de rabiosa actualidad porque sigue escapándose entre los dedos la capacidad para hacer la mejor elección, ya que seguimos haciendo… sólo lo que nuestra confusa naturaleza nos permite hacer.

“Jesús les respondió: «En verdad, en verdad os digo: todo el que comete pecado es un esclavo. Y el esclavo no se queda en casa para siempre; mientras el hijo se queda para siempre. Si, pues, el Hijo os da la libertad, seréis realmente libres.” (Jn 8, 34-36)