El que sería premio Nobel de Literatura Juan Ramón Jiménez vivió de joven, durante un tiempo en la «colina de los chopos» en Madrid, casa de unas amigas del poeta.

Cierto día, la «americanita rubia» Zenobia Camprubí, nacida en Malgrat de Mar, fue a verlas; y el autor de Platero y yo, oyó desde su habitación una risa que se le reveló teñida de tonos inusitados para su espíritu en crisis, una risa espontánea, franca, alegre, de confianza en la vida.

De esta manera conoció a Zenobia, la «americanita rubia» que sería su esposa, su musa, su fiel colaboradora, que había estudiado en la Universidad de Columbia y que después enseñaría en la Universidad de Maryland.

El carácter de Zenobia fue siempre alegre y bondadoso —una amiga suya lo calificó de— «ser luminoso».
Fue ella quien sostuvo continuamente a Juan Ramón durante sus numerosos desfallecimientos de carácter psíquico.

Zenobia confesaba a Rafael de Penagos: «Fíjese. Él —mi marido— dice siempre que se enamoró de mi risa

En Cántico J.R. escribió a su esposa la dedicatoria:
«A mi mujer Zenobia Camprubí Aymar,
 a quien quiero y debo tanto,
 estas canciones que le gustan
 y tantas de las cuales ha anticipado
 y confirmado ella con su espíritu,
 su bondad y su alegría.»




Alimbau, J.M. (2017).  Palabras para la alegría. Madrid: Voz de Papel.