Como colombiana debo confesar que no ha sido fácil resumir en un artículo la visita del Papa Francisco a mi país, la riqueza que dejan las 84 páginas de discursos, homilías e intervenciones espontáneas y la contagiosa alegría del pueblo colombiano. Gestos que conmovieron al Pontífice y que le daban la fuerza de continuar con el apretado itinerario (aún con el golpe en el ojo que sufrió en Cartagena).

El elemento de reconciliación, como tantos lo esperamos, fue uno de los ejes de sus discursos. Una reconciliación que ponga fin a la violencia que, como dijo el Papa “huele a cien años”. Una reconciliación profunda, que provenga del corazón humano y no de pactos superficiales que quieren curar hondas heridas con paños de agua tibia. Por ello el Papa alentó a los obispos en el discurso que les dio en Bogotá a ayudar con los procesos de abdicación de la violencia y a “la renuncia al camino fácil pero sin salida de la corrupción”.

Sin duda el Papa dio su mensaje más contundente y conmovedor sobre la reconciliación en su paso por Villavicencio. Primero en la beatificación de los dos mártires de la violencia en Colombia, Pedro María Ramírez y Jesús Emilio Jaramillo. Mártires quienes, me atrevo a decir, representan a miles de santos anónimos que han derramado su sangre en silencio. Allí, dijo el Papa, la reconciliación “no es una palabra que debamos considerarla como abstracta” porque de ser así “solo traería esterilidad, traería más distancia”.

Durante esta sentida eucaristía el Papa invitó a los victimarios a “abrir una puerta a todas y a cada una de las personas que han vivido la dramática realidad del conflicto” y a las víctimas, a vencer “la comprensible tentación de la venganza”.  Y nos animó a todos los colombianos a “dar el primer paso” sin esperar “a que lo hagan los otros”.

Y quizás en los corazones de muchos colombianos, y de tantas personas que siguieron esta visita desde otros países, quedarán grabadas las palabras de Francisco en el encuentro de oración por la reconciliación nacional que encabezó en Villavicencio y donde escuchó los valientes testimonios de víctimas y victimarios del conflicto armado: Pastora, Deisy, Luz Dari y Juan Carlos, nos demostraron cómo la reconciliación comienza en cada corazón, en la transformación personal de quienes una vez optaron equivocadamente (y quizás de manera forzada) por el camino de la violencia, y en el perdón de parte de las víctimas, de saber superar y a la vez convertir su dolor en obras concretas que sean capaces de difuminar ese rencor y el deseo de venganza que produce tanto veneno y que puede salpicar en tantos ambientes de la sociedad. Porque, bien lo dijo el Papa (y no es frase de cajón) “la violencia engendra más violencia, el odio engendra más odio y la muerte engendra más muerte”. Pero a la vez es necesario entender sin ingenuidades el “enorme campo que es Colombia”, donde “todavía hay espacio para la cizaña”.

¿Cómo lograr una reconciliación verdadera? El Papa dio tres palabras claves para ello: justicia verdad y misericordia: “cada una de ellas impide que las otras sean alteradas y se transformen en instrumentos de venganza sobre quien es más débil”, dijo. Es necesario ir con la verdad al fondo de las heridas en lugar de decir “aquí no pasó nada”. Resulta fundamental, y lo destacó el Papa en su discurso, contar lo que ocurrió con los parientes desaparecidos, confesar lo que pasó con los menores reclutados y reconocer el dolor de las mujeres víctimas y abusadas.

A través de los medios de comunicación y de las redes sociales he percibido a veces con alegría y otras con nostalgia, la emoción de muchos colombianos con la presencia y palabras del Papa. El reto está en que esta visita vaya más allá de la intensidad de los sentimientos y nos permita interiorizar con el tiempo sus sabias palabras y gestos y también lo mucho que tenemos que aprender de aquellos sencillos pero sabios maestros de fe y humanidad que dieron sus testimonios al Papa en los diferentes encuentros en Bogotá, Villaviencio, Medellín y Cartagena. Que este viaje resuene en nuestra vida para que podamos ser agentes de cambio y poder así “desactivar odios, renunciar a las venganzas y abrirnos a la convivencia basada en la justicia en la verdad y la creación de una verdadera cultura del encuentro fraterno” como dijo el Papa en Villavicencio.