Un programa dominical de la cadena COPE informa de que las empresas no contratan a personas mayores de 45 años. Vaya noticia: en España esa es la edad de la menopausia laboral. Cuando te llega, hay más probabilidades de que un camello entre por el ojo de una aguja que de que tú retornes a los trienios por la puerta grande. A pesar de eso, un tertuliano de Cristina,  al parecer joven y con contrato, propone a los parados adultos que se reciclen, esto es, que pierdan el tiempo en cursos de cocina de autor o que aprendan inglés para presumir de B1 en las partidas de dominó.

Dios propone justo lo contrario. Nos quiere como somos. Lo demuestra el pasaje del Evangelio de hoy, donde San Lucas relata la elección de los apóstoles, que previsiblemente no habrían pasado el corte de ninguna multinacional actual, tan puntillosas con los títulos, con la edad y con las pintas. A diferencia de ellas, Jesús es un jefe de personal atípico que escoge a su plantilla entre pescadores y publicanos sin pedir a los primeros que le muestren el máster en almadraba ni proponer a los segundos que opten al cuerpo de inspectores de la agencia tributaria.

La explicación es que Jesús no elige al más cualificado en su oficio (cuando le dice a Simón que eche las redes Pedro le advierte de que no había cogido nada en toda la noche), sino al más apto para su nueva misión. Al igual que los apóstoles, los cuarentones desempleados no necesitan un reciclaje, sino una misión. Es decir, necesitan un milagro. Doy fe de que los milagros existen no porque tenga un trabajo, sino porque tengo una misión: evangelizar desde la alegría. El cuarentón argüirá que es difícil verle la gracia a un desahucio, sobre todo si es el suyo, pero lo cierto es que en el ámbito del catolicismo la esperanza en Dios no es una corazonada, sino una certeza. Te lo dice un hombre alegre y pobre. No es por echarme flores, pero soy el mejor ejemplo de que la felicidad no hace el dinero.