Afirma San Agustín[1]:
«Amad a todos, incluso a vuestros enemigos: no porque sean hermanos, sino para que lleguen a serlo. Si amas a uno que todavía no cree en Cristo, estás reprendiendo su vaciedad. Tú ama, y ama con amor fraterno: no es tu hermano aún, pero le amas precisamente para que llegue a serlo. De modo que todo nuestro amor fraterno se dirige a los cristianos, a todos los miembros de Cristo. Dilata tu amor por todo el orbe, si quieres amar a Cristo, pues los miembros de Cristo se hallan extendidos por todo el mundo. Si solo amas una parte del cuerpo, estás dividido; si estás dividido no estás en el cuerpo; si no estás en el cuerpo, tampoco estás unido a la cabeza».

En las lecturas que acabamos de escuchar hay una idea que se repite constantemente y es la idea de la caridad. Esa insistencia del Nuevo Testamento en la caridad fraterna es una insistencia del Espíritu Santo en nuestro corazón.

La virtud de la caridad de la que nos habla el Catecismo de la Iglesia Católica en su número 953 nos recuerda que en la comunión de los santos, ninguno de nosotros vive para sí mismo, como tampoco muere nadie para sí mismo (Rm 14,7)… La caridad no busca su interés.

El menor de nuestros actos hecho con caridad repercute en beneficio de todos, en esta solidaridad entre todos los hombres, vivos o muertos, que se funda en la comunión de los santos. Todo pecado daña a esta comunión.

Con qué claridad expone Santa Teresa de Calcuta, a la que celebrábamos esta semana, todas estas reflexiones:

La paz y la guerra empiezan en el hogar. Si de verdad queremos que haya paz en el mundo, empecemos por amarnos unos a otros en el seno de nuestras familias. Si queremos sembrar alegría a nuestro alrededor precisamos que toda familia viva feliz.

Cuando me entero del daño que hacen las malas lenguas, me acuerdo de Nuestro Señor, que invitó a los que acusaban a la mujer pecadora a arrojar la primera piedra si estaban libres de pecado. Todos sabemos lo que ocurrió: unos y otros se fueron, sabiendo que Jesús conocía sus pecados.

Cuando hablamos sin caridad, en presencia o en ausencia de las personas, cuando murmuramos sobre las faltas de los demás, imaginemos que Cristo nos dice a nosotros: “Solo si estás libre de pecado puedes arrojar la primera piedra.”

No deberíamos vivir en las nubes, en un nivel de superficialidad. Deberíamos empeñarnos en comprender mejor a nuestros hermanos. Para comprender mejor a aquellos con quienes convivimos, es necesario que antes nos comprendamos a nosotros mismos. De vez en cuando deberíamos plantearnos algunos interrogantes para saber orientar mejor nuestras acciones. Deberíamos plantearnos interrogantes como este: ¿conozco a los pobres? ¿Conozco, en primer lugar, a los pobres de mi familia, de mi hogar, a los que viven más cerca de mí: personas que son pobres, pero acaso no por falta de pan?

 

Existen otras formas de pobreza, precisamente más dolorosa en cuanto más íntima. Acaso mi esposa o mi marido carezcan, o carezcan mis hijos, mis padres, no de ropa ni de alimento. Es posible que carezcan de cariño porque yo se lo niego.

¿Dónde empieza el amor? El amor empieza al dedicarnos a aquellos a quienes tenemos a nuestro lado: los miembros de nuestra propia familia.

Preguntémonos si somos conscientes de que acaso nuestro marido, nuestra esposa, nuestros hijos o nuestros padres viven aislados de los demás, de que no se sienten queridos, incluso viviendo con nosotros.

¿Nos damos cuenta de esto? ¿Dónde están hoy los ancianos? Están en asilos (¡si es que los hay!). ¿Por qué? Porque la mayoría de las veces no se los quiere, porque molestan...

Empieza diciendo una palabra amable a tu hijo, a tu marido, a tu mujer. Empieza ayudando a alguien que lo necesite en tu comunidad, en tu puesto de trabajo o en tu escuela...

Entre mis recuerdos más inolvidables -afirma la fundadora de las Misioneras de la Caridad- conservo el de una visita realizada hace unos años a una magnífica residencia para ancianos en Inglaterra. Era un edificio espléndido. Tenía capacidad para cuarenta residentes, a los que no les faltaba de nada. Lo recuerdo bien: todos estaban pendientes de la puerta. No había un solo rostro sonriente. Una institución religiosa se hacía cargo de la residencia.

Pregunté a la Hermana que estaba de guardia:
- Hermana, ¿cómo es que ninguno sonríe? ¿Por qué no dejan de mirar a la puerta?
- Ocurre lo mismo todos los días -me dijo-. Están permanentemente a la espera de que alguien venga a visitarlos. Sueñan con un hijo, una hija, algún miembro de la familia que venga a verlos...

La soledad era una expresión de su pobreza, la pobreza de encontrarse abandonados por sus familiares y amigos
[2].

Y entonces poderosamente resuena hoy en nuestra liturgia dominical el Salmo 94, como respuesta para nuestro actuar cristiano: Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor:No endurezcáis vuestro corazón”.
 
PINCELADA MARTIRIAL
En las beatificaciones de Tarragona, el 13 de octubre de 2013, subió a los altares un grupo de 11 hermanos de San Juan de Dios. Los religiosos formaban parte del entonces llamado Hospital Infantil San Juan de Dios, situado junto a la playa, en el barrio de la Malvarrosa, en Valencia, donde atendían en aquellos momentos a 110 niños y realizaban una amplia actividad ambulatoria.

El superior y el vicesuperior de la comunidad de religiosos fueron fusilados junto a los muros del cementerio de El Cabanyal el 7 de agosto de 1936, y sus restos no han podido ser hallados. Los otros nueve religiosos encontraron el martirio, el 4 de octubre de 1936, en la playa próxima al hospital, y sus cadáveres abandonados con el nombre y apellidos escritos de cada uno de ellos junto con un cartel indicando la causa de la muerte: Por fraile. Tras el asesinato de los religiosos, el Hospital Infantil San Juan de Dios pasó a llamarse Asilo Sanatorio Hospital Popular.
 

Los once frailes mártires son los beatos Leoncio Rosell, superior de la comunidad, natural de Barcelona, que contaba con 39 años de edad; Cristóbal Pérez del Barrio, de Palencia, de 72 años; Leandro Aloy Doménech, de Bétera (Valencia), de 64 años; Cruz Ibáñez, de Sabiñán (Zaragoza), de 50 años; Jaime Óscar Valdés, de La Habana (Cuba), y 45 años; Leopoldo de Francisco Pío, de Caravaca (Murcia), y 59 años; Feliciano Martínez Granero, de Taberno (Almería), de 73 años; Juan José Orayen Aizcorbe, de Osacar (Navarra), de 37 años; José Miguel Peñarroya Dolz, de Forcall (Castellón) y 28 años; Publio Fernández González, de León, y 30 años; y Avelino Martínez de Arenzana Candela, de Barcelona, hermano lego, de 48 años.

Prefirieron morir antes que abandonar a los enfermos a su cargo
Beatificados también en Tarragona y de la Orden de San Juan de Dios eran también ocho hermanos de Málaga. De los doce hermanos que servían en el Sanatorio San José, ocho fueron inmolados por los milicianos de la FAI el 17 de agosto de 1936. Tres estaban de viaje acompañando enfermos mentales; quedaron en el centro ocho y el superior.
Por la tarde, sobre las diecinueve horas, mientras los religiosos se hallaban atendiendo a los enfermos durante la cena, repartidos por los diversos pabellones, milicianos juntamente con varios de los empleados del comité del sanatorio, irrumpieron en el mismo con varios coches, apresaron de forma soez a los religiosos.

El superior, José María Gil, salvó la vida de milagro. Los de la FAI lo habían reservado para que les llevara las cuentas y firmara para poder sacar del Banco el dinero del sanatorio, que incautaron, aplicando las leyes de la República, que impedían a los religiosos realizar sus funciones. El centro acogía enfermos neurasténicos y locos. Se encargó de regirlo un comité revolucionario, con personal del sanatorio, que se hizo cargo de la administración del mismo. Y que, entre otras cosas, obligaba a los enfermos a trabajar en la huerta y a limpiar el establecimiento. Vendieron la mayor parte de la cosecha, destrozaron la huerta y talaron buena parte de los árboles frutales para venderlos como leña…

El beato Estanislao de Jesús, natural de Talavera de la Reina, vistiendo todavía la bata de enfermero, fue detenido. Su delito: la caridad, atender a los más desfavorecidos… para el juicio de Dios: su gloria.
 

[1] San AGUSTÍN, Comentarios a la Primera Carta de San Juan 10,7
[2] Santa TERESA DE CALCUTA. Orar. Su pensamiento espiritual. Barcelona, 1997.