Estos días, por desgracia con demasiada frecuencia, vemos sucederse los minutos de silencio por muchas de las ciudades y países del mundo en triste homenaje a las víctimas de las matanzas con las que unos seres humanos tan malvados como errados, obsequian a otros de los que no conocen nada y a los que odian gratuitamente a pesar de, como digo, ni siquiera conocerles. En esto consiste la magia del discurso del odio, único responsable del mucho mal que producen los terroristas en todo el mundo.
 
            En algún lugar inopinado de nuestra hermosa geografía nacional, lugar que no es otro que la preciosa ciudad gaditana de Sanlúcar de Barrameda, en una escena sin precedentes pero no por ello menos cargada de emotividad y significado, ese minuto de silencio se convirtió en un sobrecogedor Padrenuestro que todos recitaron con naturalidad, y que desde aquí invitamos a rezar con mayor frecuencia, pues por un lado, en nada puede ofender a nadie, cristiano o no, creyente o ateo, una plegaria tan bella y humana como un Padrenuestro; y por otro, se halla firmemente arraigada en la tradición histórica de la civilización europea y occidental.
 
            Pero la pregunta que me hago hoy es la siguiente: dicha práctica del minuto de silencio… ¿de dónde procede?, ¿es muy antigua?, ¿podemos rastrear su estela?
 
            Y efectivamente, su origen no nos es en modo alguno desconocido. Existe general unanimidad en aceptar que la primera vez que se guardó algo parecido al minuto de silencio –y digo parecido porque en realidad no fue uno sino dos- fue en 1919, el 11 de noviembre a las 11 horas (el 11 del 11 a las 11), la fecha y hora en que un año antes finalizara la Primera Guerra Mundial, y que ello ocurrió por iniciativa del rey Jorge V de Inglaterra en todos los territorios del imperio británico para conmemorar así el sacrificio de cuántos se habían dejado la vida en holocausto durante el magno conflicto bélico.
 
            Con ser unánimes los argumentos, la respuesta no es, sin embargo, exacta, pues las mismas fuentes que avalan el relato reconocen también que ya antes, aunque a diferente escala, la costumbre se hallaba consolidada en un recóndito rincón del mismo Imperio británico, en la Ciudad del Cabo en Sudáfrica, donde cada vez que las tropas sudafricanas sufrían un revés en los avatares del mismo conflicto mundial, se venían guardando ya un/unos minutos de silencio. Lo que desde tan curioso punto de vista, debería hacer especialmente significativo el observado muchos años después en memoria del mandatario sudafricano Nelson Mandela, en el que participaron muchos de los más importantes dirigentes mundiales, pues el minuto de silencio volvía así al lugar en el que había nacido.
 
            La cuestión no termina, sin embargo, aquí, pues se sabe también quién pone en la cabeza del rey Jorge V la idea de convocar ese luctuoso lapso de silencio a sus súbditos en todo el imperio. Y aquí el protagonismo es doble, porque de manera cercana en el tiempo lo hacen, por un lado, un soldado y periodista australiano de Melbourne, por nombre Edward George Honey, quien el 8 de mayo de 1919 envía una carta al London Evening News en la que propone guardar cinco minutos de silencio en homenaje a los caídos en el magno conflicto. Y por otro, el parlamentario sudafricano Sir Percy Fitzpatrick, que no hace sino invitar al rey a elevar a escala imperial lo que ya se venía haciendo a escala local en el lugar del que él mismo provenía. Este, de hecho, recibirá de Lord Stamfordham, secretario privado del monarca británico la siguiente misiva:
 
            “Estimado Sir Percy:
 
            El Rey, conocedor de que en breve abandonará Vd. Sudáfrica, me insta a informarle de que acoge positivamente la idea debida a su iniciativa y relativa a una pausa de dos minutos de silencio a celebrar durante el Día del Armisticio, una sugerencia que se adopta y se pondrá en ejecución de manera unánime en todo el Imperio”.
 
            Visto lo visto, se podrá pensar que el verdadero alma mater de la idea fue más bien Sir Fitzpatrick que Honey. Lo cierto es que unos días antes del 11 de noviembre, se realiza con la guardia real en el Palacio de Buckingham una especie de zafarrancho del homenaje silencioso, en el que están presentes como especiales invitados del rey tanto el periodista australiano como el dirigente sudafricano. Lo cual no es óbice para que ya en el mismo se opte por los dos minutos de Sir Fitzpatrick en detrimento de los cinco de Honey, y así se pedirá después que lo haga también el pueblo.
 
            La práctica, como no podía ser de otra manera en una nación tan celosa de sus tradiciones como es el Reino Unido –cuánto echo de menos semejante afán entre mis compatriotas-, se consolidará, y esos dos minutos se siguen observando al día de hoy en las conmemoraciones del llamado Remembrance Day o “Dia del recuerdo”, celebrado precisamente cada 11 de noviembre en Gran Bretaña y otros países de la Commonwealth durante más de un siglo ya. Aunque en el resto del mundo y para eventos de diferente naturaleza, se vengan reduciendo, por lo general, a un solo minuto en lugar de dos.
 
            Y bien amigos, esperando que cada vez sean menos los minutos de silencio que tengamos que respetar, e invitando a Vds. también a rezar, por qué no, un sencillo padrenuestro, como tan devota y decididamente han hecho en Sanlúcar, en recuerdo de las víctimas de cuantos holocaustos injustificados se producen en el mundo, me despido de Vds. no sin desearles una vez más y como siempre, que hagan Vds. mucho bien y que no reciban menos.
 
 
            ©L.A.
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