Estoy leyendo estos días el libro de Elvira Roca sobre las leyendas negras que han acompañado a los grandes imperios de la Historia (excepción del inglés, por algo será), y de modo más especial al español. Se trata de una obra muy bien documentada y amena de lectura, donde realiza un interesante paralelismo entre cuatro grandes imperios: Roma, Rusia, EE.UU. y España, cada uno situado en distintos momentos de la Historia, pero todos con muchos rasgos en común. Qué hace que un país llegue a crecer hasta convertirse en un imperio, y qué relación plantea ese crecimiento en los países que compiten con él, son algunos de los temas que plantea Elvira. Todos los imperios han tenido sus detractores, quienes consideraban que eran fruto de un destino inmerecido y construyeron leyendas para entorpecer su imagen, leyendas que esos imperios apenas pusieron esfuerzo en desmerecer. Pasó con los griegos frente a los romanos en la Antiguedad, con los franceses frente a los rusos en el XVIII, con los europeos frente a los estadounidenses actualmente, y con holandeses, ingleses y alemanes frente a los españoles en los siglos XVI y XVII.  Los mitos son muy parecidos en todos los casos, mezclanco medias verdades con aparatosas invenciones. Esos imperios han sido acosados de incultura, degradación social o racial, crueldad, egoísmo, fanatismo o un largo etcétera. La autora, como no podía ser menos, se entretiene especialmente en el caso español, donde la acción propagandística de los enemigos del imperio española ha sido particularmente eficiente: tan eficiente que se lo han creído los mismos españoles. Describe Barea, por ejemplo, con gran detalle la campaña propagandística montada por Guillermo de Orange para desprestigiar a Felipe II, el monarca legítimo de los Paises Bajos, y preparar el camino de la secesión. Ganó ambas guerras, la de los folletos y la del campo de ballata (con bastantes reveses en los largos años del conflicto), pero sin duda la primera es la que más ha perdurado. Lo lamentable es que todavia perdure, tanto en la visión que se imparte en las aulas holandesas como -lo que es realmente inexplicable- en las españolas: supuesto carácter fanático y cruel de Felipe II, acusandole incluso de matar a su hijo Carlos, imagen distorsionada -hasta el ridículo- de la Inquisición, supuesto intento de aliarse con los turcos, impuestos abusivos y un largo etcétera.
Y para darle un color de actualidad, basta leer entre líneas los comentarios que hace Barea sobre el impacto de esa campaña propagandística en el nacionalismo holandés que acabo en la independencia. La verdad histórica importaba, y parece que importa, bien poco: lo que importa es conseguir los objetivos que se pretenden, bañándolos de un sentido de la justicia que, en toda justicia, completamente carecen.