Considera lo que viene a continuación: Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Este es el fin de nuestro amor: fin con que llegamos a la perfección, no fin con el que nos acabamos. Se acaba el alimento, se acaba el vestido; el alimento porque se consume al ser comido; el vestido porque se concluye tejiéndole. Una y otra cosa se acaban, pero este fin es de consunción, aquél de perfección. Todo lo que obramos, lo que obramos bien, nuestros esfuerzos, nuestras laudables ansias e inmaculados deseos, se acabarán cuando lleguen a la visión de Dios. Entonces no buscaremos más. ¿Qué puede buscar quien tiene a Dios? ¿O qué le puede bastar a quien no le basta Dios? Queremos ver a Dios, buscamos verle y ardemos por conseguirlo. ¿Quién no? Pero mira lo que se dijo: Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Prepara tu corazón para llegar a ver. #SanAgustin (Sermón 53,6)

Los mandamientos se resumen en dos: Amar a Dios sobre todas cosas y al prójimo como a uno mismo. Amar a Dios conlleva verlo en todo lo que nos rodea. Para verlo en todo y todos, tenemos que limpiar nuestro corazón, ya que sólo cuando tengamos la visión del ser realmente limpia, veremos que la huella de Dios está impresa en todo lo creado. En el ser humano hay algo más que una simple huella: tenemos la imagen de Dios inscrita en nuestro ser, además, cuando actuamos según la Voluntad de Dios, lo hacemos a semejanza de Dios mismo. Nos convertimos en herramientas en Manos de Dios, herramientas que aplican su Voluntad.

El fin de nuestra existencia es vivir unidos a Dios y a través de Dios, vivir unidos a nuestros hermanos. Cuando la vida supera las realidades personales, para hacerse Verdad unidos a Cristo, la unidad se convierte en algo evidente, inseparable de cada paso que damos. El problema es cuando nos dedicamos a crear ídolos y Torres de Babel, porque entonces la unidad queda, en el mejor de los casos, en falsas apariencias. Apariencias que se venden y son utilizadas para vendernos al mundo como segundos salvadores. Hay que tener cuidado, porque la unidad la construye el Espíritu Santo dentro de cada uno de nosotros. En la medida que seamos templos del Espíritu, la unidad estará en lo que somos y la forma en que actuamos.