Ha dicho José Bono que Pinochet «recibía la comunión de una forma vergonzosa» mientras que él no es «ningún asesino» por votar a favor del aborto. Hombre, asesino no lo sé, pero se me antoja que, un tanto demagogo, sí. De hecho, el presidente del Congreso no necesita buscar al otro lado del Atlántico para echar balones fuera. A una célebre folclórica le negaron hace unos años la comunión en el Rocío –tras hacerse el reportaje fotográfico de rigor, lavado de pies con cerveza incluido– por vivir públicamente en pecado con un famosillo de medio pelo con el que, por cierto, anda ahora a la gresca.

Bono añade que tiene «la conciencia tranquila». Si me permite la matización, yo diría que la tiene dormida, o narcotizada, o mansurrona, o amordazada. Porque quedarse tan ancho después de oprimir un botón en el Congreso de los Diputados para permitir que se sigan aniquilando a 125.000 personas al año con la misma tranquilidad con que uno da al botón para llamar al ascensor es algo que –como enfatizaba un antecesor suyo en el cargo– «manda huevos». Y es que, señor presidente del Congreso, hay botones que matan, aunque nunca llegues a ver la sangre en tus dedos.

Asegura usted que quiere «acomodar su vida al Evangelio de Jesús». Me parece un deseo de lo más loable. Me imagino, entonces, que habrá puesto su «conciencia tranquila» delante de Dios y habrá permitido humildemente que Él le indique lo que debe hacer. Y, fíjese que, por más que lo intento, no logro creer que Jesús le haya dicho que adelante, que vote a favor del exterminio silencioso de esos niños. No le creo, señor Bono. Y cada vez más gente contempla, con lástima, que su catolicismo es una careta, un sepulcro blanqueado, una fachada que esconde una espantosa mentira.

Álex NAVAJAS