La Iglesia Católica cuenta con más de siete mil santos, sin considerar a los que están en proceso de ser declarados como tales. De ellos, gran parte se refiere a fundadores y fundadoras de diversas instituciones: órdenes religiosas, congregaciones, movimientos, obras de asistencia social, etcétera. Es decir, hombres y mujeres que, además de buenos gestores, fueron coherentes con el Evangelio, revolucionando, como decía Chesterton, la historia, haciendo que el cristianismo mantuviera la frescura del origen. Una institución milenaria requiere siempre de nuevas respuestas y por eso el papel de los fundadores.

Ahora bien, lo complejo del tema, toca dos puntos, bajo la forma de preguntas aparentemente obvias: ¿todo fundador es santo? Y ¿hasta dónde puede considerarse intérprete autorizado del carisma? Empecemos por la primera. En principio, no solo todo fundador, sino cualquier bautizado promedio, debería alcanzar la santidad; es decir, la puesta en práctica en medio de lo ordinario del Evangelio que vuelve todo extraordinario. No obstante, aunque la inmensa mayoría de los fundadores son ejemplos a seguir, existen casos que causaron cosas inaceptables en las que fallaron todas las previsiones de la legislación canónica y civil, lo cual, es un recuerdo constante de las precauciones que deben tomarse en tiempo y forma. ¿Qué pasa, entonces, con sus obras? O, mejor dicho, ¿con las personas que ingresaron de forma sincera?, ¿dónde queda el carisma si no fue vivido por aquél que lo inició? Como lo hemos visto en casos recientes, justo por respeto a las víctimas y a los miembros de buena voluntad, la Iglesia, a través de una comisión o visitador apostólico interviene a fin de atender de manera integral la situación. Cierto, hay heridas imposibles de sanar, pero se trata de resarcir, en lo posible, el daño y asumir responsabilidades en el marco de la legislación. Sobre el carisma, queda el hecho de que viene del Espíritu Santo y no de la persona, del iniciador o iniciadora, de modo que lo rebasa. Por supuesto que se clarifica a fin de que no se distorsione por la sombra de la mala praxis.  Ahora bien, cuando las cosas salen bien y se trata de una persona coherente con el Evangelio, se convierte en una fuente viva del carisma, pero no de forma absoluta, pues existe la regla dogmática de no quitar ni agregar nada a la Palabra de Dios. De modo que, como cualquier católico, debe obedecer al magisterio de la Iglesia a fin de que no termine buscándose a sí mismo o confundiendo autoridad con autoritarismo.

El Papa Francisco ha dicho que está de acuerdo en que surjan nuevas fundaciones en la Iglesia, pero que hay que ser cuidadosos. Tiene razón, pues el sectarismo está a la orden del día. No es que el Papa esté con una lupa gigantesca para afectar, sino que le corresponde ocuparse del tema precisamente para preservar la fe. Lo anterior, aplica tanto para las obras nuevas como para las antiguas.

El siglo XX fue testigo de muchas crisis institucionales, aunque afortunadamente contrarrestado por fundadoras ejemplares como la M. Teresa de Calcuta o Chiara Lubich. Cuando alguien busca ser omnipresente en las obras que dirige, la sospecha toma sentido y es justo lo que hay que evitar. Retomando a la entrañable madre Teresa, ella se veía como un lápiz en las manos de Dios y es que de eso se trata el aporte teológico y pastoral del fundador, de saberse medio y nunca fin.

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Link del audio-conferencia: "Retos de la Pastoral Juvenil". https://mx.ivoox.com/es/retos-pastoral-juvenil-audios-mp3_rf_19069610_1.html