Cuenta una fábula de un autor sueco, que una tarde de primavera se entabló una acalorada discusión entre los habitantes del bosque respecto a este problema fundamental:
- ¿Qué es la vida?
- Vivir es cantar, gorjeó un ruiseñor, lanzando sus trinos al aire.
- ¿Cómo va a ser cantar?, dijo un topo. Vivir es luchar continuadamente contra la oscuridad; en esto consiste la vida.
- Eso sí que no, objetó una mariposa de irisados colores. Goces y alegrías, ¡eso es vida!
- No tienes razón, le contestó una abeja diligente. ¡La vida es trabajo!
- Es verdad, suspiró una hormiga. Más trabajo que alegría.
Desde las alturas se oyó la voz de un águila:
- La vida es libertad y poder subir a las alturas azules.
Entonces terciaron en la discusión las plantas. El esbelto pino dio la razón al águila. La siempreviva fue del parecer de la hormiga. La rosa y el lirio opinaron como la mariposa. También la nube hizo descender su voz:
- ¡La vida es amargura, llanto y lágrimas!
Los ríos gritaron sin detenerse en su curso:
- La vida es continuo perecer, un simple pesar.
Cuando la discusión llegaba a su apogeo, comenzó a sonar la campana que anunciaba la solemnidad de Pentecostés. Y la campana dijo a todos:
- La vida verdadera es paz y gozo, fuerza y alegría. Y valor, y fidelidad y pureza, que brotan en el hombre por virtud del Espíritu Santo[1].

Rezábamos ayer, una vez más, antes de la proclamación del Evangelio la secuencia de la Misa de Pentecostés, atribuida al Papa Inocencio III (1216) y también a Esteban Langton, arzobispo de Canterbury. Desde el siglo XIII resuena en los momentos más solemnes de la liturgia católica:
 
¡Ven, Espíritu divino!,
manda tu luz desde el cielo...
... Reparte tus siete dones
según la fe de tus siervos.
Por tu bondad y tu gracia
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno.
 
Es indudable que el ejercicio de las virtudes cuesta trabajo: hay que vencer la resistencia de las pasiones y los obstáculos que nos salen al paso al andar nuestro camino hacia la eternidad. Por eso Dios, que nos ha llamado a ser hijos suyos, nos da también los dones del Espíritu Santo, que son como las velas de un barco, para que captemos las inspiraciones y luces del Espíritu Santo en nuestra alma y así adelantemos en el camino de la virtud; corramos hacia Dios, sin ningún esfuerzo, siendo arrastrados por el viento de Dios. Los santos, que viven en un estado de íntima unión con Dios, en la vida espiritual, son tan dóciles a la acción del Espíritu, dado que en ellos actúan constantemente los dones.

Y esto es lo que tenemos que buscar en nuestra vida: pedirlos y después dejarnos llevar por ellos.

El don de sabiduría nos hace gustar las cosas divinas. El de entendimiento nos hace penetrar más las verdades de la fe. El de consejo nos guía en los casos difíciles para que podamos elegir lo mejor. El de fortaleza robustece la virtud del mismo nombre y nos lleva, como llevó a los mártires, hasta el heroísmo en la profesión de la fe. El de ciencia nos muestra el orden de las cosas temporales hacia Dios. El de piedad nos hace sentir tiernamente hijos de Dios y dirigirnos a Él con la confianza de un niño en su padre. Y el don de temor de Dios nos lleva a vencer el amor ilícito de aquellas cosas que nos pueden apartar de Dios.

Cuando un alma corresponde a la acción del Espíritu, los dones producen unos frutos abundantes: actos de santidad que nos llenan de gozo santo en el Señor. Los más exquisitos son las bienaventuranzas.

El Espíritu Santo infunde en las almas fieles el consuelo de la confianza en Dios, juntamente con sentimientos de humildad y desconfianza del hombre en sí mismo. San Felipe Neri, tuvo a los 29 años una intensa experiencia mística de la presencia del Espíritu en su alma. Y, con todo, eran muy fuertes sus sentimientos de humildad respecto de su persona. Un cualificado biógrafo nos lo refiere de este modo:
Todos los días acostumbraba a dirigirse al Señor, con el Santísimo Sacramento en las manos, diciendo: Señor, no te fíes de mí, porque puedo traicionarte y hacerte todo el mal del mundo. En otros momentos exclamaba: La herida en el costado de Cristo es amplia, pero si Dios no me ayudara yo la haría mayor.

Nadie como la Virgen tuvo una experiencia tan profunda y tan gozosa de la presencia del Espíritu Santo en su vida. Dice el exquisito maestro de espiritualidad San Juan de Ávila que María en gran manera es muy amiga del Espíritu Santo, y Él de Ella[2].

 

Por su total fidelidad a las mociones del Espíritu divino, vino a ser una excelente guía para los fieles en sus caminos de fe y de obediencia a lo que nos pide el Espíritu Santo. Por eso, en la Iglesia bizantina se le da el título de Odigitria, o sea, la que muestra el camino, que es Cristo, e impulsa a seguir con fidelidad la ruta de la fe. Terminamos con esta hermosa oración de San Ildefonso de Toledo:
 
Te pido, oh Virgen santa,
obtener a Jesús por mediación del mismo Espíritu
por el que tú has engendrado a Jesús.
Reciba mi alma a Jesús por obra del Espíritu,
por el cual tu carne ha concebido al mismo Jesús (...)
Que yo ame a Jesús en el mismo Espíritu,
en el cual tú lo adoras como Señor y lo contemplas como Hijo. Que así sea.
 
PINCELADA MARTIRIAL

Siervo de Dios Juan Felipe Campos y Rodríguez
Nace el día 5 de febrero de 1877 en Carrizosa (Ciudad Real) y recibe el bautismo al día siguiente. Cursa los estudios eclesiásticos en el Seminario de Ciudad Real y es ordenado en diciembre de 1906. Tras pasar por varios pueblos de la diócesis, en septiembre de 1930 es destinado a Torrenueva (Ciudad Real) donde ejerce el ministerio sacerdotal hasta su martirio, el 9 de agosto de 1936.
 

La narración popular sitúa el martirio en dos escenarios: la iglesia y el patio de las escuelas. Lo detuvieron primero en la iglesia, tratando de que dijera, “dónde estaban escondidas las armas”, acusación ésta muy generalizada, así como enemigos del orden establecido y del pueblo, contra los sacerdotes. Al no encontrar las armas, ya lo dejaron con los otros presos en la sacristía en donde empezó el martirio. Lo sacaban al presbiterio para que blasfemara y abjurara de su fe y a pesar de los golpes no consiguieron su propósito. Le pegaban golpes con el crucifijo metálico del altar derribándole los dientes y con candeleros grandes soportó golpes en la cara y en el cuerpo.

Violentamente lo tiraron contra los confesionarios y le hicieron rodar varias veces por las escaleras del presbiterio. Después, viendo que no conseguían su propósito, medio desnudo lo ataron de los pies y metiéndolo en un saco, se lo llevaron arrastrando por el templo, y por las escaleras pétreas del atrio y por las de la plaza, a las escuelas municipales que estaban frente a la Iglesia, segundo escenario del martirio. Atado a los barrotes de una ventana, de donde colgaba como un crucificado, y después de una trilla contra la pared, fue sometido al tormento del sol, la sed y a los golpes, las mofas, los insultos más soeces y groseros. Con voz apagada pero firme don Felipe decía:

¡Dios mío perdónalos y da fortaleza a tu siervo!
¡Dios mío escúchame, que mi fortaleza no se quebrante!


Así entregó la vida el 9 de agosto de 1936. Se extendió por toda la diócesis, la fama de martirio y perdura en la actualidad. Su causa está incoada junto a 463 compañeros mártires, y se encuentra a punto de cerrarse la fase diocesana con el resto de mártires de la diócesis de Ciudad Real.
 
[1] El Espíritu Santo, en Mensajes de fe, nº 227 (Obra Cultural. Barcelona)
[2] San JUAN DE ÁVILA, Sermón 30, Domingo de Pentecostés: BAC 103, pág. 430