Hechos de los apóstoles 1, 1-11; Efesios 1, 17- 23; Mateo 28, 16-20

«Lo vieron levantarse, hasta que una nube se lo quitó de la vista»    
«
¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?»

«Quiero que mi amor humano como un lazo invisible me lleve a lo más hondo del corazón de Dios. Allí donde descansen mis brazos ya gastados. Y mis pies destrozados de tanto caminar»
 
Creo que Dios me ha dado un corazón capaz de amar y entregarse por entero. No quiero darme sólo a medias. Sólo en parte. Por un tiempo. Quiero hacerlo para siempre. Y darme entero, en cuerpo y alma. Pero la verdad es que muchas veces compruebo que tengo miedo. Me asusta arriesgarlo todo. Darlo todo y quedarme vacío. Perder lo que tengo. Sentirme solo en medio de la vida. Y se me mete en el alma un dicho popular que no me da alegría: «Prometer no empobrece. Es dar lo que aniquila». No creo yo que dar me vacíe. Lo tengo claro. Ni tampoco que mi capacidad de amar me empobrezca. Decía el P. Kentenich: «El hombre está estructurado de tal manera que sólo halla su plenitud en la entrega a un tú personal»[1]. Sé muy bien que si doy más recibo siempre. Amar siempre enriquece. Y sé que lo que de verdad da alegría es amar a los que Dios pone en mi camino. Y no evitar echar raíces. Y encuentro a muchas personas llenas de amarguras, empobrecidas, porque no logran amar de forma sana. Están heridas y hieren. Decía el P. Kentenich: «Hay personas que se aferran hoy en día a las formas porque no logran vincularse sanamente a una persona»[2]. Se vuelven rígidas y críticas. Porque no saben amar de corazón. Y no logran tampoco sentirse amadas. Tengo claro que tiene que ver con mi corazón esa capacidad de arraigarse en la vida. Y por eso sufro cuando pierdo. Porque amo y pierdo. Y me duele perder el suelo de mi descanso. Allí donde encuentro un hogar, una tierra. Y me asustan la soledad y el vacío. Que suceden de repente en la vida. Y temo perder todo lo que tanto amo. Y quedarme solo en medio del camino. Porque quiero amar para siempre. Porque me gusta la palabra vínculo. Tiene que ver con cadenas. Supone encadenarse, atarse con un lazo fuerte, estable y seguro. Existen vínculos allí donde existe una relación profunda, cargada de afecto, libre y permanente, aceptada desde el interior de la persona y que la afecta por entero. Tiene que ver con estar atado a otro, a un lugar, a una comunidad, a un sueño. Tiene que ver con los eslabones propios de una cadena. Una cadena invisible que me une con otros. Que me ata a lugares y a personas. Tiene la palabra vínculo mucha belleza. Quiero ser un hombre vinculado. Es verdad que el tiempo de hoy es un tiempo sin raíces. Hemos nacido para vincularnos porque estamos hechos a imagen de Dios Trino. Dice el P. Kentenich: «Dios mismo es un ser ligado a un nido. No por debilidad, sino por plenitud de vida. Porque Dios es Trinidad, tres personas. De ahí se puede inferir cuán hondamente estará anclada en el hombre la pulsión social, dado que es imagen del Dios Trino»[3]. Me ato a otros a imagen de Dios. Me vinculo. El apego emocional a ciertas personas a lo largo de la vida me da estabilidad. Me hace más capaz de ser independiente y autónomo. Tengo lazos afectivos firmes en mi vida personal. Eso es lo que me sustenta. Es lo que deseo. El problema del hombre de hoy es la falta de lazos. Los vínculos humanos me llevan al cielo. Me ato para encontrar un nido en el cielo. Dios me atrae hacia Él con lazos humanos: «Dios deja caer una cuerda, desea vincularnos con lazos humanos. Dios se adecúa a nuestra naturaleza humana. Luego tira de la cuerda hacia arriba y no descansa hasta que todo se halla vinculado a Él»[4]. Yo mismo soy un lazo tendido por Dios. Tengo vocación de conducir a los hombres hacia Dios. Que se arraiguen en mi corazón para arraigarse hondamente en el de Dios. Me apego con fuerza. En mi vida he atado mi corazón y he conocido así algo del amor de Dios. Ese amor que se me ha hecho tan presente en otros corazones. Me conmueve la capacidad que tengo de tender lazos. Y sé que me asusta el no poder ser luego fiel al camino iniciado. Y no cuidar el vínculo. Y olvidar lo que prometo. Y no regar las raíces que me atan a la tierra. Jesús siempre es fiel y me enseña a serlo. Pero cuesta. Puedo dejar morir muchos lazos que he tendido. Y le pido a Dios perdón por esas infidelidades mías que no me han permitido cuidar lo que Dios ha puesto en mis manos. Quiero ser fiel como lo fue Él en su paso entre los hombres. Y le pido esa fidelidad que es un don cada mañana.

Muchas veces he visto la vida como un camino que asciende. Una línea recta y en lo alto del monte la meta. Y yo mirando ese destino que anhelo. Tal vez es parte de una mirada joven. Que ve todo como el ascenso al monte más alto. Y confía en llegar pronto lo más arriba posible después de un largo esfuerzo. Este día que comienza mejor que ayer. El nuevo año mejor que el pasado. Lo que ahora hago mejor que lo que hice antes. Siempre más, más alto, más lejos, mejor. Y me turbo al pensar en algo que esté peor hecho. Un descenso en lugar de un ascenso. Un bache, una caída. La pérdida de prestigio en lugar de la ganancia. Un retroceso en lugar de avanzar. Como si subir a lo más alto fuera siempre mejor que descender. Superar metas pasadas mejor que fallar. Lograr mejores tiempos mucho mejor que seguir como antes. Ganar más dinero. Tener más éxito y fama. Siempre más. Nunca menos. Ascender mejor que ser descendido. Jesús fue descendido muerto de la cruz. Y hoy asciende Él sólo ante los hombres. Fue ascendido al madero, signo del mayor fracaso. Y murió, fue asesinado. Cayó entre los hombres. Fue descendido. Y ahora asciende vivo, resucitado, victorioso. Es el mismo hombre. El mismo Jesús muerto y resucitado. El mismo valor de aquel cuerpo sin vida. El mismo valor del Jesús glorioso que desaparece delante de mis ojos. Me da miedo valorar mi vida según los parámetros de ascenso y descenso. Valgo más si logro los objetivos marcados. Si consigo llegar más alto que otros. Si soy reconocido. Si evoluciono. Si no me estanco. Y valgo mucho menos si nada de lo que emprendo me resulta. Si sigo igual que antes. Si no mejoro ni cambio. No lo sé muy bien. Me han metido en el corazón una idea de la vida que me hace daño. Decía Victoria Braquehais, una monja misionera en África: «Siento que Dios ha triunfado en mi vida. La vida es otra cosa, es lo que es. No es tanto hacer muchas cosas o ser el mejor. La vida no está hecha para competir, sino para compartir». Y quizás la tendencia del mundo es la de competir, no la de compartir. La de llegar más alto, ser el mejor y lograr todas las metas. Una estrategia de conquista. Un plan a largo plazo para ser el mejor, el que más éxitos tenga. Formación, preparación, conquistas. Y me privo de la alegría del descenso. De la sensación de ser acompañado en el fracaso. Tal vez el que vence descubre nuevos amigos. Y el que ha dejado de ser válido, útil o interesante, pasa al olvido. Pierde la fama. Deja de ser conocido. Pierde amigos. El ascenso y el descenso. La encrucijada de la vida. Yo no me puedo quedar en un punto medio equidistante. O subo o bajo. No me quedo igual. La naturaleza que es sabia me dice que mi cuerpo tiende al descenso. Pierdo facultades. Estoy más cansado. Pero mi espíritu sueña el ascenso. Sé que mi vida no es una línea ascendente. Y eso que estoy llamado al cielo. Al lugar en el que Jesús me precede. Pero tal vez antes tenga que probar el descenso. Ser descendido de mi cruz. Ser ascendido al fracaso. Ni yo mismo podré bajar solo de mi propia muerte. Harán conmigo lo que hicieron con Él ya muerto. Desciendo al olvido. Desciendo al juicio y a la condena. Desciendo a la muerte. Reconozco que me da miedo esa pérdida paulatina de mis fuerzas. Me dan miedo la derrota y el olvido. Me asusta perder la vitalidad y no seguir avanzando. Quedarme al margen del río de la vida. Y pienso entonces en la mirada de Jesús. Leía el otro día: «Para entrar en el reino de Dios es importante que todos sientan como suya la preocupación de Dios por los perdidos y su alegría al recuperarlos. Hay que aprender a mirar de otra manera a esas gentes extraviadas que casi todos desprecian»[5]. Jesús se fija en los perdidos, en los descendidos, en los fracasados. Se fija en mí cuando no logro los resultados esperados, cuando no consigo lo que me propongo, cuando no triunfo. Se fija en mí caído. Es como si en la vida la mirada de los hombres se posara sólo en los que triunfan, en los que vencen, en los que ganan. Mientras el olvido forma parte de los que han fracasado y han muerto en el camino. Entonces comprendo que no importa tanto ascender o descender. Aumentar el número de mis éxitos o perder todas mis metas. Que lo importante es dar la vida. No si me sale bien todo lo que emprendo. No si logro ascender a la cumbre más alta. El ascenso es obra de Dios en mí. Él me levanta habiendo yo caído. Y me eleva por encima de mis fuerzas habiendo yo bajado a lo más profundo. Y no se olvida de los perdidos, de los descendidos. Me recuerda siempre pase lo que pase. Y entonces tengo ya otra actitud frente a la vida. Tengo menos miedo, más paz, más alegría. Miro con más pasión todo lo que hago. Y entonces valoro tanto el éxito como el fracaso. Y mi amor de compasión me hace acercarme al que no es valorado, al rechazado, al que no triunfa. Leía hace poco: «Para un hombre lleno de sentido de la compasión nada humano le resulta ajeno. Ni la pena ni el gozo. Ninguna forma de vida o de muerte»[6]. Mi compasión me hace mirar hacia abajo. Darme la vuelta para ver al que marcha más lejos. Fijarme en el anciano y en el enfermo. En el que no asciende. En esta cultura del descarte mirar así es un milagro. Mirar al que no avanza y valorarlo. Detener mis pasos ante el que nadie mira y caminar a su lado. No es atractivo su rostro y yo lo quiero admirar. Tal vez no tiene nada que mis ojos envidien, pero yo quiero seguirlo. La compasión me hace capaz de amar lo que el mundo rechaza. Me detengo y desciendo. Pudiendo ascender vuelvo a bajar la cuesta. Pudiendo ir más rápido detengo mis pasos para ir a otro ritmo. Deshago el camino recorrido. Y miro más lejos, atrás, ese lugar ya hollado. Y no me da miedo perder la senda de los triunfadores. Quizás no soy mejor que antes, no evoluciono. La caridad no tiene que ver con esos logros que el corazón desea. Quiero dejar de envidiar a los que acumulan éxitos. Mi vida no es una línea recta hacia la meta. Acepto mis caídas y mis retrocesos. Miro a Jesús que asciende ante mis ojos. Él conoció el descenso. Y ahora asciende al encuentro del cielo. Su ascensión me conmueve. No deja de mirar a los que miramos al cielo. No se olvida de mí que piso mi tierra. Se detiene sonriendo. Me abraza desde arriba. Abajándose. Deteniéndose. Me gusta esa forma de vivir sin tener en cuenta que hay que aprovechar el tiempo. Sin desear siempre un poco más. Un paso más lejos. No me gusta vivir con miedo a los descensos. Prefiero esa vida en la que la compasión es lo primero. Y esa mirada de misericordia me hace detenerme ante cualquier perdido, descendido, olvidado. Porque no es la gloria lo que sueñan mis pasos. Sino un día ascender, de la mano de Cristo, camino al cielo.

Me gusta el amor concreto. Hecho de carne y de cielo. De alma que se llena de cuerpo. De cuerpo que se viste de alma. Así es el amor entre los esposos que me habla de una plenitud que aún no poseen. Y viven queriendo detener el tiempo. Y sueñan en brisas de cielo el polvo del presente. Y esperan conteniendo en sus manos las horas ya gastadas. Alimentando el sueño de un anhelo infinito que albergan sus miradas. Y despertando el alma para que se ate a la vida concreta que se lleva el viento. Quiero aprender a amar en la carne de mi vida. Sin teorías bonitas que expliquen hoy mis límites. Sueño con un amor que no se agote en mi piel. Que rebase mis sueños. Y se eleve en un vuelo constante hacia el cielo. Así es el amor que vivo. El que Jesús vivió en mi misma carne. El que abrazo yo cada mañana. Ese amor palpable que me conduce al cielo. Decía el P. Kentenich: «Detrás de cada amor a una persona está Dios; si no somos capaces de amar sanamente tampoco amaremos a Dios; si el amor fuera más natural sería más fácil llegar a Dios; mucha gente no llega a Dios, porque no saben amar ni han experimentado lo que es un auténtico amor»[7]. El amor concreto que Dios me regala. El amor visible a mis ojos. Ese amor de hijo gastado con el tiempo. O el de padre que no sabe bien cómo cuidar la vida que se le confía, en sus manos frágiles. Ese amor de amigo que se derrama en tiempo, sin exigencias torpes. Ese amor de hombre que pasea por el alma, y asciende hasta el cielo. El amor de madre que se da por entero. Sé que si no amo a quien veo es difícil que ame a Dios cada mañana. Necesito aprender a amar sin cortapisas. Sin frenos. Sin miedos. Sin reparos. Amar en la vida que se me confía. Y cuidar en mis manos lo más sagrado oculto en el alma que se me abre. Con respeto infinito. Quiero amar con mis manos y mis gestos tan torpes. Pero amar de forma sana. Sin retener. Sin imponer. Sin vivir exigiendo. Sin celos ni envidias. Sin quejas ni reproches. Quiero que mi amor humano, como un lazo invisible, me lleve a lo más hondo del corazón de Dios. Allí donde descansen mis brazos ya gastados. Y mis pies destrozados de tanto caminar. Y mi alma tan rota que yo apenas valoro, herida por la vida, cansada de luchar. Me gusta lo que escribe José Luis Martín Descalzo: «He sido feliz, claro. ¿Cómo no iba a serlo? Y he sido feliz ya aquí, sin esperar la gloria del cielo. Mira, tú ya sabes que no tengo miedo a la muerte, pero tampoco tengo ninguna prisa porque llegue. ¿Podré estar allí más en tus brazos de lo que estoy ahora? Porque este es el asombro: el cielo lo tenemos ya desde el momento en que podemos amarte. Nos vamos a morir sin aclarar cuál es el mayor de tus dones, si el de que tú nos ames o el de que nos permitas amarte». Quiero vivir en la tierra lo que será pleno en el cielo. No vivir la amargura soñando con ternuras que me promete Dios. Quiero amar en la tierra, sin despreciar lo humano. Sabiendo que aquí es sólo barro que pasa, polvo que se lleva el viento. Lo caduco me enseña que la vida es presente. No se juega en futuros que apenas yo conozco. No se basa en pasados que quedan olvidados. Lo pasado es pisado. El presente es lo que vale. Aquí y ahora. Mark Twain escribe: «La vida es corta. Rompe las reglas, perdona rápido, besa lento, ama de verdad, ríete sin control y nunca dejes de sonreír, por más extraño que sea el motivo. Puede que la vida no sea la fiesta que esperábamos, pero mientras estemos aquí: bailemos». Vivir el hoy poniendo toda el alma. Quiero vivir ese amor con el que Dios me ha amado. Claro que soy feliz. Pero amo sólo porque a mí me han amado. Y soy capaz de dar lo que yo he recibido. Por eso a veces hiero, cuando a mí me han herido. Y guardo reteniendo, por miedo a no tener lo que he vivido. Me gustaría tocar el amor de hoy. El que a mí me regalan. Y darlo todo ahora sin guardar para luego. Sin temer no tener cuando llegue el silencio. La soledad que ahoga. O las noches más frías. Quiero amar en concreto. Perdonar al que me ofende. Aceptar al que no quiero. Mirar al olvidado. Acompañar al que ha perdido. Besar al que me rechaza. Mirar al que no me mira. Quiero dar cuando no me han dado. Y no escatimar cuando alguien me pide. Busco antes mi bien que el de los que me quieren. Y ese no es el camino. No quiero ser yo el obstáculo que no deje llegar el amor de Dios a otros. A través de mis manos pobres, rotas, heridas. Soy creador de esperanzas que Dios siembra en mi alma. Mi amor concreto ayuda a hacer presente a Jesús. De mí depende. De mi sí confiado. De mi sí abierto. Para eso tengo que dejar que Jesús reine en mí. Sea Él el centro. El otro día leía: «Dios busca reinar en el centro más íntimo de las personas, en ese núcleo interior donde se decide su manera de sentir, de pensar y de comportarse. Jesús lo ve así: nunca nacerá un mundo más humano si no cambia el corazón de las personas; en ninguna parte se construirá la vida tal como Dios la quiere si las personas no cambian desde dentro»[8]. Para amar como Dios quiere que ame necesito cambiar por dentro. Para amar en lo concreto. Que Cristo ame en mi alma. En el mismo centro. En lo humano que se me regala. Ese amor concreto es el que me falta a veces. Me encuentro huérfano y vacío. Hiero al ser herido. Me quejo al perder. Quiero amar más de lo que amo. Dar más de lo que entrego.

Hoy Jesús asciende ante los suyos y brota la tristeza cuando se quedan mirando al cielo: «Dicho esto, lo vieron levantarse, hasta que una nube se lo quitó de la vista. Mientras miraban fijos al cielo, viéndole irse, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: -Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como le habéis visto marcharse». El corazón se llena de pena con la ausencia de Jesús. Nada consuela la ausencia de la persona amada. Es así. Imagino lo que sentirían ese día sus amigos, aquellos que lo habían querido tanto y habían dejado todo por seguir sus pasos. Habían compartido con Jesús esos días antes de su ascensión. Habían tocado su cuerpo glorioso. Ya la muerte había sido vencida. No tenían miedo porque Jesús tenía poder sobre la muerte. Y ahora, otra vez, Jesús se vuelve a ir. La primera partida había sido muy dura. No habían soportado el dolor de su muerte. Pero ahora, la segunda partida, era demasiado. ¡Cuánta tristeza! ¿Qué harían ahora si se quedan solos? Volverían al cenáculo. Volverían a esconderse. Volverían a tener miedo. Jesús se va y su corazón llora. Es tan humano llorar. No estoy hecho para despedir a nadie. Estoy hecho para un amor que dure siempre. Cuesta amar, porque uno sufre más. Pero es verdad que me empobrezco cuando no amo por no miedo a sufrir. Eso me seca por dentro. Es verdad que si no amo vivo sin miedo a la muerte. Pero no vivo con raíces, camino por encima de la tierra. Vivo sin un hogar. Y no estoy enamorado de la vida. Vivo tan desapegado que es fácil imaginar la partida. Pero eso no lo es lo que yo quiero. Los discípulos están tristes porque aman con locura a Jesús. Porque no pueden vivir sin Él. Y no entienden su camino sin sus huellas. Y Jesús también está triste hoy porque deja a los suyos a los que ama. Le conmueve su dolor. Y teme por sus vidas. La separación siempre duele. A veces ante la muerte busco bonitas frases que den sentido al sinsentido. Que me expliquen la vida como es. Que me sostengan en medio de mi dolor. Trato de endulzar la amargura del que ama y ha perdido. Le digo que el cielo está cerca. Y le cuento que el que se ha ido está mejor que nosotros y nos espera. Y nos acompaña ahora que está ausente. Y hablo con pasión de un cielo en plenitud en el que nos encontraremos de nuevo todos. Un cielo que para mí puede esperar. No lo quiero todavía. Y hablo de mi vida como un paso necesariamente corto, demasiado humano. Demasiado frágil. Demasiado tangible. Y acabo dando tanto valor a lo eterno que lo de la tierra no cuenta demasiado. Pero no puedo engañarme ni engañar a otros. Amo. Me ato, me vinculo. Echo raíces y me duele en lo más hondo la separación de quienes amo. La tristeza forma parte de mi vida. Aunque hoy me quieran hacer ver lo contrario: «La tristeza es una emoción prohibida en nuestra época, ya que en la cultura del placer solo caben la alegría y el disfrute»[9]. Es como si no pudiera estar triste. Y no me permito este estado que está tan justificado. Es verdad que no me ayuda estar triste sin tener un motivo para ello. Esa tristeza me desanima y empobrece. La tristeza sin causa es caldo de cultivo para la desidia, la pereza, el desánimo. Pierdo las ganas de luchar. No creo en un mundo nuevo que yo construyo con mi entrega. Esa tristeza me encadena. No la quiero. Pero muchas veces tengo que aprender a vivir con la tristeza que está justificada: «La tristeza es la puerta de entrada para visualizar la pérdida. Cuando alguien que queremos se nos va y nos damos cuenta de ello, entonces al instante, estamos volviéndonos tristes»[10]. La pérdida y la separación de la persona a la que amo me entristece. Es justo que así sea. No hay nada peor que la indiferencia ante la muerte y la enfermedad. Por eso no quiero perder de vista la tristeza que sufro. No quiero fingir que no estoy triste. No quiero ser fuerte. Al contrario, quiero tomar la vida como es. Llorar cuando me toca. Y coger en mis manos la tristeza que sufro. Acariciarla con dolor. Cargarla suavemente. Sin querer liberarme de ella demasiado pronto. Necesito vivir el luto por la pérdida. Eso es lo sano. Eso es de Dios. Y no quiero buscar frases hechas para el que sufre, para mí mismo cuando sufro. Sólo me detengo con un respeto infinito ante el dolor ajeno. Me quedo allí callado. Sin frases que consuelen. No hay frases que consuelen en realidad. No quiero que disminuya su pena. Porque la pena por el que ha partido me hace bien. Me hace sentir lo que duele amar. Y saber que aún así quiero seguir amando, quiero seguir sufriendo. No quiero vivir de puntillas. Quiero llorar con dolor. Sufrir la tristeza hasta dentro. Son emociones tan humanas y tan de Dios al mismo tiempo. Jesús sintió el dolor. Jesús tuvo tristeza. Por la pérdida de los que amaba. Yo también quiero amar sufriendo. Y por eso hoy, al ver a Jesús partir, siento con los discípulos y me pongo triste. A mí también me duele que se vaya. No sé por qué yo no he podido compartir con Él la mesa, ser testigo de sus milagros. Navegar con Él en la misma barca pescando. No sé por qué yo no puedo velar con Él todas la noche. Y caminar por Galilea como un discípulo más. Y lloro con ellos. Me duele no tener a Jesús hoy caminando a mi lado. Abrazando mi espalda. Ellos lo tuvieron un tiempo y luego lo perdieron. Yo nunca lo he tenido. Y lloro hoy con ellos esta ausencia que es carencia para mí. Mi dolor de no tener a Jesús conmigo surge en este día en que su cuerpo asciende. Por eso acompaño su dolor que forma parte del mío. Muy dentro. Yo no toco su cuerpo. No vivo su abrazo. No noto su mirada. La ascensión de Jesús me ha dejado un poco huérfano esperando su Espíritu. Me falta su cuerpo. Lo lloro.

Tengo muy claro que no quiero saber el futuro que me espera. No me toca a mí saber lo que va a pasar: «Ellos lo rodearon preguntándole: -Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel? Jesús contestó: -No os toca a vosotros conocer los tiempos y las fechas que el Padre ha establecido con su autoridad. Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo». Tantas personas quieren conocer su futuro. Preguntan, indagan, buscan. El hombre no soporta la incertidumbre de la vida. A mí también me gusta saber lo que vendrá, lo que va a ocurrir. Es una curiosidad sana, muy pura. Hay una cierta oscuridad cuando me abro al mañana que no controlo. Me angustia lo que pueda ocurrir. Aunque tengo claro que quiero comprometerme con el presente. Vivir hoy, aquí y ahora. En una película, «La suerte está echada», comentaba uno de los personajes: «El domingo grabo los partidos para verlos luego en diferido. No sé el resultado y es como si estuvieran jugándose en ese momento. Y vivo cada acción como si estuviera sucediendo ahí. Está la pelota en el aire y no sé si entra o no en el arco, aunque ya haya sucedido en la realidad». Yo quiero vivir así el presente. Sin pensar en lo que ha de venir. Sin querer saber lo que va a pasar. Sin miedo a que las cosas no salgan como yo quiero. La pelota sostenida en el aire. No sé si entrará en la portería. Así es mi vida. Así es la incertidumbre del presente. Vivo atado al momento. Lo vivo con pasión. En la vida hay personas que fluyen y se dejan llevar por la corriente de la vida. Acaban reaccionando de acuerdo a lo que los demás piensan y hacen. No toman decisiones, otros deciden por ellas. Pero también hay otras personas que empujan, actúan, deciden y emprenden. Me da miedo convertirme en alguien que solamente fluye. La corriente es fuerte y el peligro de dejarme llevar es grande. Prefiero mover yo la ficha. Actuar, decidir, empujar, decir, hacer. No quiero que la suerte condicione mi vida. No quiero ser hecho, quiero hacer. Tengo claro que la suerte hay que buscarla. Pero luego las cosas no son siempre lo que parecen. Algo parece bueno y no siempre lo es. Lo mismo al contrario. Ocurre algo aparentemente malo, pero luego pueden salir de ahí cosas buenas. O por haber sucedido algo que me duele puedo luego obtener otra cosa que deseo. Por eso siempre digo: «Buena suerte, mala suerte, ¿quién sabe?». Tengo que buscar la suerte. No estoy condenado a que salga todo mal. Ni tampoco va a salir siempre todo bien por mucho que me esfuerce. No me quedo en las ideas que viven en el cielo. No me quedo mirando al cielo, pasmado, sin hacer nada. No me dejo llevar. No fluyo. Actúo. Vivo en presente y decido. No me refugio en lo que un día fue mejor. Ni sueño con un futuro que está por llegar. Quiero concretar, actuar, ponerme en camino. Hacer lo que deseo y no sólo pensar en lo que sería mejor. Elijo y dejo de lado cosas buenas. Renuncio a algunas valiosas. Tomo decisiones a veces correctas. Decisiones a veces equivocadas. ¿Mala suerte? No lo sé. Todo lo malo que me pasa puede ser una oportunidad o un contratiempo insalvable. Depende de mi mirada. ¿Buena suerte? No lo sé. Todo lo bueno que me sucede no siempre me abre puertas a una vida plena. Depende de mí.

El Espíritu me abre los ojos del corazón para que viva de otra manera. Hoy escucho: «Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo. Ilumine los ojos de vuestro corazón, para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder para nosotros». El Espíritu me da confianza en medio de los miedos. Turbado por la violencia y las guerras encuentro una paz desconocida en la fuerza del Espíritu. Una persona hablaba del poder de María para sacar de ella lo mejor: «Sin duda es un milagro de María. Por la edad que tengo es un misterio, pero sólo Ella ha podido cambiar mi corazón. Yo debería tener amargura por lo que he sufrido. Pero Ella ha puesto en mí alegría y bondad. No lo entiendo. Es un milagro de Ella». Es el poder de María en el Santuario. El poder de la alianza que cambia los corazones. María saca lo mejor de mí en la fuerza del Espíritu. No me deja encerrado en mi tristeza, en mi dolor. Me saca de mi amargura. Dejo de mirar triste el cielo. Ella logra que dé lo que no tenía. Doy alegría, doy paz, doy esperanza. Es el milagro de la Pascua, el milagro de María, el milagro del Espíritu en mí. Me consuela pensar entonces que no estoy solo en el camino. Jesús no me deja solo. Camina conmigo. Está conmigo siempre: «Y sabed que Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo». No soy huérfano. Puede sacar de mí lo mejor para que lo entregue. Para que me haga testigo de su amor. Para que lleve su nombre a todo el mundo. A todos los confines de la tierra. Hay una piedra junto al lago de Galilea. Es posible que desde allí Jesús ascendiera al cielo. Hay una inscripción en la roca que resume el mensaje que hoy escuchamos: «Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado». Venzo la tristeza que me amarga. Venzo la parálisis de mi dolor para salir de mí mismo. Lo que más me sana el alma es salir de mi letargo. Es vencer mis miedos. Es dejar mi cenáculo para llevar al mundo la noticia de su amor. Jesús se ha ido pero sigue vivo en medio de los hombres. Ya no lo veo con los ojos de mi rostro. Lo veo, lo sigo viendo, con los ojos de la fe. Una nueva mirada. Una nueva forma de enfrentar la vida. Eso me alegra. La misión de Jesús me ensancha el alma. A veces veo mi vida tan reducida. Y pienso en la fecundidad limitada de mis obras. Es cierto. Sólo puedo llegar a muy pocos. Y Jesús me manda al fin del mundo. Me siento frágil. ¿Cómo será posible? Me da miedo la vida. Y mi egoísmo me frena. No me siento fiel para permanecer siempre firme en medio de la batalla. Me faltan fuerzas. Miro a Jesús que asciende en este día. Y leo el mensaje escrito en la roca. Me conmueve. Puedo ir más alto. Puedo seguir caminando cuando esté cansado. Dios puede sacar de mí lo mejor. Lo que yo creía que no había en mi alma. Puede inventarme de nuevo cuando ya me sienta gastado. Puede hacer de mí un hombre nuevo, un niño nuevo. Lo puede hacer si me dejo hacer. Si aprendo a descender para ascender de nuevo en la fuerza de su Espíritu. Anhelo que venga el Espíritu santo. Lo suplico en estos días hasta Pentecostés: «Ven, Espíritu Santo». Y confío en su amor que me envía a llevar a muchos su mensaje de esperanza.
 

[1] J. Kentenich, Semana de Octubre de 1946
[2] J. Kentenich, Textos pedagógicos, H. King, 448
[3] J. Kentenich, Que surja el hombre nuevo, 1951
[4] J. Kentenich, Educación mariana 1934
[5] José Antonio Pagola, Jesús, aproximación histórica
[6] Nouwen, El Sanador herido
[7] J- Kentenich, 1940
[8] José Antonio Pagola, Jesús, aproximación histórica
[9] Edgardo Riveros Aedo, Focusing desde el corazón y hacia el corazón
[10] Edgardo Riveros Aedo, Focusing desde el corazón y hacia el corazón