Hay etapas en las que, de pronto, todo parece fallar. Aparecemos en medio de la nada. Lo cercano, se hace lejano. Como si dejáramos de contar y/o importarle al mundo. Incluso, ni nosotros nos entendemos y todo el caos parece ordenarse para sacarnos de la jugada, excluyéndonos de las actividades normales. Cuando el V.P. Félix de Jesús Rougier M.Sp.S. (18591938), tuvo que esperar diez largos años para que le dieran el permiso de volver a México y fundar a los Misioneros del Espíritu Santo (1914), no dudó en calificarlo de “destierro”; sin embargo, le dio un sentido positivo, sabiendo que Dios lo permitía para que fuera el “molde” de la nueva congregación. Y es que en esos “destierros”, cuando todo resulta en contra, surge la “chispa”, cualificándonos para lo que viene después y esa es una razón para estar tranquilos.

Son periodos que esconden todo un mundo de posibilidades, porque en la debilidad, es  más fácil percibir a Dios. Y, entonces, aunque cueste o a ratos desespere, hay una razón que, de forma misteriosa, pero bien dirigida, va dejando en nosotros nuevas capacidades para entrar de lleno en los diferentes proyectos que están por entrar en escena. Sin duda, es una etapa de entrenamiento, de ejercicio humano y espiritual. Puede ser que algo -o alguien- haya provocado que llegáramos a ese punto; sin embargo, por injusto que fuera, Dios tiene un plan maestro para sacar bienes incluso de los males. El propio papa Francisco, según sus biógrafos, pasó por una experiencia similar, luego de su periodo como provincial de la Compañía de Jesús en Argentina, hasta que Juan Pablo II lo nombró obispo y pudo recuperar el ritmo, aunque ahora enriquecido por la prueba.

¿Qué no permitir al pasar por uno de esos “destierros”? Dejar la oración, culpar o aislarse. Aunque Dios no se sienta, hay que darle tiempo a él. Marcarlo en nuestro día sin importar que no podamos decirle ni media palabra. Se trata de ponernos en su presencia, aceptando nuestra impotencia por el desgano ocasional. Nunca falta el que complica, pero de nada sirve culparlo por lo que pasa como tampoco aislarse del conjunto. Ciertamente, no sobran los apoyos en los “destierros”, pero tampoco están en ceros. Alguno(a) habrá que nos escuche y acompañe –con buen criterio- en la transición.

El verse en medio de la nada, lleva a Dios. Ejerce una atracción que orienta hacia nuevas metas. De otro modo, nos estancaríamos en medio de la rutina. Si nuestra fe va enserio, es aquí que se pone de manifiesto. Además, algo que anima es que toda prueba tiene un final, de manera que no es, sino un momento de introducción a lo que llegará como oportunidad dada por Dios.  

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