Supongamos que hay alguien que es bueno jugando tenis, con potencial para participar en torneos nacionales e internacionales, por lo que se pone a buscar un entrenador que lo ayude a estar en forma, pero al primer entrenamiento, ya listo para comenzar con la rutina, el club se encuentra cerrado. El horario marca que abren a las 9AM, pero ya han pasado quince minutos. Cuando finalmente llega el administrador, pasa otra media hora para que el entrenador aparezca. Y ya que entra, se distrae, atrasando aún más las cosas, lo cual, si bien no acabó con su empeño de entrenar, al menos lo desgastó. Siguiendo la historia, ¿qué faltó? Seriedad. Trasladándolo al tema de la fe, cuyo ambiente natural es la Iglesia, puede pasar algo similar cuando nos gana el miedo de ofrecer un espacio serio, porque la palabra fácilmente termina por confundirse con triste o rígido. Entonces, para evitarlo, surgen iniciativas que a lo mejor entretienen, pero que no entrenan, que no forman. De modo que, como en cualquier otra área de la vida, nos toca ser serios. Si alguien busca a Dios, tenemos que ofrecerle las condiciones para que pueda avanzar. Aunque quizá no sea la palabra apropiada, hay que ser “profesionales”.

A veces, nos quejamos de que los jóvenes no nos toman enserio, pero ¿nosotros sí? Cuando en los espacios optamos por lo fácil, por contenidos o dinámicas superficiales, se pierde la seriedad y, entonces, mirándose, dicen: “No vale la pena”. En cambio, cuando los hacemos observar la realidad, el entorno, compartiéndoles el Evangelio y nuestras fuentes antiguas y nuevas, como las obras de Santo Tomás de Aquino o San Juan Pablo II, la actitud es distinta. Entran a un espacio serio y, al mismo tiempo, interesante, alegre y solidario. Y es que en la Iglesia se tocan realidades fuertes, a veces ligadas a cuestiones complejas, de modo que no podemos quedarnos en una lectura sentimental, porque la vida implica coherencia, inteligencia y coraje. Estamos bien equipados, pero hay que usar las herramientas.

“No queremos serios, sino jóvenes alegres, bromistas, normales”, podemos pensar o decir; sin embargo, la seriedad no quita lo alegre, bromista o normal (término, por cierto, ambiguo). Simplemente, brinda profundidad, capacidad crítica. Jesús era profundo. Hablaba y despertaba convicciones. La Iglesia, ciertamente, no es una élite, sino la casa de todos, pero debemos atrevernos a entrar en contacto también con los jóvenes que nos la ponen difícil, porque ir solamente a los que ya sabemos que van a aceptar lo que creemos, ayuda, pues los confirma en la fe, pero no enriquece al nivel de ir con los que tienen dudas o cuestionamientos nuevos.

Lo primero es la coherencia, nadie lo discute, pero después va la preparación, el no ser mediocres cuando existe la posibilidad de seguir estudiando. Si no sé cómo manejar el lenguaje corporal y me invitan a platicar mi historia de fe, ¿qué pasará? Todo cuenta al momento de presentar un espacio significativo que lleve al compromiso concreto. La humildad no está peleada con la preparación.

Ofrezcamos espacios organizados –incluso desde el punto de vista de la infraestructura- que, lejos de ahogar la creatividad, ayuden a encauzarla, pero llevando a cabo un trabajo serio, capaz de incidir. La formalidad, bien entendida; es decir, con naturalidad en el trato, ayuda a que nos vayamos ubicando y, desde ahí, responder a lo que Dios nos está diciendo por medio de la realidad. 

-----------------------------------------------------------------------------------Link (audio) sobre: "El legado del papa emérito Benedicto XVI": https://mx.ivoox.com/es/legado-benedicto-xvi-audios-mp3_rf_18423369_1.html