Uno de los argumentos más manidos de los manejados por los proaborcionistas, es el de que una Ley de aborto, ya la que se pretende aprobar ahora en España, ya aquélla a la que deroga, no obliga a abortar a nadie, y sólo regulariza potestades que ejercita el que quiere, de donde no se comprende el porqué de la oposición a la ley de los que no quieren “beneficiarse” de ella, a los que debería bastar con no “utilizarla”.

 

            Lo increíble del caso es que el argumento, tan falaz como pueril, tan pobre como rebatible, pasa por artículos y tertulias con relativa tranquilidad y escasa respuesta. Los últimos en utilizarlo, que yo recuerde, el televisivo Sr. Carmona, al que se lo he visto esgrimir con frecuencia, y el Sr. Bono, que publicaba ayer en El País un artículo que titulaba precisamente “El aborto ni derecho ni obligación”.

 

            Formular la cuestión en términos tales, el aborto como una potestad que no obliga a nadie y a la que, en consecuencia, a nadie tiene porqué molestar, sólo tiene la finalidad de extender una densa cortina de humo sobre la misma para hacérnosla irreconocible, y que acabemos discutiendo sobre algo que no afecta para nada al fondo del asunto. Porque, a fin de cuentas, es la misma cosa que si a algún Gobierno se le ocurriera despenalizar la pederastia o los malos tratos y argumentara a favor de la despenalización que la legislación que aprueba no obliga a nadie a abusar de los niños o a maltratar a las mujeres, sino que “sólo” da la potestad a aquél que quiera hacerlo.