El gran imán de la Universidad Al Azhar de El Cairo ha dicho ante el Papa que aunque las religiones monoteístas no son violentas hay terroristas en cada una de ellas, que es como si el padre de un adicto al juego dice que hay ludópatas en todas las familias. Pues mire, no. Para honrar a Jesucristo ningún católico perpetra matanzas en la feria de ganado de Teherán ni urde escabechinas en la mezquita de Fez ni secuestra al muecín principal de Medina. De modo que la generalización del imán se sustenta en la percepción falsa de que la violencia religiosa no es exclusiva del Islam. Y puede que sea así, pero el caso es que combatir al infiel es lo contrario que amar al prójimo.   
El católico fundamentalista, si es que lo hay, no alquila una avioneta para estrellarla en horario de oficina en la torre más alta de Omán ni circula con un camión sin frenos por el gran bazar de Estambul mientras grita viva San Gabriel. El católico fundamentalista, si es que lo hay, no viaja a Roma para alistarse en la cuarta cruzada ni entra en una discoteca parisina a otra cosa que no sea a bailar los grandes éxitos de María Ostiz.
De modo que el gran imán debería de ser más preciso. No le pido que diga dónde viven los supuestos terroristas católicos porque tampoco conocerá el domicilio de los yihadistas. Se lo pongo más fácil: le pido que enumere en qué lugares se han cometido atentados en el nombre de Dios uno y trino en el último medio siglo. Si no recuerda ninguno, no ha de preocuparse: no sufre principio de Alzheimer. Tampoco es previsible que tenga algún nombre en la punta de la lengua. Entre otras cosas porque lo más parecido a una revolución católica en 50 años ha sido el concilio Vaticano II.