EL INTELECTUAL Y LA IGLESIA
                Hay una tendencia en algunos, llamados intelectuales, a tomar posiciones frente a la Iglesia.  Y se dice alegremente que la Iglesia, y su doctrina dogmática y moral, no tiene nada que ver con el mundo de la ciencia, con el mundo del pensamiento.  Los que así opinan  ya han optado por tomar posiciones en la cera de enfrente. Y  lo grave es que no todos los que eligen esa posición pueden considerarse intelectuales. Los hay hasta con faltas de ortografía y lenguaje callejero.
 
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                ¿Quién puede considerarse intelectual?  El conocido filósofo Josef Pieper comenta en uno de sus escritos: Invitado hace poco a colaborar en una discusión pública sobre “Los intelectuales y la Iglesia”, me he preguntado si se me ha de incluir en el grupo de hombres sobre los que allí ha de hablarse. ¿Se dirá de mí que soy un “intelectual”? Y ¿adoptaría yo esta denominación? Mi respuesta a ambas preguntas: presumiblemente, no.  Y, para que se comprendan sus preguntas y respuesta,  aclara  el filósofo lo que  se entiende con el  término “intelectuales”.  Y responde: Se alude a alguien que ha alcanzado un determinado nivel de saber, de formación, de conciencia crítica.  Pero la nota diferenciadora no queda aludida en todo ello; alguien puede ser un extraordinario  científico, sin que por eso se llame intelectual. Uno llega a ser tal en razón de una determinada actitud ante lo “establecido”, ante el “sistema imperante”, ante el orden válido de hecho.
                Aclara Pieper que detrás de “y” (Iglesia, Estado, Familia, Universidad…) hay una actitud crítica, de reserva por principio, de no identificación, de desacuerdo, que generalmente se hace pública ante los medios. Pero, aclara el filósofo, si el intelectual es el que está “en frente”, se considera él mismo con la autoridad suficiente, con la infalibilidad, para no poder ser juzgado, contradicho, descalificado, ya que la institución que él critica carece de la categoría intelectual necesaria para rebatir sus argumentos, que considera inamovibles.
                Esta  disposición tan arrogante la estamos contemplando cada día en los debates de los políticos, en los medios de comunicación, en las conversaciones  de corrillos, en las aulas, etc.  Pero esta actitud beligerante adopta  niveles  especialmente agresivos cuando la que está en frente es la Iglesia.  ¿Qué grado de conocimiento es necesario para que uno esté cualificado como intelectual  tratándose de la Iglesia?  Pieper responde a esta cuestión citando a Sócrates: “Vosotros sois de la opinión que hay que ocuparse de los asuntos sólo en la medida en que se puede impresionar al hablar de ellos”.  Pero, ¿quién es el experto autorizado a juzgar de asuntos de calado?  Quizá no precisamente en razón de la actitud crítica (comenta el filósofo). Tiene derecho a opinar el que sabe de qué va el tema, el que tiene el grado suficiente de formación, el que está dentro y ama a la Iglesia como Madre.  El que  se sitúa “fuera” está en peligro de cerrarse él mismo en su propio, e inexpugnable, castillo ideológico. No habría lugar para el diálogo. Estaríamos hablando a sordos que no quieren oír más que sus propias palabras. Los que buscan una revolución sin más.
                Pieper, con gran sentido común y eclesial, afirma: En la historia de la Iglesia parece, en todo caso, que los que verdaderamente tuvieron éxito como renovadores fueron los santos, hombres a los que a una crítica apasionada a lo existente se unía una sumisión totalmente desprendida al orden jerárquico de la Iglesia como institución. Esto es válido tanto para Francisco de Asís e Ignacio de Loyola,  como para Charles de Foucauld y Juan XXIII. Henry Newman  manifestó  con frecuencia  que la crítica a la Iglesia sin disposición de obedecer resulta necesariamente estéril. Llegó a decir que se había desatado el demonio de la falsedad precisamente por haber querido imponer, contra la autoridad de la Iglesia y en tiempo inoportuno, una verdad. Teilhard de Chardin, en los largos años en que fue censurado por la Autoridad, jamás adoptó una postura de rebelión  (Cfr. Josef Pieper, La fe ante el reto de la cultura contemporánea, Rialp, págs. 236-241). Me viene a la memoria el punto 301 de Camino que dice: Un secreto.- Un secreto a voces: estar crisis mundiales son crisis de santos. Dios quiere un puñado de hombres “suyos” en cada actividad humana.- Después la paz de Cristo en el reino de Cristo (Escrivá de Balaguer).
                Concluiremos diciendo que intelectual es el que piensa, analiza, conoce la materia, prescinde del fanatismo ideológico a la hora de juzgar, y adopta una postura humilde y abierta a la Verdad, venga de donde venga, tratando de incorporarla a su escala de valores, aunque esto suponga cribar valientemente sus esquemas doctrinales. Hablando llanamente, no se trata de “llevar la contra” por sistema, sino de pensar qué  hay de verdad en aquello que se critica. “La Verdad os hará libres” (Jn 8,32).
Juan García Inza