Ha sido mi última lectura el libro Tea Party Catholic: The Catholic Case for Limited Government, a Free Economy, and Human Flourishing, sobre el cual haré un comentario, a continuación.

Dicha obra, cuyo autor es el Director de Investigaciones del Acton Institute, Samuel Gregg, trata de convencer de que los principios y enseñanzas católicas son compatibles con el libre mercado, un gobierno limitado (principios minarquistas) y el florecimiento humano (en otras palabras, prosperidad).

Gregg hace una división en seis capítulos, que responden, respectivamente, a los siguientes títulos: Católico y Libre, Una Economía de Libertad, Solidaridad, Subsidiariedad, y el Estado, La Primera Libertad, ¿Pero qué acerca de…?, y Una Minoría Patriótica. Al respecto, aunque, por razones obvias, no voy a hacer una paráfrasis total de cada uno de estos, de los cuales se puede extraer una serie de ideas principales que quisiera citar a lo largo del artículo.

Primero, considera que los católicos pueden aportar a la “muy necesaria renovación del movimiento por la libertad económica y el gobierno limitado a lo largo de América” un “profundo y coherente entendimiento” sobre las razones por las que la libertad es importante, incluso en materia económica. Precisamente, parafraseando al autor, pueden demostrar las siguientes “tesis”: el emprendimiento y la economía de libre mercado no solo son más eficiente, sino también agentes generadores de grandes oportunidades para el florecimiento humano; el intervencionismo económico no solo es inefectivo, sino también un peligro para la cultura moral y el florecimiento humano; existen mejores vías para ayudar a los necesitados, de manera que se contribuya al desarrollo integral del asistido; una robusta concepción de la libertad religiosa es esencial para el florecimiento humano y la limitación del poder del gobierno; y la necesidad de fortaleza de la sociedad civil y de respeto a la institución de la familia.

Segundo, aparte de desmentir la tesis weberiana, según la cual, el protestantismo fue clave en el auge del capitalismo, recordando que el “espíritu comercial” precede la época de la Reforma así como la labor de la Escuela de Salamanca, se considera que, el derecho a la iniciativa económica (frecuentemente suprimido) no solo contribuye al beneficio del individuo, sino al bien común y a la oportunidad de poder elegir el bien moral cada uno de nosotros. Esa perspectiva le permite considerar los negocios como una esfera en la que la gente puede participar en los bienes que definen la humanidad. Adicionalmente, respecto a la prudencia, entra en detalles, en base a los cuales, la considera como algo que implica reflexión y consulta como métodos de estudio e identificación de varios medios apropiados para alcanzar el fin que tenemos en mente, además de la formación de la actual elección a hacerse y la dirección de la ejecución del acto.

Tercero, se centra en dos principios básicos de la Doctrina Social Básica de la Iglesia Católica: la solidaridad (considerada como el mandamiento de amor hacia el prójimo como quisiéramos serlo nosotros así como algo que permite que los católicos puedan resistir la imposición o expansión de leyes que atenten contra el derecho a la vida desde la fecundación hasta la muerte natural) y la subsidiariedad (cuando tengamos problemas, no hemos de recurrir automáticamente al gobierno). Recuerda que los católicos americanos estuvieron implicados, “como generosos contribuyentes financieros”, en iniciativas o acciones directas caritativas, para ayudar al necesitado, antes de que los poderes públicos comenzaran a asumir esos roles. Asimismo, dejando a un lado las demostraciones de ineficiencia del Estado de Bienestar a la hora de reducir la pobreza y los consecuentes desequilibrios macroeconómicos (deuda y déficit), los efectos sobre la cultura moral americana son preocupantes, tales como el desincentivo al trabajo y el descenso del número de matrimonios. No obstante, remarca Gregg que disentir de ciertos medios no nos “absuelve” de plantear otros métodos consistentes con la protección de la libertad humana.

Cuarto, otorga una importancia clave a la libertad religiosa, que fue uno de los grandes logros de la Revolución Americana. Es más, considera que afecta a materias como la manera de educar a nuestros hijos, la conversión a otra religión y la manera de vivir nuestra vida moral. A su vez, advierte de que si una institución religiosa depende de subvenciones, puede correr el riesgo de renunciar a defender ciertas convicciones y señala que la Iglesia Católica no apuesta por el “establishmentarismo” (de hecho, se recuerda, que a pesar de ciertos episodios en los que la Iglesia trataba ejercer poder político, la cita del Evangelio de Lucas en la que se distingue entre los clamores de Dios y los del César)  sino por el aconfesionalismo, que no debe ser confundido con el laicismo y el secularismo. Es más, se recuerda que la herencia cultural derivada de una religión puede ser perfectamente defendida en un Estado aconfesional (esto no consiste en imponer a todos los ciudadanos la profesión de unas creencias determinadas), y que no es necesario ser católico para suscribir la declaración del Concilio Vaticano II sobre la libertad religiosa.

Quinto, se hacen importantes consideraciones sobre la competencia, la justicia social, los sindicatos y el consumismo. El autor atribuye a la libre competencia “objetivos de justicia” como la respuesta a las demandas de los consumidores, la disponibilidad de información que permita comparar productos y la promoción de un uso más eficiente y la conservación de los recursos y de la innovación. Luego, desestima cualquier nexo entre la justicia social y el asistencialismo; considera que esta se basa en la solidaridad, algo que depende de los individuos (la llamada “opción preferencial por el pobre” es interpretada por los católicos como el reconocimiento de la capacidad del pobre para poder alcanzar el florecimiento humano y de que tiene razón y libre voluntad). Sobre los sindicatos, simplemente se reprueban la politización en torno a los mismos y la posible presión para pertenecer a una de estas asociaciones de trabajadores. Mientras, respecto al consumismo, cabe destacar que no se resta importancia a la privación material de la que solo el libre mercado nos puede sacar, sino que se entiende el mismo como la obsesión por adquirir más y más bienes (igual que se distingue entre egoísmo y un racional interés en satisfacer tus propias necesidades).

Sexto, aparte de distinguirse entre patriotismo y nacionalismo, se sugiere que un país puede brindar oportunidades a quien quiera emigrar a este para prosperar. No obstante, no se apuesta por la inmigración descontrolada (abolición de fronteras nacionales como consecuencia) y se considera que no hay derecho a admitir a quienes sean terroristas o delincuentes, ni a cualquiera que pudiera poner en peligro las libertades y las vidas de los residentes en el país de acogida o incumpliera la ley (tampoco se aprueba el fin de la inmigración que consiste en beneficiarse del Estado de Bienestar). Adicionalmente, el autor es crítico con los entes supranacionales como las Naciones Unidas (ONU) y la Unión Europea. Esta última es criticada por la falta de responsabilidad democrática de algunas instituciones europeas y los ataques al principio de subsidiariedad. De hecho, manifiesta su preocupación ante el hecho de que muchos americanos están nerviosos y llegan a preguntarse si la soberanía americana está subordinada a la ONU.

Tras haber abordado las ideas principales de este libro, podemos afirmar que nos encontramos ante unos párrafos muy útiles para desarrollar un argumentario que nos permita librar la batalla ideológica bajo una perspectiva no imbuida por los “progres”. Defender los derechos naturales, entre los cuales se encuentran la libertad y la propiedad, no tiene por qué implicar abrazar un relativismo que materializa al ser humano, que no defiende el derecho a la vida desde la fecundación hasta la muerte natural, que ha sido el responsable del multiculturalismo que ha dado lugar a que Europa esté en riesgo de islamización.

Ahora bien, no solo deben permitir estos argumentos la consolidación de una corriente liberal-conservadora, que no solo se limite a lo económico, sino también a defender la vida y la familia así como a responder a problemas como los proyectos de ingeniería social (por ejemplo, la imposición de la ideología de género), los ataques a los católicos y el riesgo de islamización del continente europeo. También deben servir para convencer a los católicos partidarios del intervencionismo económico (no me refiero exclusivamente al Papa Francisco, que también es “progre”, sino a los distributistas y a ciertos conservadores socialdemócratas).

Para finalizar, recomiendo el libro a cualquier interesado en la relación entre el liberalismo y el catolicismo, así como a cualquier liberal-conservador que quiera reforzar su argumentario.