O. S. Marden cuenta en su libro La alegría del vivir:
«Un hombre que viajaba en ferrocarril acertó a sentarse junto a una anciana que, de cuando en cuando, tomaba una botella del maletín y sacándola fuera de la ventanilla, derramaba algo que parecía sal. Movido de curiosidad, le preguntó a su compañera de viaje qué significaba aquella operación, y la señora respondió:
 
— “Pues son simientes de flores. Hace ya muchos años que cuando voy de viaje tengo la costumbre de esparcir flores a lo largo de la vía, sobre todo en los parajes más áridos e incultos. ¿Ve usted esas hermosas flores que hay en el otro lado del terraplén? Pues hace muchos años que derramé yo la simiente al viajar por esta misma línea”.»
 
Esperanza, amabilidad, alegría, jovialidad, gozo...
 
— Hemos de derramarlas, esparcirlas como si fueran semillas de rosas en nuestro camino diario y por dondequiera que vayamos.
 
— Hemos de comunicarlas por la mañana a quienes tratamos; al mediodía a quienes nos encontramos y por la noche con quienes convivimos.
 
— Hemos de infundir esperanza, amabilidad, gozo... al enfermo, al afligido, al desolado, al triste. 
 
— Siempre hemos de dar la luz y el calor de la cristiana alegría a quienes pasan frío en sus corazones, en sus relaciones, en sus hogares.





Alimbau, J.M. (2001).  Palabras para la alegría. Barcelona: Ediciones STJ.