Hablaba en un post anterior del excelente libro dobre el silencio que acaba de publicar el cardenal Sarah. Es un libro para pensarlo, meditarlo, intentar llevarlo a la vida. Tarea nada fácil en un mundo en el que impera la dictadura del ruido.
         No me resisto a citar este párrafo que, entre otros muchos, pone el dedo en la llaga del mal de nuestra cultura posmoderna. Invito al lector a que reflexione un rato sobre estas palabras claras como la luz del día profundas como la verdad misma.
 

Nuestro mundo ha dejado de escuchar a Dios, porque no deja de hablar a un ritmo y a una velocidad letal para no decir nada. La civilización moderna no sabe estar callada. Vive en permanente monólogo. La sociedad posmoderna rechaza el pasado y considera el presente un vil objeto de consumo: contempla el futuro entre los rayos de un progreso casi obsesivo. Su sueño, convertido en una triste realidad, ha sido encerrar el silencio en un calabozo húme­do y oscuro. A partir de entonces se instaura una dictadura de la palabra, una dictadura del énfasis verbal. En ese escenario sombrío solo queda una llaga purulenta de palabras mecánicas, sin relieve, sin verdad y sin fundamento. Muchas veces la verdad no es más que una creación mediática engañosa y consolidada por imágenes y testimonios inventados.
              Entonces la palabra de Dios se desvanece, inaccesible e inaudi­ble La posmodernidad representa una ofensa y una agresión per­manentes contra el silencio divino. De la noche a la mañana, de la mañana a la noche, el silencio ha perdido cualquier derecho: el rui­do quiere impedir que Dios hable. En ese infierno de ruido, el hombre se desintegra y se pierde: se fragmenta en multitud de inquietudes, fantasmas y temores. Para salir de esos túneles deprimentes depende desesperadamente de un ruido que le aporte algún consuelo. El ruido es un ansiolítico engañoso, falso y adictivo. El drama de nuestro mundo nunca se entiende mejor que en la violencia de un ruido vacío de sentido que odia obstinadamente el silencio. Nuestra época abomina de aquello a lo que nos conduce el silencio: encontrar a Dios, maravillarse y arrodillarse ante Él.
 

         Pienso que el cardenal Sarah ha dado en el clavo sobre la enfermedad que nos aqueja a la mayoría. El ruido se ha convertido en la droga universal, de las cual se salvan muy pocos. Valoramos en su justa medida el interés de algunos por hacer silencio en su alma para dejar hablar a Dios. ¿No sería este el remedio para muchas enfermedades? Tal vez volvamos sobre el tema.
(El libro se titula: La fuerza del silencio, frente a la dictadura del ruido. Palabra)
Juan García Inza