Hace un poco menos de tres años, en julio de 2014, nos llegaba la triste noticia de que la que ciertas tradiciones consideraban la tumba del profeta Jonás, en Mosul, había sido destruida por los yihadistas del Estado Islámico poco después de haber ocupado la ciudad. Junto a esta tumba, 11 iglesias cristianas habían sido también derribadas. Según nos explicaban entonces, “en la interpretación extrema de la ley islámica liderada por ISIS todas las representaciones de personas y animales son idolatría y prohibidas por el Corán. Además de la destrucción de museos, mezquitas chiítas y tumbas en el territorio bajo su control, el Estado Islámico prometió erradicar los sitios arqueológicos importantes.”
Otro horror que parecía enviarnos el mensaje de que la maldad es más fuerte, de que la historia no está en manos de Dios, sino del diablo, de que hemos sido abandonados por nuestro protector. Apreciaciones apresuradas, pues una vez más, de cada mal permitido Dios extrae un bien mayor. Como tantas veces en la historia, las supuestas grandes derrotas infringidas a Dios y los suyos acaban suponiendo una gran victoria. Como aquellos romanos que, queriendo destruir todo vestigio de los lugares santos en Israel, construyeron templos paganos encima de los lugares de culto de los primeros cristianos… marcando de esta manera los mismos y facilitándole la labor a Santa Elena de localizar esos lugares sagrados.
Las últimas semanas han visto como Mosul era liberada (aún no por completo) del yugo del ISIS, y entre las pares liberadas está el lugar en el que una tradición sostenía que había sido enterrado Jonás. Pero ahora, una vez destruida esa tumba, los arqueólogos se han llevado una sorpresa monumental: lo que había debajo de la misma, hasta ahora oculto, parece ser ni más ni menos que el palacio del rey de Asiria Senaquerib, de hace 2.300 años.
Senaquerib  había reconstruido la antigua ciudad sagrada de Nínive, convirtiéndola en la gran capital de Asiria, dotándola de templos, palacios, jardines, y un gran  acueducto para abastecerla de agua. No contento con su poder, se dedicó a guerrear sin cesar, incluyendo la campaña contra el rey Ezequías, durante la que puso cerco a Jerusalén y que es narrada en el Libro de Isaías. Tras despreciar a Yahvé, un ángel del Señor "hirió a ciento ochenta y cinco mil hombres en el campamento de los asirios. Cuando se levantaron por la mañana vieron que todos ellos eran cadáveres. Senaquerib, rey de Asiria, levantó el campamento y se marchó de vuelta a su tierra”.
Durante muchos años ha habido “académicos” que dudaban de la historicidad incluso del rey Senaquerib… para encontrar ahora, gracias al ISIS, una prueba palpable de ella a través de los restos arqueológicos de su palacio en Mosul, antigua Nínive, y de las inscripciones que han sido halladas y descifradas allí.
Ya lo ven, gracias al ISIS tenemos una nueva prueba de la veracidad de la Biblia. Habrá que agradecerles que, en su ímpetu por borrar todo vestigio no islámico, hayan ayudado a hacerlo más creíble más creíble si cabe. Ironías de la Providencia.