Éxodo 17, 3-7; Romanos 5, 1-2. 5-8; Juan 4, 5-42

 «Señor, dame de esa agua. Así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla»
 
«Tengo que volver al pozo una y otra vez. Pero Jesús me asegura que su agua calma mi sed para siempre. Su agua, su mirada, su amor. Él cambia mi mirada, cambia mi amor. Me llena por dentro»

 
Cada vez que se ensancha el horizonte frente a mi mirada, mi corazón también se agranda. Lo experimento muchas veces. Y también sé que cuando me encierro me vence la tristeza. O vivo pendiente de lo que me obsesiona. Dejo de mirar más allá del dolor que me aqueja. Y mi corazón se endurece. Se vuelve pequeño. Me miro sólo a mí. Me creo el centro de todo. Vivo volcado muy dentro. Inquieto y meditabundo. Angustiado por algo que no controlo. Abrumado por las emociones que no manejo. Pendiente de lo que todavía me puede salir mal. Agobiado por lo que no resulta según tenía previsto. Puede ser que siga sin aceptar del todo la contingencia de mis pasos. La pobreza de mi vida. La vulnerabilidad de mi alma. Mis alegrías se vuelven pequeñas. A veces como esas flores que surgen en el campo y mueren prontamente. Sin dar tiempo casi a mirar su belleza. Mi risa breve y corta surge abruptamente y muere de repente. Quiero una alegría más honda y una despreocupación más santa. Una sonrisa eterna. Una mirada libre que no se detenga en cruces posibles. Sino que vuele más alto buscando horizontes casi imposibles. El otro día leía: «Cuando explico que no es posible centrarse en Él sin desprendernos del mundo, frecuentemente tropiezo con críticas, incomprensión y oídos sordos. Suelo experimentar una impotencia ante la imposibilidad de hablar sobre la relatividad de la vida. Sólo se desea oír hablar de Dios en la medida en que se le puede incorporar a nuestro mundo, a nuestro proyecto de vida de manera inofensiva o con sólo pequeños cambios. Se pretende que Dios sea útil a nuestro mundo. Pero cuando hablo de lo efímero del mundo, del sufrimiento, del sentido del sacrificio y de la renuncia, se difunde el miedo»[1]. Y me veo reflejado en esas palabras que expresan mis límites. Mi deseo de hacer eterno lo pasajero. Encajar a Dios en mi vida. Y olvidar esa eternidad que en el fondo de mi nostalgia más profunda, anhelo de verdad. Colocar a Dios dentro mis planes aunque me cueste encasillarlo del todo. Quiero caminar rápido por los caminos de la vida. No con esa impaciencia que tantas veces me puede. Sino con la paz del que sabe que pronto llegará el mañana que iluminará mi vida. Esa forma de mirar me alegra en lo más profundo. Estoy sembrando para un mañana que veré desde el cielo. Y el sentido de mi vida está inscrito en la herida del corazón roto de Jesús. Sí tiene sentido todo lo que hago y sueño. Y en su costado, en su silencio sagrado, descanso yo para siempre. Y no temo a ese Dios que me pide desprenderme de lo que me ata. Porque deseo ir más ligero de equipaje por los caminos de la vida. Sin que me pese el alma. Sin que me pesen las entrañas. Besando mi historia sagrada. Tomando en mis manos mi debilidad difícil de ser aceptada: «¿Quién es el hombre para juzgar? ¿Quién mejor que el Señor conoce nuestra debilidad?»[2]. Sí, Dios me conoce. Y me acepta como soy. El otro día escuchaba que para ser felices los niños necesitan ver que son capaces y sentirse aceptados como son, amados de forma incondicional. Al mismo tiempo, los adultos también lo necesitan, pero sobre todo es importante para un adulto aceptarse como es. Con sus defectos y debilidades. Necesito mirarme como Dios me mira para ser feliz. Amarme como Dios me ama. ¡Cuánto me cuesta a veces! Me quiero cambiar a mí mismo. Quiero ser distinto. Y sé que aceptarme es el camino de mi felicidad. Por eso me entrego en las manos de Dios aceptando mis miserias. Él puede cambiarme de verdad, como decía el P. Kentenich: «El Espíritu Santo es quien ablandará como cera nuestro corazón. No crean que este ablandamiento del corazón nos alejará de la vida cotidiana y concreta. Si queremos cargar con la cruz valiéndonos sólo de nuestras propias fuerzas, no lo conseguiremos. Pero cuando alienta en nosotros el Espíritu, el corazón se ablanda y, al mismo tiempo, somos capaces de echarnos a cuestas la cruz»[3]. Dios ablanda mi corazón. Y resulta que al ablandarse se hace más fuerte. Me sorprende. Un corazón blando que resiste mejor la dureza de la vida. Y yo tantas veces creo que sólo la dureza es resistente. ¡Qué lejos estoy de la verdad más honda! La debilidad, el corazón blando, flexible, es el más resistente. El que mejor se adapta a la dureza de la roca. El que mejor lleva el peso de la cruz. El más resiliente que es capaz de enfrentar las dificultades. El que más fácilmente se eleva por encima de las penas. El que mejor se ríe en medio de los dolores. Mi corazón más blando y menos rígido. Más humilde y menos orgulloso. Más dependiente y menos altivo. Así. Libre y anclado. Decidido. Enamorado. Necesitado. Filial. Obediente. Un corazón así es un don de Dios. Porque normalmente no amo así, no vivo así. Vivo saltando de norma en norma. Evitando el lado oscuro de mi pecado. Temiendo el castigo de un Dios justo. Atisbando a lo lejos los peligros inherentes a mis decisiones. Con el miedo grabado en la mirada. El miedo a no llegar. El miedo a ser juzgado. El miedo a fracasar. El miedo a no ser fiel. Quiero un corazón más blando y menos duro. Más flexible y menos rígido. Más abierto y menos cerrado. Y así se adaptará mejor al horizonte amplio que atisba mi mirada. Y dejaré de temer días aciagos. Confiado al fuego que arde en mi alma. Ese fuego que todo lo abrasa y limpia. Las impurezas. Las resistencias. Las durezas. Amar con toda el alma. Es lo que espero y anhelo.

Es este tiempo de cuaresma un tiempo de esperanza. Cuando sufro y temo miro a Jesús y me levanta del polvo su promesa: «¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?». Sí, está en mi vida herida. Cuando desconfío y temo. Miro a Dios y lo afirmo, lo creo. Él está en mi alma rota. En mi vida accidentada. Está cuando no lo toco y me asusta el vacío y la soledad. Está cuando no lo oigo ni veo en medio de mis miedos. Pero sé, como una certeza, que camina colgado de mi espalda. Dibujado en mi mirada. Grabado en lo más hondo de mi alma. En mí camina siempre y me sostiene. Lo sé: «La esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado». Dios derramado en mi alma para siempre logra que no me desanime, que no claudique, que no deje de confiar en lo que tengo por delante. Dios me sostiene para que no dude ni tema cuando la vida no sea tal como yo la había soñado. La promesa de Dios sobre mi vida me alegra el alma. ¿Qué es lo que espero? ¿Qué espero de la vida, de los hombres, de mí mismo? Muchas veces experimento la frustración. No sucede lo que espero, lo que sueño. ¡Cuántas veces mi sueño y la realidad no coinciden! Y me duele el alma. Mi expectativa no llega a término. Y me duele. Quiero reavivar estos días la esperanza. Dios está conmigo. Se detiene junto al brocal de mi pozo, cansado. Tiene sed de mí. Me espera a mí. Decía el Papa francisco: «Ese amor de Dios nos invita llevar la buena nueva, haciendo de la propia vida un homenaje a Él y a los demás. Y esto significa tener coraje, esto significa ser libres. Dios espera algo de ti, Dios quiere algo de ti, Dios te espera a ti». Dios espera que lo ame. Confía en que venga de nuevo a Él saliendo de mi comodidad, de mi hogar, de mi tierra. La esperanza de Dios. Tiene una misión para mí. Ha sembrado en mi alma su esperanza. Muchas veces vivo relaciones rotas. Y entonces la desilusión me lleva a desconfiar. No quiero que mis fracasos acaben con mi esperanza. Con mi anhelo de plenitud. No quiero dejar de creer en lo imposible, confiar en lo inalcanzable. Dios quiere que mi vida tenga sentido. Y lo tiene en su plan de amor. En la película El inolvidable Simon Birch el protagonista, un niño que nace con una enfermedad de enanismo, cree que tiene una misión en la vida. Despreciado por muchos. Ignorado por otros. Él cree ciegamente en el sentido de su vida enferma. Y al final su vida tuvo sentido. Cambió la vida de otros con su fe, con su entrega. Fue realmente un héroe para muchos. Es curioso. A veces me cuesta creer en la misión que tengo en esta vida. No quiero dudar. Dios cree en mí, espera de mí. Y yo también espero. Pero me encuentro a menudo con personas que han perdido toda esperanza. Ya no confían. No creen. No confían en sus fuerzas, ni en los hombres que las rodean. Y menos aún confían en Dios. Viven sus relaciones rotas sin esperanza. Como si ya nada se pudiera hacer para arreglar sus vidas. Como si fuera imposible hacer algo bien. Ya no hay promesa de Dios en sus vidas rotas. Tal vez la expectativa que tenían sobre la vida se ha visto defraudada. Creían mucho. Esperaban mucho. Encontraron poco. Tal vez esperaban demasiado. Leía el otro día: «En los casos de amor desesperado siempre pasan estas cosas, ¿no? El amor desesperado consiste en inventarse un personaje, exigir a la persona amada que lo represente y hundirnos en la miseria cuando se niega a convertirse en ese ser de ficción»[4]. Un amor poco sano tiene expectativas irrealizables. Un amor que se funda en sueños que no se cumplen. Y se proyecta en la persona amada un deseo inalcanzable. No puede asumir el rol que le exijo. Y se rompe la relación. Una herida profunda. Tener expectativas excesivas puestas en los demás puede acabar hiriéndome. La esperanza sí que esponja mi alma. La esperanza viene de Dios. Es la esperanza puesta en lo que Dios puede hacer en mi vida. Por eso quiero poner mi esperanza en su poder y no en mis fuerzas. Una oración del P. Kentenich en el Hacia el Padre dice así: «Cuando consideramos nuestras propias fuerzas, toda esperanza y confianza flaquean; Madre, a ti extendemos las manos e imploramos abundantes dones de tu amor». Cuando confío sólo en mí, fracaso. Me fallan las fuerzas. Me dejo llevar por la vida. Y acabo desconfiando de poder lograr lo que deseo. Y dejo de creer en el poder de Dios. Ya no espero, ya no confío. El otro día leía: «Deseamos hacer grandes hazañas, afrontar grandes retos, aspirar a grandes conquistas. Pero sucumbimos ante todas ellas, porque sólo nos movemos en el ámbito de los deseos. Deseamos querer hacer y no hacemos. Deseamos querer llegar y no nos movemos. Deseamos querer ser y no somos. Queremos cambiar y no cambiamos. Porque cuando emocionalmente somos desordenados nos ilusionamos con fines que nunca llegan, porque no ponemos los medios para lograrlos»[5]. La esperanza no es pasiva. Me pone en movimiento. Aumenta mis deseos y me lleva a la acción. No quiero sólo desear. Necesito obras. Quiero esperar en Dios y poner los medios para caminar en la dirección de mis sueños. Lo vivo en mi alianza de amor con María en el santuario: «Nada sin ti, nada sin nosotros». Nada sin el amor de Dios. Nada sin María que me sostiene abrazando mi espalda. Y nada sin mi lucha por aprender a caminar. Los ideales me marcan las cumbres que anhelo. Me abren el horizonte. Es la esperanza que mueve mi corazón y lo ensancha. Deseo vivir en Dios. Vivir para Él. Allí, en su pozo, no volveré a tener sed. Es lo que desea mi corazón. Por eso camino. Por eso me levanto. Pongo medios para alcanzar la meta, el ideal. De nada sirve soñar grandes cosas si no me pongo en camino. ¡Cuántas veces veo a personas frustradas porque no avanzan, porque no tienen éxito, porque una y otra vez dejan de cumplir lo que se proponen! Tienen buenas intenciones. Llenan su corazón de bonitos deseos. Pero luego no se ponen en camino. Esperan mucho de la vida. Pero no siembran. Creen en los milagros. Pero no entregan su esfuerzo diario por la santidad. Sus pasos pequeños. Su esperanza grande.

Hoy vemos a una mujer samaritana que se acerca al pozo y comienza una conversación con Jesús: «¿Cómo Tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?». Jesús se muestra vulnerable ante esta mujer y le pide de beber. Jesús tiene sed. Tiene sed de amor, de vida verdadera. Igual que esa mujer herida. Pero ante ella Jesús se muestra frágil, necesitado. Jesús la necesita a ella. A ella que es pobre y está herida. Necesita su cubo, su agua. Es pobre como ella. Cuando uno se muestra en su verdad está en las manos del otro. Puede recibir la aceptación o el rechazo. Se siente vulnerable. Me duele el alma cuando no soy aceptado como soy. Cuando me muestro desnudo frente a otros y no recibo el aplauso, ni la sonrisa. Tantas veces lo he vivido. Ante la pobreza del otro puedo mostrarme misericordioso o puedo quedarme en mi orgullo. Protegido y seguro. Jesús no me mira nunca desde arriba. No mira desde arriba a esta mujer herida. No la mira desde la superioridad. Jesús necesita su ayuda. Busca su compasión. Cuando alguien me dice que me necesita me desarma. Me hace sentirme importante. Creo que puedo hacer algo por él y eso siempre me da fuerzas. Jesús me pide a mí. No viene a darme nada. Decía Jean Vanier: «Jesús quiere aparecerse en nuestro corazón como alguien pequeño. Está cansado y sentado. La mujer llega. Está de pie. Quiere que encuentre confianza en sí misma. En su feminidad. La mujer se asombra. Jesús atraviesa fronteras culturales. Todo lo que Él quiere es encontrarse contigo que eres diferente». Me gusta ese valor de Jesús para entrar en mi vida sin nada que ofrecer. Jesús no me da lo que yo necesito, lo que le pido. Él me pide lo que yo tengo. No un agua como la suya. Sino mi agua sucia. Mi pobreza. Mi fragilidad. Mi cubo. Y yo me siento útil ante Él. Parece mentira que pueda resultarle útil con mis torpezas. Es increíble. Me gusta pensar en ese Jesús. No en un Dios todopoderoso al que no le complementa mi debilidad. Comenta el P. Kentenich que «la bondad paternal de Dios no podía oponer resistencia a la debilidad reconocida y aceptada de su hijo»[6]. Eso lo vivo en mi propia carne. Me desarma la impotencia del que me pide ayuda. Y me provoca desprecio el que no me necesita. Me gusta ayudar y sentirme útil. Hoy Jesús me muestra cómo es la actitud del hijo que confía. «Dame de beber». Jesús me pide a mí que le dé de beber. Y yo no tengo nada. Soy pobre. Pero Él me pide ayuda y levanta mi ánimo. Me hace creer y confiar en que al final mi vida tiene un sentido. Tengo una misión dibujada en mi alma. Puedo ser un héroe si me dejo hacer en sus manos. Puedo dar agua. A Él. A tantos con sed. Basta con que me lo pidan como Él. Sentado. Humilde. Pequeño. Frágil. Me violenta la soberbia de los hombres. Me revuelvo contra la prepotencia. Me desarma la petición humilde del pequeño que sólo suplica mi ayuda. Sin exigir nada. Sólo quiere beber. Me impresiona. Muchas veces yo no soy capaz de pedir a nadie que me dé su agua. Me siento capaz de hacerlo todo yo solo. Voy por los caminos seguro de mí mismo. No tengo sed. Eso creo. Y si la tengo la acallo, la calmo con otras aguas, pero no pido nada. Es mi orgullo el que no me deja presentarme vulnerable ante los hombres. Necesito aprender a ser pequeño, uno más, pobre.

La imagen del agua es propia de este tiempo de cuaresma. Tengo un hondo deseo de saciar mi sed: «En aquellos días, el pueblo, torturado por la sed, murmuró contra Moisés: - ¿Nos has hecho salir de Egipto para hacernos morir de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados?». El pueblo de Dios tiene sed en el desierto. No tienen agua. El otro día leía la carta del P. Christopher desde Etiopía: «En Gode y en la región somalí de Etiopía, hace ya un año y medio que no ha caído ni una gota de lluvia. Aquí todo se está muriendo». Me impresionó su testimonio. Estamos acostumbrados al agua y no lo valoramos. Tenemos sed y bebemos. Es terrible la escasez de agua. Todo muere cuando no hay agua. Hay tanta sed en tantos lugares. Hoy Jesús también tiene sed junto al pozo: «Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al manantial. Era alrededor del mediodía. Llega una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús le dice: - Dame de beber». Está sentado en el pozo pero no tiene cómo sacar agua. Tiene sed. El sol está en lo alto. En medio del desierto tiene sed. Como ese pueblo que estalla contra Moisés. Habían imaginado otra liberación y estaban allí atrapados en el desierto sin agua. Como tanta gente que muere enferma en Etiopía y en tantos otros lugares por falta de agua. También Jesús tiene sed y está solo. Sus discípulos se han ido. Llega la mujer a buscar agua, también sola. También con sed. Cuando Jesús mira el corazón de los hombres ve una sed que ni ellos mismos conocen. Eso siempre me impresiona. Ve a la mujer y la conoce. Conoce su sed más honda. Pero lo primero que yo tengo es una sed superficial. Tengo sed de amor, de éxito, de logros. Quiero emprender un camino y llegar a buen puerto. Quiero levantarme tranquilo, con la sed saciada. Y por eso la calmo en tantas partes durante el día. En charcos poco profundos. ¿Cuál es mi sed hoy al mirar a Jesús junto al pozo? Tengo sed. Miro a Jesús y lo reconozco. Tengo sed. Sed de un amor hondo y verdadero. Y tantas veces no sé amar con madurez y vivo con sed continua. Decía el P. Kentenich: «Se brinda cariño para recibir algo a cambio. Queremos a una persona porque nos enriquece interiormente o bien nos hace más maduros. En este caso, amamos a Dios y nos entregamos a Él porque, de esa manera, satisfacemos nuestra sed de felicidad y canalizamos la autoafirmación. Uno mismo se convierte en una personalidad plena y madura gracias al abandono en Dios, pero, en esta entrega y amor a Dios, nos estamos buscando, por último, a nosotros mismos»[7]. Me busco a mí mismo cuando amo. Doy para recibir. Me entrego porque quiero tener. Esa sed más honda no es saciada en mi amor que se busca a sí mismo. Me gustaría amar mejor. Con más libertad. Dando un agua que sacie la sed más honda que tiene el hombre. Sin buscar siempre egoístamente recibir cada vez que doy algo. Hoy Jesús me habla de la sed y del pozo: «Jesús le contestó: -Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y Él te daría agua viva». Jesús tiene sed, me pide agua y me da el agua de su Espíritu. Así lo hizo con esa mujer herida que tenía una sed más honda. Ella no acaba de entender. Decía Jean Vanier: «La mujer no comprende bien. Ella habla del agua del pozo. Jesús de aquello que nos da la vida. Lo que nos hace ser felices y plenos. El agua es la vida. Y Él ha venido a liberarnos de toda forma de esclavitud. La de nuestros prejuicios, miedos, pulsiones de éxito o poder. Para cambiar nuestra mirada. Para mirar al otro como Dios lo mira». A veces sucede así en mi vida. Miro a Jesús y le hablo de mi sed humana. Le pido un agua que me sacie. Busco su pozo, su fuente. Pero no recibo lo que busco. Y Jesús me habla de un agua nueva. Me habla de cambiar la mirada. Y yo, como esa mujer, tampoco le entiendo. Pero sé que en el silencio de mi alma puede suceder el milagro. Si yo me dejo. El corazón cambia al recibir un agua verdadera. ¿Cuál es mi sed más profunda? ¿La conozco? ¿Conozco mi herida? Muchas veces no lo sé. Sacio una sed pasajera. Tengo que volver al pozo una y otra vez. Pero Jesús me asegura que su agua calma mi sed para siempre. Su agua, su mirada, su amor. Cambia mi mirada, cambia mi amor. Me llena por dentro. Necesito creer en esa promesa.

Este evangelio relata la historia de un encuentro en soledad. Cada uno hizo su camino hasta ese pozo. Jesús va rumbo a Galilea. Ella salió a buscar agua. No sabemos su nombre. Jesús sí la conoce. Cada uno salió de su vida. Y permaneció solo un tiempo. Se puso en camino. Cada uno hizo un camino, más corto o más largo. Salió de los demás. Me gusta pensar en ese camino de los dos hasta el pozo. Fue un camino en silencio. Es la intimidad que sólo se puede dar en soledad. En el desierto se hablaron. Se escucharon. Callaron. Es un diálogo muy largo. Ellos dos, nadie más. Creo que la cuaresma es una invitación a estar con Jesús junto al pozo. Una invitación a hablar yo. Y a escuchar cuando Jesús habla. Los dos en soledad. En intimidad. En el desierto. Dejo mi cotidianidad, mi rutina. Salgo. Me pongo en camino. Vacío mi corazón. Es el encuentro de dos mendigos. Que piden. De dos almas generosas que dan. Jesús llega hasta la mujer y la mujer hasta Él. Ella tiene un cubo. Jesús le pide agua. Hablan. ¿Cómo es ese diálogo que yo intento con Jesús? ¿Cómo hablo? ¿Le hablo de mí, de lo que me pasa? Jesús escucha. Él también me habla. ¿Lo escucho? ¿Qué me dice? ¿Alguna vez he oído su voz en mi corazón, muy dentro, en lo más profundo de mi pozo? No siempre lo escucho, es verdad. Una persona me decía: «Me gustaría apagar todas mis voces para estar a solas con Dios». ¡Cuánto cuesta callar de verdad! A veces en el desierto estoy lleno de ruidos. Intento callar y las voces siguen. No hay silencio. Y la sed es muy honda. Pero no llega el agua al fondo de mi alma. Callo, camino hasta el pozo y sigo con mi sed. Mi cubo sigue vacío. Quizás esta espera paciente acaba abriendo mi corazón. Necesito ser paciente y saber esperar. Pero no sé hacerlo. Es el camino de la búsqueda. Necesito ir al pozo una y otra vez buscando a Jesús que puede saciar mi sed. Así lo hizo esa mujer. Tal vez iría muchos días a buscar agua. Pero sólo ese día se encontró con Jesús. Los otros días no había nadie en el pozo. Pero hoy llega y Él la conoce. Se reconocen por dentro. Más allá de ser él judío y ella samaritana. Jesús la mira por dentro, y ella se siente conocida, reconocida, enaltecida. Y Él se muestra ante ella como un profeta, como el Mesías. Pocas veces Jesús proclama que Él es el Mesías. Su verdad más honda fue desvelada a los hombres poco a poco. Hasta los más cercanos dudaban de su divinidad. Hoy Jesús le dice a esta mujer samaritana que Él es el esperado: «La mujer le dice: - Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, Él nos lo dirá todo. Jesús le dice: - Soy Yo, el que habla contigo». Ella cree. Cree porque se lo dice Él. Confía. Sabe que sólo Dios puede amar así. De esa forma que ha visto en los ojos de Jesús. Sin juicio. Sin condena. Con ternura. Con misericordia. Con intimidad. En el desierto Jesús se desvela en su verdad. Es misericordia. Es amor. Puede ser que vacío de ruidos y protección logro mostrarme como soy. Sin máscaras. Sin muros que me defiendan. Aparezco desnudo en mi verdad. Pocas veces sucede. Ante pocas personas ocurre. En el desierto de mi vida soy mirado por Dios tal como soy. Cuando estoy más cansado por la vida. Más solo y más desprotegido. En esos momentos ya no me protejo, no me guardo. Y entonces toco ese amor incondicional de Dios. Como esta mujer que cree lo que le dice Jesús porque se ha sentido amada en su verdad por Él. Y Jesús se conmueve ante la fe de una mujer extranjera. Porque es una mujer que busca. Ella encuentra lo que de verdad busca y necesita. Y calma su sed más verdadera. ¿Quién es Jesús para mí?

Jesús mira con compasión el corazón de esta mujer que está herida: «La mujer le contesta: -No tengo marido. Jesús le dice: - Tienes razón, que no tienes marido: has tenido ya cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad». Me conmueve su mirada. Jesús la mira como es, en sus heridas, y la ama con todo lo que ella es. A veces pienso que Jesús sólo ama mi parte buena, mis méritos, mis logros y éxitos. Y detesta mis fracasos, mi lado oscuro, mi noche. Tal vez por eso me alejo de Dios cuando he caído. Porque mi vida no está toda en orden, no es perfecta, no es pura. Creo que tengo que ordenar primero mi vida para después acercarme a Él y dejarle mirar mi verdad. Por eso veo la comunión en la eucaristía como un premio por mis obras, no como un remedio en la enfermedad. Sólo comulgo si estoy en estado absoluto de gracia. Si me he confesado hace muy poco y no he vuelto a pecar. Si me siento puro. Sólo me creo digno de comulgar si no recuerdo grades errores en mi pasado. Y si no es así, me alejo compungido. No me creo con derecho a la comunión. Tal vez se me olvida que comulgar no es un derecho, sino una gracia. Que es un remedio para el pecador, una medicina para el enfermo. El pecado me hace sentirme pequeño e indigno. Es la grieta por la que entra su Espíritu. La herida de mi alma. Porque es el amor recibido sin condiciones, el abrazo de Jesús cuando llega hasta a mí y me mira, lo que sana mi corazón y obra el milagro de la conversión. La mujer cambió al sentirse amada por Jesús, al no sentirse juzgada por su pasado. Seis hombres en su vida. Cinco relaciones rotas. El de ahora ni siquiera era su marido. Un pasado oculto que no se atreve a contar. Pero Jesús lo conoce por dentro. Ve su vida en su debilidad. Ella se siente tan pequeña ante Jesús. Desnuda. Como si la hubieran descubierto en su pecado. Se ve pobre y vacía. No tiene defensa ni justificación. Son demasiadas relaciones rotas. Es la mujer más herida del Evangelio. La mujer más rota. Pero Jesús no la condena. Decía Jean Vanier: «Descubro que soy amado por Dios así como soy. Quisiera que cada uno lo pueda descubrir. Con sus propias discapacidades, dificultades de perdonar, todo lo que es de las tinieblas que está dentro de nosotros. Con todo lo que está herido en mí. Y todo lo que quiere es darnos el Espíritu que va a ayudarnos a crecer, a perdonar, a amar a los que parecen ser nuestros enemigos. Que va a cambiar nuestro corazón de piedra en corazón de carne». Jesús ama a esta mujer herida como es. En su fragilidad. La abraza en sus heridas. La ama desde dentro. Desde su verdad. Esa verdad que ella no logra querer. Tiene miedo del rechazo y Jesús la acepta como es. Cambia su corazón de piedra por un corazón de carne. Y todo comienza a ser distinto. Porque ha sido amada.

La mujer lleva a otros a Jesús y contagia con sus palabras: «La mujer entonces dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente: -Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho; ¿será este el Mesías?». Se convierte en testigo. Pierde el miedo a hablar entre los hombres. Eso me impresiona. Comenta Jean Vanier: «Que cada uno pueda ser testigo como esta mujer. Jesús necesita testigos que digan que Él transformó mi corazón de piedra en uno de carne». Y la gente la creyó a través de sus palabras. ¿Por qué? Tal vez porque no se predicó a sí misma, sino que sólo dijo lo que Jesús había hecho con ella. Porque su corazón no era ya de piedra sino de carne. Porque la vieron cambiada por la mirada de un hombre, ella que había sido mirada por tantos. Porque dejó de protegerse y esconderse para mostrarse sin miedo ante los hombres que tanto la habían herido. Se mostró segura y sin miedo. Algo había sucedido en su corazón. Esa mirada de Jesús la había cambiado para siempre. Nunca antes había sido mirada así. Y desde entonces puede hablar desde su herida de amor que ha sido tocada por un amor tan grande. Ya no teme el rechazo. Ya no tiene miedo de ser más herida. Alguien le ha devuelto su dignidad perdida. Y logrará entonces mirar a los otros como Jesús la ha mirado a ella. Esa es mi misión. Necesito encontrarme con Jesús en el pobre, en el que no tiene, en ese Lázaro sentado pidiendo a la puerta de mi vida. Comenta Jean Vanier: «Yo les invito a descubrir a Jesús cansado, pequeño, que dice que me necesita. Nos habla desde abajo. Es el misterio de ese Jesús que me dice que me necesita. Lo dice a nuestro corazón. Liberado de nuestros miedos y prejuicios. Para que podamos seguir a Jesús. ¿He podido descubrir a Dios oculto en los pobres, en la pobreza?». Quiero ver a ese pobre oculto en Jesús. A ese Jesús oculto en el pobre. Lo podré hacer cuando Jesús cambie mi corazón. Cuando me pida agua. Cuando me dé su agua. Entonces todo cambiará en mi mirada. Y en torno a mí pasará lo que sucede en el evangelio. Me impresiona cuando llegan los demás. La gente del pueblo está sorprendida. No se burlan de la mujer herida. Creen en sus palabras y se acercan: «En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en Él por el testimonio que había dado la mujer. Cuando llegaron a verlo los samaritanos le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días». Le ruegan a Jesús que se quede con ellos y Él accede. Siempre accede cuando se lo pedimos de esa forma. Jesús hace su hogar de ese lugar. No tiene prisa. Retrasa su vuelta a Galilea. Llegan los apóstoles que habían ido a buscar comida y ven que está sucediendo algo sagrado. Ninguno pregunta por qué Jesús habla con esa mujer. Tienen respeto. Se dan cuenta que Jesús y esa mujer se han entregado su agua y han calmado su sed. Callan ante lo sagrado. Los actos de misericordia, los gestos de amor, despiertan el respeto. Nadie puede decir nada ante aquel que se entrega al necesitado. Nadie juzga al que da su vida por el pobre. El amor incondicional despierta el respeto. Ojalá mis actos despertaran el respeto y la necesidad de estar con Jesús en aquellos que me miran. No siempre sucede. Tal vez porque me pongo en el centro. O porque ese amor de Jesús en mí no brilla nítidamente. No le dejo brillar. Todo comienza con un encuentro personal. Jesús camina hasta mí. Yo llego. Yo camino hasta Jesús. Él me espera. Comienzo a cambiar en ese silencio sagrado donde Dios me habla al corazón. Donde yo tengo sed y Él tiene agua para mí. Necesito buscar ese silencio: «Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad». Quiero adorar en espíritu, en el alma y en verdad. Desde mi verdad. Ahí sucede el encuentro que lo cambia todo. Cambia mi mirada y la mirada de los que me miran sorprendidos. Algo se transforma. Tengo que volver una y otra vez al pozo. Para encontrarme con Jesús y que se quede conmigo. Para que cambie mi mirada y mi entorno. Mis obras cambian la realidad. La mirada de los otros. Jesús sacia mi sed.
 

[1] Franz Jalics, Ejercicios de contemplación, 52
[2] Shusaku Endo, Jaime Fernández, José Fernández, Silencio (Narrativas Históricas)
[3] J. Kentenich, Envía tu Espíritu
[4] Elizabeth Gilbert, Come, reza y ama
[5] Fernando Alberca de Castro, Todo lo que sucede importa, 163
[6] J. Kentenich, Niños ante Dios
[7] J. Kentenich, Envía tu Espíritu