No soy político, pero no me gusta estar ajeno a lo que se cuece en esa olla casi siempre a presión, de donde salen los guisos que todos tenemos que comernos después. La política es un mundo complejo, en donde hay una constante pugna por el poder. Esa fuerza casi mítica que es capaz de enloquecer al más cuerdo. ¡Qué tendrá el poder que algunos hasta pierden la vergüenza por él! Pues lo que tiene es eso, una tentación a la primacía del dominio, de la fuerza, del mando, de la supremacía, la influencia, el enchufe, el privilegio, la riqueza fácil, el arbitrio, el influjo, el despotismo, la opulencia… El poderoso sin escrúpulos tiene una querencia a estar subido en un pedestal con el mundo a sus pies. Y esa fuerza que fluye de la autoridad es capaz de fascinar a cualquiera. La política, vulgarmente entendida, se convierte para muchos en una puerta abierta al dulce sueño de la omnipotencia.
 
            Naturalmente que la política bien entendida es otra cosa. Se le ha definido como el arte de gobernar a los pueblos, de tratar los asuntos públicos. Cosa muy distinta del politiqueo, que equivale a intriga, enredo, manejo, marrullería, maquinación, y otras equivalencias que desprestigian lo que debería ser tarea noble.
            Política hay todo el año, pero llegan momentos que absorbe la opinión pública hasta llegar a la saciedad. Esos momentos son cuando ocurre una tragedia, un escándalo, un enfrentamiento dialéctico de proporciones considerables y, sobre todo, cuando llegan las campañas para nuevas elecciones. Ante este acontecimiento social se convulsiona el pueblo, se dividen las comunidades, y hasta se rompe la paz social. Hay una pugna por el poder entre unos cuantos, y los afines cierran filas con sus candidatos, y tratan de auparlos al poder, pretendiendo con ello conseguir lo que les prometen. Y en su momento, la fuerza mágica de las urnas, unas simples papeletas, adquieren al pasar por la ranura el prodigio de investir a un ciudadano en un poderoso dignatario del pueblo. Sin exigir a los candidatos y elegidos más título, ni más facultades intelectuales que las que le atribuyan los electores. Pero así es la democracia, y peor sería si no la hubiese.
 
            Mi recomendación es: usar siempre la cabeza, tener sentido común, sopesar la calidad humana e intelectual de los dirigentes políticos, no dejarse engañar, tener espíritu crítico… Solo el que defiende la dignidad de la persona humana, con todas las exigencias que esta lleva consigo, merece nuestra confianza y apoyo. Abre los ojos y mira a quien  merezca tu confianza.
 
                                                                       juan.garciainza@gmail.com