Capítulo XXI de Vida de D. Pedro Poveda Castroverde por el P. Silverio de Santa Teresa, cd (Madrid 1942), págs. 169178:

(Prosigue y finaliza la relación de la señorita Astudillo:)

Cuando nosotras lo encontramos serían las once y cuarto de la mañana del día 28. Aquellos hombres, mientras yo estaba a los pies del cadáver, sin darme cuenta de lo que pasaba, le preguntaron a Emma que qué era este señor, y contestó que sacerdote, y respondieron que ya se lo parecía. Por el lado que Emma se colocó, que era derecho de nuestro Padre, creo tenía un tiro detrás de la oreja. Yo no se lo vi. No estaba frío aún y yo dije a Emma: Si parece que no hace dos horas que ha muerto. Ella, más entendida que yo en ver cadáveres dijo que podrían ser muy bien unas cuatro o cinco horas, que en esas muertes los cadáveres no estaban igual y además era verano”.

Lo que a mí me ha hecho pensar es que los cadáveres que estaban dentro de la capilla, probablemente de aquel día, estaban sin identificar, pero todos dentro de la capilla, y el de nuestro Padre Poveda aún estaba fuera, lo que era de suponer que lo acababan de dejar allí y aquellos hombres estaban viendo de identificarlo.

Ya nos separábamos de allí, y al bajar la cuesta, aquel buen señor nos dijo si queríamos el sombrero, y se metió en la capilla y lo sacó. Se me olvidaba consignar que aquellos hombres, al verme las manos ensangrentadas me decían: “Lávese, señorita, que aquí hay un grifo”. Yo les dije llena de dolor y de devoción a aquella sangre bendita, que cómo me iba a lavar yo aquella sangre. La enjugué en la bufanda y envolví ésta, metiendo dentro el santo Escapulario. El resto de sangre que me quedó la limpié con el pañuelo que yo llevaba. Me lo habían dejado el día anterior”.

En seguida se puso al teléfono para contar lo sucedido a don Carlos Poveda, el hermano de don Pedro, y a las teresianas de las diversas Casas de Madrid. Poco después llegaron don Carlos y las teresianas Carmen Fernández, Sofía Espejo, Pilar Castro y Sebastiana Azcárate que, guiadas por Emma, fueron a ver el cadáver del Padre Poveda, que ya le habían metido en la capilla con los demás.

La relación, arriba reproducida, de don Carlos Poveda, concluye de esta manera:

“Valiéndome de las influencias que en aquellos momentos tenía mi juez, preparé lo necesario para trasladar el cadáver de mi querido hermano al cementerio de San Lorenzo y San José, al enterramiento de la IT, cosa que no era fácil. A las cuatro de la tarde volví al cementerio para hacer el traslado en una camioneta con el juez, dos empleados y uno de los guardias de Seguridad que prestaban servicio en el Tribunal. A las nueve pudimos por fin, salir con el cadáver, por las muchas dificultades que se ponían, mirándome los milicianos con muy mala cara y diciéndose unos a otros: “Este es el hermano del Obispo”.

Durante el trayecto hubo que hacer algunas paradas, por los frecuentes tiroteos, especialmente en la calle de Alcalá. Llegamos a San Lorenzo de noche, pues en el puente de Toledo tuvimos otra parada por otro tiroteo. Dejamos el cadáver en el depósito y al día siguiente, 29, a las diez de la mañana, en el mausoleo de la IT. Durante la noche tuvo velas encendidas, sin saber quién las llevó ni mandó encenderlas.

No se ha podido averiguar el nombre de los que lo detuvieron ni noticia alguna de los últimos momentos, pero es de suponer, por la forma que tenía el escapulario de la Venerable Orden Tercera del Carmen y la correa de la Santísima Virgen que debió morir orando y después bendecir a sus enemigos”.

[Bajo estas líneas, sepulcro de san Pedro Poveda, bajo el altar; Centro Santa María de los Negrales, Madrid]