Dice el Evangelio de hoy domingo: Nadie puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien, se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No se puede servir a Dios y al Dinero. Por eso les digo: No se inquieten por su vida, pensando qué van a comer, ni por su cuerpo, pensando con qué se van a vestir. ¿No vale acaso más la vida que la comida y el cuerpo más que el vestido? Miren los pájaros del cielo: ellos no siembran ni cosechan, ni acumulan en graneros, y sin embargo, el Padre que está en el cielo los alimenta. ¿No valen ustedes acaso más que ellos? (San Mateo 6, 24-27)

La verdad es que este evangelio viene como anillo al dedo a tres situaciones que he visto esta semana y al muy próximo inicio de la Cuaresma.

Estimado lector ¿Se puede servir a dos señores? Porque si se aborrece a uno se amará al otro. No se puede servir a Cristo y servir a nuestro ego, la relevancia eclesial o ser bien vistos. No se puede adorar a Cristo y al mismo tiempo a cualquier otro segundo salvador alternativo.

El que sirve, pues, a las riquezas también sirve a aquel que, puesto a la cabeza de todas ellas por razón de su perversidad, es llamado por Dios príncipe de este mundo. O de otro modo, manifiesta quiénes son estos dos señores cuando dice: "No podéis servir a Dios y a las riquezas", o lo que es lo mismo, a Dios y al diablo, porque el hombre aborrecerá a éste y amará al otro (esto es, a Dios), o sufrirá al uno y despreciará al otro. Sufre un duro dominio todo el que sirve a las riquezas. Cegado por su codicia, vive sometido al diablo, y no lo quiere. (San Agustín, de sermone Domini, 2, 14)

Por desgracia es muy frecuente encontrarnos con personas e instituciones eclesiales que anteponen a sí mismas a Dios. Da más valor a su relevancia social y eclesial, que al mensaje de Cristo y a Cristo mismo. Para demostrar que son merecedores de la “riqueza social” no dudan en utilizar al Papa, a un obispo, a otro, al cardenal X o al Y, a San H o Santa Q, para presentarse como católico merecedor de todo honor y de paso, maltratar a sus hermanos que no se arrodillan ante ellos o ante el segundo salvador elegido. Para ser bien vistos, maltratan la Tradición que nos une y la reinterpretan al gusto del momento. Seguro que recuerdan la parábola del publicano, con el fariseo dando gracias por ser tan perfecto y no parecerse a “ese” publicano que se esconde en la penumbra. San Agustín nos indica que detrás de toda búsqueda de riquezas siempre  está el maligno. Entre las riquezas está la riqueza del ego, de ser bien visto y ser considerado relevante en la Iglesia. Quien se antepone a sí mismo y para darse relevancia maltrata a su hermano, no obra según a Voluntad de Dios. Quien antepone a su segundo salvador a su hermano, está buscando la riqueza personal y haciendo el juego sucio al maligno.

Este miércoles entramos en la Cuaresma. Tiempo de penitencia, ayuno y limosna. Este tiempo es muy propicio para dejar aparcadas nuestros segundos salvadores y encontrarnos con nuestro hermano. Sí, justo a ese que odiamos a muerte porque no se pone la etiqueta que a nosotros nos llena de orgullo. Ese que no tiene nuestro segundo salvador como cuarta persona de la Santísima Trinidad. Ese al que patearíamos porque se dice católico pero no le gusta la estética que a nosotros nos llena de satisfacción.

La cara de pepinillo en vinagre se pone cuando se acusa a los demás de poner la misma cara que nosotros llevamos encima constantemente. La Cuaresma es un tiempo maravilloso para dejar de poner cara de pepinillo en vinagre mientras acusamos rigurosamente de “rigorista” a nuestro hermano.

Tengo claro que esto es todo un reto en estos momentos. Momentos en que todos andamos con ganas de machacar al hermano más cercano para ser bien vistos y alabados por nuestra facción eclesial. Es un desafío que puede traernos muchos problemas, porque anteponer la Caridad a ganar puntos de riqueza y relevancia social, está muy mal visto. Pero, da igual que nos maltraten por ser fieles a Cristo. Quien nos juzgará al final será el Señor, no el segundo salvador de moda de cada momento.