Deben considerarnos ya moribundos y se precipitan a darnos el último golpe, a rematarnos. Me refiero a los ataques que sufre la Iglesia, bien sea en sí misma o en su quijotesca pretensión de seguir defendiendo la vida y la familia. El Parlamento español ha aprobado una proposición no de ley por la que insta al Gobierno a derogar los Acuerdos Iglesia-Estado y, como consecuencia, a terminar con la asignación tributaria -la posibilidad que tiene el contribuyente español de asignar una mínima parte de sus impuestos a ayudar a la Iglesia-, con la exención del IBI para los templos y servicios sociales católicos, y con la asignatura de Religión en los centros públicos. Que haya sido el Partido Socialista uno de los votantes de dicha propuesta no deja de ser significativo de cómo ha evolucionado ese partido, pues fueron los socialistas quienes introdujeron la asignación tributaria y nunca derogaron los Acuerdos cuando pudieron hacerlo, puesto que durante muchos años gobernaron con mayoría absoluta. Como los partidos se suelen mover exclusivamente por cálculos electorales, deben considerar tan escasa la relevancia del voto católico que ya no les importa perderlo.

En Francia, mientras tanto, han dado un paso más en la vuelta de tuerca. La Asamblea francesa ha declarado ilegales todas las webs pro vida, alegando que atacar el aborto es ir contra un derecho fundamental. De este modo se coloca a todos los que rechazan esa práctica al mismo nivel que los que promueven el terrorismo, la pederastia o cualquier otro tipo de crimen. Los tolerantes muestran su verdadero rostro en cuanto llegan al poder y pasan sin pudor ninguno de pedir respeto hacia las propias ideas a prohibir las que no coinciden con las suyas. Si Robespierre pudiera, saltaría de gozo en su tumba al ver qué dignos sucesores dejó entre los políticos franceses.

Hay más cosas, por supuesto, sobre los ataques que sufre la Iglesia, directa o indirectamente, pero no quiero ser exhaustivo. Sólo expresar mi malestar por el cartel con el que se anuncia el carnaval en la ciudad gallega de La Coruña, en el que aparece la caricatura de un borracho, perfectamente identificable con la del Papa Francisco; me imagino que en esta ocasión nadie podrá atribuir la ofensa a los ultraconservadores, pues los autores han sido aquellos a los que más les gusta apoyarse en el Papa Francisco, los políticos de Podemos, la misma formación de extrema izquierda que ha promovido la ruptura de los Acuerdos Iglesia-Estado en España.

¿Tan mal estamos, tan inanes, tan moribundos que ya no dudan en acosarnos abiertamente? Es cierto que no estamos bien. Es verdad que faltan entre nosotros líderes, especialmente laicos, que encabecen un movimiento social y político en defensa no sólo de la Iglesia sino de la dignidad del ser humano. Pero esta apariencia puede ser engañosa. En Estados Unidos, la respuesta de católicos y evangélicos votando en masa a Trump ha sorprendido a todos y lo mismo puede pasar en Francia, si al final dejan a Fillon presentarse a las elecciones. A veces hay que tocar fondo para volver a subir a la superficie. No me cabe duda de que estamos tocando fondo y confío en que no pasemos mucho tiempo arrastrándonos por él. Que suceda aquello que ya dijo San Pablo en su segunda carta a los Corintios: “Nos aprietan por todos lados, pero no nos aplastan; estamos apurados, pero no desesperados; acosados, pero no abandonados; nos derriban, pero no nos rematan”. Ya nos han dado por muertos muchas veces, pero aquí estamos todavía y aquí seguiremos, confiando en la fuerza y en la misericordia de Dios, hasta el fin de los tiempos.