La Junta de Andalucía considera que el desamor es de izquierdas. Por eso nombró en 2016 a Joaquín Sabina hijo predilecto de la comunidad y por eso ha concedido el galardón este año al poeta Luis García Montero. De ambos premios se deduce que el corazón roto rezuma lirismo y que la poesía es patrimonio del hombre que no vota al PP porque derecha y rima son palabras antagónicas. La Junta considera pues que el desamor es de izquierdas, aunque lo desmientan tanto Garcilaso como Antonio Burgos, autor de la letra desolada de María la Portuguesa y de un millón de grandes columnas periodísticas, quien sufre en sus carnes el sectarismo de un régimen que premia a los adeptos, ningunea a los neutrales y castiga a los buenos.
Si García Montero es el Pemán del régimen, Antonio Burgos es el Alberti de este calco proletario del franquismo, apuntalado socialmente por el subsidio agrario e intelectualmente por escritores que cargan de amor los sonetos y de corrección las opiniones. Justo lo contrario de lo que hace Burgos, el más correcto de los incorrectos porque escribe con primor lo que no se debe de escribir. No sólo que La Habana es Cádiz con más negritos, sino que Andalucía es Cuba con más salero. Pero Cuba, Cuba. Con sus exiliados que huyen a Madrid, ese Miami, para pagar el impuesto de sucesiones. Y con sus mareas sanitarias en el papel de las damas de blanco.
De modo que no hay que esperar que Susana Díaz le otorgue la máxima distinción regional a Burgos. Entre otras cosas porque Susana Díaz se parece cada vez más a Franco. Es pendenciera, pero cauta, sevillana, pero gallega, y, por las vueltas que le da a presentar su candidatura a las primarias del PSOE, queda claro que no se mete en política. Como Franco. Si le gustara la caza y la homilía, sería clavada al generalísimo. A diferencia de él, no podría, sin embargo, entrar en la Iglesia bajo palio. Por tres razones: el régimen no comulga con la Iglesia, su partido quiere hacer caldereta con el Cordero de Dios y ella no parece mujer de misa diaria.