NECESARIA

El 20 de agosto el papa Francisco firmaba una carta, dirigida al pueblo de Dios, sobre los abusos a menores, cometidos por sacerdotes y consagrados. El tono de la carta denota el corazón de un padre, herido por el comportamiento de algunos de sus hijos.

Comienza relatando el dolor de esas personas heridas en su cuerpo y en su espíritu, por aquellos que menos podían pensar. Os aseguro cuando en la vida pastoral te encuentras con personas concretas abusadas, el dolor te llega las entrañas. Ya el papa Benedicto expresó ese dolor en la novena estación del Vía Crucis que escribió para el Coliseo de Roma en el 2005: “¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a Él! ¡Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia! La traición de los discípulos, la recepción indigna de su Cuerpo y de su Sangre, es ciertamente el mayor dolor del Redentor, el que le traspasa el corazón. No nos queda más que gritarle desde lo profundo del alma: Kirie, eleison- Señor, sálvanos”.

Implica también una conversión personal y comunitaria de los cristianos: “Tal transformación exige la conversión personal y comunitaria, y nos lleva mirar en la misma dirección que el Señor mira. Así le gustaba decir a San Juan Pablo II: «Si verdaderamente hemos partido de la contemplación de Cristo, tenemos que saberlo descubrir sobre todo en el rostro de aquellos que el mismo ha querido identificarse». Aprender a mirar donde el Señor mira, a estar donde el Señor quiere que estemos, a convertir el corazón ante su presencia. Invito a todo el santo Pueblo fiel de Dios al ejercicio penitencial de la oración y el ayuno siguiendo el mandato del Señor, que despierte nuestra conciencia, nuestra solidaridad y compromiso con una cultura del cuidado y en «nunca más» a todo tipo de forma de abuso”.

Nadie se salva solo. Vivimos en un pueblo. Lo que afecta a uno nos afecta a todos. “Por tanto, la única manera que tenemos de responder a este mal que viene cobrando tantas vidas, es vivirlo como una tarea que nos involucra a todos como pueblo de Dios”.

Hay un “clericalismo” en los sacerdotes; hemos sido, frecuentemente, dominadores del pueblo de Dios. Necesitamos que los cristianos de a pie nos toméis en serio. Exigidnos la santidad que corresponde a un sacerdote o consagrado. No aceptéis que seamos vulgares, corrientuchos o meros funcionarios de las cosas de Dios. Ni organizadores sociales. No pertenecemos a una ONG.

INSUFICIENTE

Sin duda, debemos apoyar las determinaciones del Papa y cuantas concrete para paliar estos desgraciados sucesos en la Iglesia. Pero la solución no puede ser fundamentalmente represiva. La vida nueva recibida en el Bautismo nos convierte en Tempos de la Santa Trinidad. Por eso san Pablo dice: “No profanéis el tempo de Dios”. “Glorificad a Dios en vuestro cuerpo”.

Si leemos con atención el capítulo primero de Romanos 18-32 y Gálatas 5, 16-26, san Pablo parece un cronista del 2018. Las obras del Espíritu y de la carne son manifiestas. “El que siembra para la carne, de la carne cosechará corrupción; el siembre para el Espíritu cosechará vida eterna” (Gl 6, 8).

Ya es hora de que no nos contentemos con maldecir el mal y de crearnos complejo de culpabilidad. Es tiempo de alumbrar el bien. Por quitar las hojas secas de un árbol enfermo, adelantamos poco. Mañana tendremos más. Y seguiremos lamentándonos de las hojas secas. Sanemos el árbol viviendo más intensamente nuestra virginidad y castidad y orientando convenientemente a nuestros jóvenes cristianos para que aprecien este don como base de su elección vocacional en la Iglesia y en el mundo. El problema no es la Masa, sino la Levadura. No es la Evangelización, sino los Evangelizadores. No el Apostolado sino los Apóstoles.

Percibo en estos sucesos una llamada interior a vivir con más profundidad mi castidad y virginidad en la Iglesia del Señor: “Amor único, indiviso e indivisible a Cristo y en Cristo y por Cristo a todos los hombres”. Dar una respuesta positiva, encender una pequeña luz en medio de la oscuridad.

Dar una visión positiva y sincera de la castidad al pueblo cristiano. Es un don precioso para todos los creyentes en Cristo Jesús. Sin una visión luminosa y preciosa de castidad y de la virginidad, no solo no tendremos vocaciones sacerdotales y consagradas, tampoco matrimonios cristianos de verdad. Jesús no tuvo miedo de hablar de ello en el capítulo 19 de san Mateo, aunque los discípulos no entendieran nada. La semilla estaba echada. San Pablo apostó por la Virginidad en Corinto, una de las ciudades más pervertidas de aquel tiempo. En la Roma más pagana surgen las Vírgenes. La fuerza de Espíritu Santo que logró aquel milagro, no tiene menos fuerza en el hoy que nos corresponde vivir como creyentes.

La Castidad y la Virginidad nos abren a la donación y a la generosidad; la impureza, por el contrario, nos encierra en nosotros mismos, nos constituye autorreferenciales.

El Sínodo de los Jóvenes es una ocasión preciosa para que se nos dé una orientación luminosa y positiva de la sexualidad cristiana que ilumine el discernimiento vocacional de sus vidas: seglares en el mundo, matrimonio, consagrados o sacerdotes. Tenemos buenas orientaciones sobre este asunto en el Catecismo de la Iglesia, otros documentos de la Santa Sede, Teología del Cuerpo de Juan pablo II, etc. No seamos cobardes. Si no sembramos castidad y virginidad según las distintas vocaciones, los problemas se multiplicarán y no sin culpa nuestra. Quitar toda la podredumbre, no está en nuestras manos; reducirla al mínimo con una orientación luminosa y una vivencia agradecida, seguro que sí.

NOTA

Sorprende la dureza con que se trata a los hermanos que han caído en esta situación tan aborrecible. Quizás, hoy son las más pobres y despreciados. Tanto creyentes como mundanos los tratan sin compasión. ¿Habrá apartado el Corazón de Cristo su amor y misericordia de ellos? La vergüenza y desprecio que sufren por su acción, ¿No merecen compasión y misericordia? ¿No habíamos quedado en que debíamos aborrecer el pecado y tener compasión del pecador?