Es muy significativo que el Papa Francisco dedique cinco números de su documento: “Misericordia et mísera”  al Sacramento de la Reconciliación. Podíamos decir que es la parte más importante de la Carta Apostólica. “La celebración de la misericordia tiene lugar de modo especial en el Sacramento  de la Reconciliación. Es el momento en que sentimos el brazo del Padre que sale a nuestro encuentro para restituirnos de nuevo la gracia de ser sus hijos. Somos pecadores y cargamos con el peso de la contradicción entre lo queremos hacer y lo que, en cambio, hacemos; la gracia, sin embargo, nos precede siempre y adopta el rostro de la misericordia que se realiza eficazmente en la reconciliación y el perdón. Dios hace que comprendamos su inmenso amor justamente ante nuestra condición de pecadores. La gracia es más fuerte y supera cualquier posible resistencia, porque el amor todo lo puede”.
  Recibir el perdón de Dios nos invita a perdonar a los demás como hemos sido perdonados. Nada incapacita tanto para el perdón como encerarnos en nosotros mismos. Allí triunfa el rencor, la rabia y la venganza.
  Con los sacerdotes el Papa es clarísimo: “A los sacerdotes renuevo la invitación a prepararse  con mucho esmero para el ministerio de la Confesión, que una verdadera misión sacerdotal. Os agradezco de corazón vuestro servicio y os pido que seáis acogedores con todos; testigos de la ternura paterna, a pesar de gravedad del pecado; solícitos en ayudar a reflexionar sobre el mal cometido; claros a la hora de presentar los  principios morales; disponibles para acompañar a los fieles en el camino penitencial, siguiendo el paso de cada uno con paciencia; prudentes en el discernimiento de cada caso concreto; generosos en el momento de dispensar el perdón de Dios. Sí como Jesús ante la mujer adúltera optó por permanecer en silencio para salvarla de su condena a muerte, del mismo modo el sacerdote en el confesonario tenga también un corazón magnánimo, recordando que cada penitente lo remite a su propia condición personal: pecador, pero ministro de la misericordia”.
   El Papa sabe por experiencia cuán necesario es este sacramento para la vitalidad de la vida cristiana. Por eso nos recuerda varios textos a su discípulo Timoteo: “Doy gracias a Cristo Jesús, Señor nuestro, que me hizo capaz, se fío de mí y me confió este ministerio, a mí que antes era un blasfemo, un perseguidor y un insolente. Pero Dios tuvo compasión de mí porque no sabía lo que hacía, pues estaba lejos de la fe” (1 Tm 1, 1213)   “Por esto precisamente se compadeció de mí: para que yo fuese el primero en el que Cristo Jesús toda su paciencia y para que convirtiera en modelo de los que han creer en él y tener vida eterna”. 1 Tm 1, 16)
   Es una misión que viene de Dios Padre: “Todo procede de Dios, que nos reconcilió consigo por medio de Cristo y nos encargó el ministerio de la reconciliación” (2 Cor 5, 18)
 
      Nosotros hemos sido los primeros perdonados. Somos testigos cada día de la universalidad de perdón. Testigos de que Dios perdona siempre a los hijos que llegan arrepentidos y con ganas de comenzar de nuevo su camino espiritual; la ley no es suficiente en el ministerio del confesonario. “Nosotros, confesores, somos testigos de tantas conversiones que suceden delante de nuestros ojos. Sentimos la responsabilidad de gestos y palabras que toquen lo más profundo del corazón del penitente, para que descubra la cercanía y ternura del padre que perdona. No arruinemos esas ocasiones con comportamientos que contradigan la experiencia de la misericordia que se busca. Ayudemos, mas bien, a iluminar el ámbito de la conciencia personal con el amor infinito de Dios”.
   Recuperar el Sacramento de la Reconciliación es un asunto clave en la vida cristiana. “El Sacramento de la Reconciliación necesita volver a encontrar su puesto central en la vida cristiana; por esto se requieren sacerdotes que pongan su vida al servicio del
   Este cariño del papa con los sacerdotes se manifiesta con una concesión especial: Con tal de que estén arrepentidos, podemos absolver a cuantos hayan cometido el pecado del aborto. Os puedo asegurar que es una gracia especialísima.
   También concede a los fieles que frecuenten las Iglesias de la Fraternidad de San Pío X, que puedan recibir lícita y válidamente la absolución sacramental hasta nueva orden. Hasta que llegue la plena comunión eclesial.