Cuando estaba acabando mis estudios de bachillerato, hace ya bastantes años, cayó en mis manos la novela de Miguel Delibes “La sombra del ciprés es alargada”, ganadora del premio Nadal en 1947. Su lectura me resultó fascinante, aunque apenas recuerdo ahora los pormenores de la historia que narra el gran escritor castellano. Sí recuerdo dos detalles que me impactaron. Por un lado, me llamó la atención que una obra tan madura saliera de la pluma de un escritor tan joven. Recordemos que esa fue la primera novela de Delibes, que tenía en ese momento 27 años. En segundo lugar, me llamó la atención el tono pesimista que parecía impregnar la obra (el protagonista parece tocado por una permanente desgracia), sobre todo teniendo en cuenta precisamente que había sido escrita por un autor tan joven. Tuve la suerte de criarme en un hogar humilde pero muy entrañable, donde mis padres se querían profundamente y nos mostraban ese mismo cariño. Tuve una infancia sencilla, con medios económicos muy limitados, pero nada problemática, en un ambiente social y cultural que concebía la vida con un carácter generalmente esperanzado, por lo que en esos primeros años de mi adolescencia toparme con historias de final infeliz me resultaba un tanto desconcertante. Con el paso de los años, he podido comprobar que la vida tiene más sinsabores de los que uno aprecia en una infancia pacífica, aunque tantas veces se magnifiquen por una sociedad que parece regodearse más con las malas que con las buenas noticias. Esa visión pesimista me parece que resulta especialmente clara en los intelectuales de Occidente, que dejan entrever en sus obras una visión desesperanzada, como la que observé en esa primera novela de Delibes. Podemos poner muchos ejemplos (novelas, ensayos, películas, teatro…) de esa visión pesimista que parece dominar una cultura que históricamente ha sido la más fructífera de la Humanidad. ¿A qué es debido eso? ¿Por qué nos empeñamos en enfatizar los puntos oscuros de la condición humana frente a sus muchas bondades? En mi opinión está actitud no es un consecuencia de que nuestra sociedad sea conflictiva en sí misma. Naturalmente que hay problemas laborales, económicos y humanos muy variados, pero sería injusto atribuirles la causa de la desesperanza de Occidente. No hemos de olvidar que, con cualquier indicador que elijamos, podemos afirmar que la sociedad occidental vive en la época con más medios económicos y mayor protección social (educación, sanidad, desempleo) que ha conocido la Historia. Si se miran esos indicadores en cualquier otra área cultural actual (o del pasado histórico), no parece objetiva esa visión desesperanzada. Me parece que más bien es fruto de que Occidente ha perdido la confianza en sus valores, en su capacidad de promover el progreso y se dejado llevar por los profetas del nihilismo que desde la Ilustración han criticado inmisericordemente sus cimientos, sus logros y sus fortalezas, no aportando nada a cambio. Sin ánimo de extenderme en el análisis de este fenómeno cultural tan complejo, estoy bastante convencido de que este pesimismo “de fondo” que ahoga la sociedad occidental es fruto de su pérdida de la visión cristiana de la vida, del rechazo de Dios en un mundo que ya no lo considera necesario, quizá precisamente porque tiene su esperanza puesta en los medios materiales de que disfruta. Pero como lo material por definición es efímero, la esperanza de Occidente tiene un corto recorrido y se pierde fácilmente. Se confirma que cuanto más intentamos prescindir de Dios, más se evidencia su necesidad. Perder la fe en Dios genera un vacío existencial que no se llena con bienes materiales o con ideales más o menos difusos. Se pierde la esperanza y se intenta generar un paraíso en la tierra que nunca acaba de llegar, porque es utópico. Con la esperanza se pierde el optimismo y la alegría ante el futuro, domina una cultura sin convicciones que no propone nada porque no está convencida de nada. Perder la fe en Dios tampoco supone engrandecer al ser humano, como pretendían hacernos creer los partidarios de un laicismo supuestamente humanista, sino más bien al contrario.

Me parece muy preocupante esa tendencia cultural a un pesimismo que podemos llamar trascendental, porque va más allá de lo anecdótico y no se reduce a unos sectores sino que está muy generalizado. Ahora bien, no estamos obligados a aceptar esa visión negativa, ni desde luego a permitir que acongoje nuestra vida. Podemos hacer muchas cosas para buscar escenarios alternativos. Si la causa de ese pesimismo de Occidente es su pérdida de la Fe, hagamos lo que esté en nuestra mano para que al menos empiece a recuperarla. Es tarea de todos porque todos estamos inmersos en esta sociedad, que por otra parte tiene tantas cosas estupendas. El reto es muy ambicioso, pues me parece que no se trata de restaurar, sino de proponer algo nuevo. Vivimos en una sociedad post-cristiana, que es consciente de sus carencias e intenta paliarlas acudiendo al consumismo, al neopaganismo o a las tradiciones orientales. Como dice uno de los primeros cardenales africanos de la Iglesia católica: "En el mundo posmoderno Dios se ha convertido en una hipótesis superflua, cada vez más alejada de las distintas esferas de la vida." (Sarah, 2015). El cristianismo se considera para muchos agotado, carente de soluciones. Ahí está nuestro reto. Quienes procuramos acompañar a Jesucristo en los caminos del s. XXI tenemos la responsabilidad de mostrarle como Camino, Verdad y Vida. Cada uno puede poner su ingenio al servicio de esa tarea, aunque nuestro principal cometido es revelar a Jesús con nuestra vida. Mostrar la alegría y la esperanza que proclamamos. De ahí vendrá luego el diálogo, porque muchos nos pedirán “razón de nuestra esperanza” (1 Pe 3: 15), y tan sólo bastará mostrarles el rostro amable de Jesús, para que ellos mismos se acerquen a Él. Me parece que el mejor argumento para proponer el encuentro con Cristo a quien se sienta muy alejado es el que recoge el Evangelio de san Juan: “Ven y verás” (Jn 1:46).