Alberto Oliart ha sido nombrado director de Radio Televisión Española. De él conozco lo esencial. Recuerdo que fue ministro de Defensa en los tiempos de la UCD, el primero que lo fue sin ser militar, y sé que es un hombre con una vasta formación. A mayor abundamiento, su nombramiento es producto del consenso entre los dos grandes partidos, lo que amén de ser obligado en tema tan delicado como la gestión imparcial de la televisión pública, habla muy bien del talante de quien es capaz de concitar dicho consenso.
 
            Ahora bien, no es ni del talante ni de las condiciones personales del Sr. Oliart de lo que quiero hablarles hoy, sino de un aspecto que no es esencial a su persona, sino provisional, como lo será en el caso de todos los que lleguemos tan lejos como en ello ha llegado él. Me refiero, claro está, a su edad, la cual, ochenta y un años, ha llamado mucho la atención tanto de los medios como del público en general.
 
            Personalmente me felicito de que un hombre que ha vivido ya ochenta y un años, llegue a tal edad en el portentoso estado en el que ha llegado el Sr. Oliart, y creo que alguien en sus condiciones, se halla en situación de aportar grandes cosas a la sociedad. El caso del Sr. Oliart es un caso excepcional de capacidad senil que no es dado alcanzar a todos, ni siquiera a muchos, pero en condiciones normales, los seres humanos acostumbran a dar lo mejor de sí mismos, lo que de más provecho tiene para sus conciudadanos, cuando alcanzan los cincuenta, los sesenta y hasta los setenta, y hace muy mal la sociedad que no se vale de las habilidades que atesoran a esa edad.
 
            Ser joven, es algo que todos deseamos, como no. Es la edad en la que el cuerpo está pletórico. Pero el ser humano, que es cuerpo, es alma también, y el alma es la hermana pequeña del cuerpo en que se aloja, lo que quiere decir que cuando el cuerpo es joven, el alma es niña aún, y que cuando ésta alcanza la plenitud de la juventud, su hermano mayor que es el cuerpo ya la ha superado y puede que con creces.
 
            Doy pues la bienvenida al Sr. Oliart, y le deseo suerte en su nueva posición, para que nadie pueda atribuir a su edad un fracaso que si se produce, en ningún caso tendrá que ver con ella.