Invitamos a los lectores del Blog a que nos envíen algún cuento o relato que quieran compartir con los demás. Manuel Morales nos envía esta bonita carta que un día dirigió a su hermana enferma, en la que habla de abrazar con amor la Cruz. No es un cuento de Navidad, pero sí se puede vislumbrar a ese Niño que un día nació en Belén, murió en la Cruz por nosotros, y hoy vive a nuestro lado. Gracias Manuel por este relato que nos hace pensar:
 
Nuevamente emprendamos un vuelo con las alas de la imaginación.
 
En esta ocasión es imperativo hacerlo a donde no existen espacios, ni muestras de la maravilla de la Creación.
 

Podría ser un vuelo a nuestro interior. Es cosa de que nos imaginemos con mayor constancia y énfasis ese vuelo tan especial.
 
Para empezar, podríamos detenernos en una de las muchas frases que están escritas en el Libro de Libros y que son doblemente impactantes si las meditamos: Dios es Amor.
 
Es por ello que el único propósito de este viaje a nuestro interior es el amor.
 
Podríamos volver a cerrar los ojos y ver con los ojos del alma que hay seres que viven del amor para el amor, tal y como el Hijo del Hombre nos lo vino a enseñar cuando vivió por este planeta que algunos llaman Tierra.
 
Podríamos imaginar, siguiendo Su ejemplo, a un muchachito, o a una jovencita que se abrazan a la Cruz en un momento donde resplandece el sol, sopla un suave viento y se escucha el trino de las aves.
 
Pero, ¿cómo puede alguien estar pegado a la Cruz en ese ambiente? Es probable que el jovencito o la muchachita hayan escuchado una Voz que les dijo: “Abraza la Cruz. Yo regresaré”.
 
Así es que, ambos se abrazaron a ella y… esperaron.
 
En el transcurrir de los días, semanas y meses comenzaron a ver los cambios habidos en cada una de las situaciones que acontecen en lo que algunos llaman vida. 
 
Empezando porque de súbito el sol se ocultó y soplaron vientos fríos; el canto de las aves cesó. 
 
Después llegaron las lluvias y el viento se hizo más intenso. Los jovencitos comenzaron a sentir cierto miedo pero se acordaron de la voz que les dijo” “Yo regresaré”.
 
Eso les dio ánimo y confianza y… esperaron.
 
Transcurrieron los años. El jovencito y la muchachita se hicieron adultos. Habían padecido de hambre y de enfermedades, de soledades, tristezas y hastíos. El sol les había quemado la piel, la lluvia les había empapado hasta los huesos y la nieve, en ciertos momentos, los había congelado, pero no sintieron nada de todo ello en el alma. 
 
Siguieron abrazados a la Cruz, con todo y que, en ocasiones, se le hizo muy pesada, sintieron que sus fuerzas se agotaban y creyeron que el madero amenazaba con caerles encima.
 
En otras ocasiones habían visto a la distancia al Hijo del Hombre; en otras hasta habían comido de Su Cuerpo y bebido de Su Sangre, lo que hacía que resistieran con más ánimo y mayor fuerza los embates de las circunstancias… y del tiempo.
 
Volvieron a transcurrir los años y ahora los dos eran un par de ancianos, frágiles en el cuerpo pero fuertes en el alma. No cesaban de recordar la Voz que, hace ya mucho tiempo, les había dicho: “Abraza tu Cruz, Yo regresaré”.  
 
 Y, en efecto, el Hijo del Hombre regresó para abrazarlos con ese Amor que solamente Él puede prodigar.
 
Atrás quedaron esos momentos, esas circunstancias, esos aconteceres de los que algunos llaman vida y que les hicieron padecer, una y otra vez, la enfermedad, la tristeza, la soledad, la incomprensión, el abandono. 
 
Ahora el Hijo del Hombre, con ese abrazo, los rejuveneció, los fortaleció, los levantó de donde habían caído, les dio la única Paz y Felicidad que Él sabe dar…  y se los llevó a vivir con el Amor, para el Amor y para la Vida Eterna.
 
 
 Manuel Morales