Hoy, 3 de mayo, es la festividad litúrgicamente llamada de la “Invención de la Vera Cruz”, tan devota y alegremente celebrada en tantas ciudades de España y del mundo hispánico en general. Con un nombre que hoy día se antoja algo difícil de interpretar, pues cuando decimos “la invención” queremos decir, en realidad, “el descubrimiento”, y cuando decimos la “Vera Cruz”, queremos decir “la verdadera cruz”, es decir, aquélla de la que verdaderamente colgó el cuerpo de Jesucristo.

             Llegados a este punto, ¿cuál es la historia de esta reliquia así llamada, “la vera cruz”, la verdadera cruz, y cómo y en qué forma habría sido “inventada”, esto es, descubierta?

            Parece que el primero que se refiere al hecho es el obispo San Ambrosio de Milán, en el sermón que pronuncia en 395 durante los funerales del Emperador Teodosio, español por cierto. La “Historia Eclesiástica” de Sócrates de Constantinopla (n. 380- m.c. 440), también conocido como Sócrates Escolástico, escrita hacia el final de su vida en 440, cuenta cómo la madre del Emperador Constantino, Elena de Constantinopla, Santa Elena, a una edad ya avanzada (unos 75 años), peregrina a Jerusalén en el año 326, y con la ayuda del Obispo Macario de Jerusalén, y gracias a las informaciones que recibe de algunos judíos, entre los cuales, notablemente, uno por nombre Judas, se pone a la búsqueda de la cruz en la que Jesús fue clavado. Al hallarse finalmente tres cruces, y deducirse que se trataba de aquéllas en las que habían sido crucificados los tres reos de aquella Pascua, para saber cuál era la de Jesús, se habría hecho yacer sobre cada una de ellas a una mujer enferma, la cual se sintió restablecida al reposar sobre la tercera, determinándose, en consecuencia, que ésa, y no las otras dos, era el de Jesús.

             Se trata, como se ve, de fuentes literarias no excesivamente próximas a los hechos, setenta años en el caso de San Ambrosio, más de un siglo en el de Sócrates de Constantinopla, lo cual no debe considerarse argumento de falsedad de la historia, pues plazos tales, y muy superiores, son perfectamente normales en la época que nos ocupa. Más allá de que no eran tantos entonces los que tomaban la pluma para relatar los sucesos que acontecían, es muy posible.-en realidad, completamente seguro-, que existan fuentes anteriores que no nos han llegado. De aquella literatura es, indudablemente, mucho más lo que no conocemos, -lo que se ha perdido-, que lo que sí. Por otro lado, no es admisible que el segundo hombre más poderoso de su época, San Ambrosio de Milán, en el funeral del más poderoso, el Emperador Teodosio, se refiriera a hechos falsos, atribuidos a un plazo tan relativamente corto como son sólo 70 años.

             Cuenta también Sócrates que con la cruz se habrían hallado los clavos que traspasaron a Jesús, hasta cuatro, que, enviados a Constantinopla, habrían pasado a formar parte del casco y las bridas de su hijo, el Emperador Constantino, mientras uno de ellos era arrojado al mar por la Emperatriz Elena para calmar una tormenta durante su viaje de regreso a Europa. Según la tradición, uno de esos cuatro clavos es el que se venera en la basílica de Santa Cruz en Jerusalén, sita en la ciudad de Roma.

             Mucho más tarde, en pleno s. XIII, el monje dominico Jacobo de la Vorágine (n. 1230-m. 1298), bajo el título “La invención de la Santa Cruz”, dedica al tema todo el capítulo 68 de su famosa obra la “Leyenda Dorada”, uno de los más largos, de hecho, del libro, con abundantes historias y leyendas.

             La Vera Cruz hallada por Santa Elena habría sido dividida en tres grandes fragmentos. Uno de ellos se quedaría en Jerusalén, siendo secuestrado por el persa Cosrroes en el año 614, aunque luego reaparecería. Para desaparecer, ahora sí, definitivamente, cuando en 1187, el musulmán Saladino toma la ciudad santa de los judíos. Curiosamente, el fragmento más grande llegado a nuestros días de la Vera Cruz de Santa Elena, el del monasterio de Santo Toribio de Liébana, en España, pertenece a dicha fracción jerosolimitana.

             En cuanto a los otros dos grandes fragmentos, uno sería enviado a Roma, y el otro a Constantinopla. Y de ahí, en sucesivos regalos realizados desde las dos grandes iglesias, a tantos templos de todo la cristiandad.

             Ríos de tinta ha hecho verter la cantidad de pequeñas reliquias de la Vera Cruz esparcidas por las iglesias cristianas en tiempos posteriores. Al protestante Calvino se le atribuye haber asegurado que con todas ellas se podría construir un barco. No es exacto. Su afirmación textual, recogida en su “Tratado de las reliquias”, afirma que “si se juntaran todos los trozos de la Vera Cruz, se podría formar el cargamento de un barco”.

             Con conclusiones muy diferentes, un estudio realizado en el s. XIX por el arquitecto francés Charles Rohault de Fleury (1801-1875) calcula que las reliquias de la cruz esparcidas por el mundo cristiano darían para una cruz con un estípite (palo vertical) de 3 metros, y un patíbulo (palo horizontal) de 1,80, cálculos que recientemente, ha corroborado el vaticanista alemán Michael Hesemann, uno de los grandes expertos contemporáneos en las reliquias de la pasión.

             En cuanto a la celebración del hallazgo en la fecha del 3 de mayo, se presenta como muy antigua, tan antigua como el s. VIII. De hecho, muchas vestustas ciudades llamadas Vera Cruz y Santa Cruz (por ejemplo Santa Cruz de Tenerife, en las Islas Canarias, fundada en 1493 por Alonso Fernández de Lugo), lo son por haber nacido, precisamente, un 3 de mayo.

             Que hagan Vds. mucho bien y que no reciban menos.

              Y recuerden, si quieren saberlo todo sobre la historia de la crucifixión, tienen a su disposición mi último libro, "Crucifixión. Orígenes e historia del suplicio".

 

 

            ©Luis Antequera

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