La caja de los besos
El pasado 27 de Noviembre comenzó el Adviento, ese tiempo litúrgico precedente a la Navidad.
Los cristianos procuramos vivirlo como preparación para uno de los acontecimientos más asombrosos de la Historia: el nacimiento de Dios a la vida humana como un bebé.
A todos mis hijos les he explicado mientras han sido pequeños que la Navidad es el cumpleaños del Niño Jesús y que por eso la celebramos. Y como las fiestas se conocen por sus vísperas, la Navidad se prepara durante el Adviento.
Cada maestrillo tiene su librillo y cada familia sus costumbres.
En casa tenemos  la caja dorada o Caja de los besos.
Es una caja de verdad, está forrada con papel dorado y está llena de besos, ¡en serio!
Son cuadraditos de papel con besos de pintalabios estampados, metidos en una bolsita de plástico dentro de la caja.
El primer Domingo de Adviento saco la caja de mi armario y la pongo en una mesita en el cuarto de estar donde todo el mundo la vea inevitablemente.
Cada vez que alguien de la familia hace alguna cosa que le cuesta o algo meritorio como obedecer a la primera, comérselo todo aunque no guste (o al menos un poquito), compartir los juguetes con el hermano, hablar sin gritar o fumar 1 pitillo menos, va a la caja y saca un beso de la bolsita.
¿Con qué fin? ¡Pues está clarísimo!: llenar la caja de besos para el Niño Jesús.
Como nace tan pobre y en el pesebre de un establo apestoso, queremos llenar la caja con nuestros besos para llevársela al belén familiar y envolverle así con nuestro amor cuando nazca.

¡Cada año hay que hacer más cuadraditos de papel!