El Evangelio de hoy nos trae un episodio que nos debería hacer reflexionar. Cuando perdemos la fe-confianza en Dios, nos atemoriza todo lo que resulta superior a nuestras. Tememos cuando siente que no puede controlar lo que le sucede. Tememos cuando sentimos que el peligro nos acecha. ¿Cómo se sintieron las Apóstoles en mitad de la tormenta, subidos a una frágil barca y con el Señor durmiendo plácidamente?

Somos como los niños pequeños, aún débiles. No somos todavía hombres valientes... Todavía no hemos visto la cruz, la pasión del Señor, su resurrección, su ascensión a los cielos, la venida del Espíritu Paráclito no nos ha hecho todavía fuertes... El Señor tiene razón cuando nos dice: «¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe?» ¿Por qué no tenéis fuerza? ¿Por qué esta falta de confianza? ¿Por qué sois tan temerosos cuando tenéis junto a vosotros aquél que es la Confianza? Aunque la muerte se os acercará, ¿no deberíais acogerla con gran constancia? Yo os daré la fuerza necesaria en todo lo que os pase: en todo peligro, en toda prueba e incluso cuando el alma salga de su cuerpo... Si en los peligros necesitáis mi fuerza para soportar cualquier contratiempo como hombres de fe, ¡Cuánto más necesitáis ésta para no sucumbir cuando se presenten las tentaciones de la vida! (Antigua homilía griega, atribuida a Orígenes)

Sin fe-confianza estamos perdidos. Estamos perdidos porque cuando desconfiamos no hay lugar para la Esperanza. Sin Esperanza, la Caridad deja de tener sentido para nosotros. Entonces buscamos cualquier cosa a la que agarrarnos, ideologías, mitos o emotivismos. Incluso somos capaces de buscar otra fe que nos resulte menos compleja, siempre que nos proteja. Esta es la historia del género humano desde que fue creado. Adán y Eva buscaron alternativas para “ser como Dios” y sólo encontraron su propia humanidad, limitada y herida por la soberbia.

Si tuviéramos la fe-confianza del tamaño de un grano de mostaza (Mt 13:31-58) podríamos sembrar Esperanza en nuestro corazón y encontrar las fuerzas que el Espíritu Santo nos ofrece. Necesitamos Fe (conocimiento y confianza) para ver más allá de lo inmediato, lo inmanente, lo cotidiano. Dios es quien controla las mareas del mundo ¿Qué podemos temer? Podemos temer que nuestra soberbia se vea amenazada por las circunstancias. Podemos temer que nada sea como nos gustaría que fuese. Podemos temer que la realidad nos engañe y no seamos capaz de ver que la Verdad está junto a nosotros, esperando el momento para actuar. 

Cuando vemos que Dios es Quien controla las mareas del mundo, nos preguntamos lo mismo que los Apóstoles: “¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen?” (Mc 4, 41) Entonces Cristo mismo nos pregunta “Y vosotros, ¿Quién decís que soy yo?” (Mt 16, 15). Lo sencillo es quedarnos en la admiración de lo sobrenatural que se manifiesta ante nosotros. Lo difícil es arrodillarnos y como Tomás decir “Señor mío y Dios mío” (Jn 20, 28). Porque… “El Espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha; las palabras que yo os he dicho son espíritu y son vida” (Jn 6, 63). No busquemos otras palabras que aquellas que salieron de la boca de Cristo. Solo estas palabras son capaces de calmar la tempestad que tantas veces crece dentro de nosotros. Cuando lanzamos la Semilla del Reino, en el corazón de otras personas, tenemos que tener esta confianza que sirve de abono para que se desarrolle.