Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de salteadores que, después de despojarle y golpearle, se fueron dejándole medio muerto. Casualmente, bajaba por aquel camino un sacerdote y, al verle, dio un rodeo. De igual modo, un levita que pasaba por aquel sitio le vio y dio un rodeo. Pero un samaritano que iba de camino llegó junto a él y, al verle, tuvo compasión. Acercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino. Y montándole sobre su propia cabalgadura, le llevó a una posada y cuidó de él.
 
Llevaba un sin techo ocho meses viviendo en la puerta 20 del estadio de Anoeta, en San Sebastián. Su esperanza de encontrar hogar se había diluido. Aunque el clima seguía siendo benigno, tenía miedo ante la amenaza de un invierno que, tarde o temprano, había de llegar. Muchos hombres pasaron a su lado, asistiendo a los partidos disputados por la Real Sociedad. Un aficionado, emocionado con animar a su equipo, ni siquiera se percató de su existencia. Un periodista, pendiente del análisis que debía hacer para el periódico deportivo, lo vio, pero lo evitó dando un rodeo. Un ejecutivo de marketing, responsable de cuenta de un posible patrocinador del club, estaba tan pendiente de su teléfono móvil que casi pisa al sin techo; se hizo a un lado y agachó la cara, con vergüenza, como diciéndole “tío esto no va conmigo”. Un hombre de negocios reparó en él, le dio pena, pero pensó que nada podía hacer, que había muchos indigentes en el mundo y que el Ayuntamiento, el gobierno Vasco o Rajoy deberían hacer más por ellos; y entró en el estadio a ver el partido. Pero salieron desde dentro del recinto dos directivos de la Real Sociedad, hablaron con él y le ofrecieron un empleo: un trabajo de dos meses a prueba en el mantenimiento del estadio que le permitió salir de la indigencia.
 
Y después de esta historia real, ¿quién dice que el Evangelio no es actual, que no ocurre cada día delante de nuestras propias narices? ¡Y no somos capaces de darnos cuenta!