Mucho antes que Marlon Brando el padrino fue José Luis López Vázquez, en un papel tan al borde de la histeria que de haber protagonizado la magistral película de Coppola habría acabado con las bandas rivales en un par de fotogramas. Contrapunto del cachazudo Alberto Closas, López Vázquez ejerce en La gran familia de pastelero gruñón que reparte a los sobrinos tocino de cielo como si repartiera guantazos. En esto se parece a Putin, quien, a pesar de su cara de invadir Checoslovaquia, acaba de poner límites al aborto en la madre Rusia.
Putin, que no tiene querencia alguna al sonajero, considera que la caída de la natalidad debilita las aspiraciones imperiales de Rusia. En otras palabras, si pretende evitar cada año la matanza de un millón de fetos es para convertirlos en un millón de tártaros. Pero como los caminos del Señor son inescrutables lo cierto es que la decisión del primer ministro ruso permitirá el nacimiento de niños que tal vez después, cuando lleguen a mozos, en lugar de coger un kalashnikov formen parte del ballet de Moscú.
España, que también tiene un problema demográfico, no añora sin embargo la época de Carlos I, por lo que no hay aquí un pretexto histórico para frenar el aborto. Lo hay ético, pero la ética se ha convertido en un estorbo para el pragmatismo, cuyos valedores acusan a los católicos de relacionar el primer danone con la Última Cena. En el mundo al revés Jesús es un integrista y Zapatero un bienintencionado, pero en el real si Bibiana Aído le dice a Amparo Soler Leal que abortar es como ponerse tetas, Soler puede enumerarle las ventajas de la cesárea sobre el legrado, explicarle que Críspulo es una bendición y aclararle que perder a Chencho es una magnífica oportunidad para que Pepe Isbert lo cubra de besos al encontrarlo. Y para que tome el fresco mientras lo busca.