El Papa mantuvo un encuentro con los jóvenes el sábado en el aeródromo de Cuatro Vientos y celebró el domingo la Eucaristía de Canonización de cinco nuevos santos españoles en la madrileña plaza de Colón. Eran las doce de la mañana del sábado 3 de mayo y Juan Pablo II, entre aplausos y lágrimas, canciones de tunos, niños vestidos de guardias suizos y banderas de España y del Vaticano, volvía a España.
             «La paz esté contigo, España», dijo el Santo Padre al iniciar su quinta visita pastoral a nuestro país. Aquel sábado el Papa estaba feliz y cariñoso pero, al despedirse a media tarde del domingo, estaba aún más conmovido: «Os llevo a todos en el corazón». Cerca de treinta horas muy intensas separaban esos momentos. Juan Pablo II renovó el llamamiento a Europa para vivir de acuerdo con sus raíces cristianas: «Estoy seguro de que España aportará el rico legado cultural e histórico de sus raíces católicas y los propios valores para la integración de una Europa que, desde la pluralidad de sus culturas y respetando la identidad de sus Estados miembros, busca una unidad basada en unos criterios y principios en los que prevalezca el bien integral de sus ciudadanos».
             Por la tarde el Papa llegaba al aeródromo de Cuatro Vientos, donde un millón de jóvenes le recibió con cantos y guitarras, con entusiasmo y gritos de: «Esta es la juventud del Papa» o «Juan Pablo II te quiere todo el mundo». El mensaje del Papa a los jóvenes fue una invitación a seguir a Cristo, a responder a la vocación y a convivir en paz con todos, alejándose de toda forma de nacionalismo exasperado y de violencia ciega, mostrándoles el poder del amor y la fuerza del perdón. ¿Nos suena esto hoy?, porque parece que algunos no se han enterado todavía.
             El domingo siguiente un millón de fieles siguió con solemnidad la ceremonia de Canonización de los cinco nuevos santos españoles. Desde el amanecer las cuatro arterias que confluyen en la plaza de Colón estaban abarrotadas de personas formando como una gran Cruz humana cuyo centro es Cristo en el altar de la Eucaristía celebrada por el Santo Padre, el centenar largo de los obispos,  y cerca de tres mil sacerdotes. Juan Pablo II propuso seguir el ejemplo de los santos canonizados y aseguró a los españoles que: «Surgirán nuevos frutos de santidad si la familia sabe permanecer unida, como auténtico santuario del amor y de la vida», y recordó a todos, en particular a los más jóvenes que: «Se puede ser moderno y profundamente fiel a Jesucristo». Al final de la Misa Juan Pablo II se despidió con emotivas palabas y exhortó a ser testigos fieles de Jesucristo: «Con mis brazos abiertos os llevo a todos en mis corazón (...) ¡Hasta siempre, España! ¡Hasta siempre, tierra de María!», mientras quedaban en el aire las notas de una Salve rociera. Cfr. J.ORTIZ, La Iglesia que desea Juan Pablo II, Rialp, 2003.