Dentro de la Iglesia, la acusación de fariseísmo es frecuente y dolorosa. ¿Quién desea ser considerado fariseo cuando Cristo dejó tan claro su hipocresía y soberbia? Ningún cristiano, que se precie de serlo, intenta comportarse de forma hipócrita de forma consciente. Es doloroso que otros hermanos te señalen como hipócrita cuando eres consciente de que intentas ser fiel, sencillo y honesto en todo lo que haces.

¿Habéis observado al fariseo orando? No era ni ladrón, ni injusto, ni adúltero. No descuidaba tampoco la penitencia. Ayunaba dos veces por semana, daba el diezmo de todo lo que poseía… Pero no estaba vacío de sí mismo, no se había despojado de sí mismo (Flp 2,7), no era humilde, sino, al contrario, engreído. En efecto, no estaba preocupado por saber lo que todavía le faltaba, sino que exageró su mérito; no estaba lleno, sino hinchado. Se marchó vacío por haber simulado la plenitud. El publicano, por el contrario, porque se humilló a sí mismo y tuvo cuidado de presentarse como un recipiente vacío, se pudo llevar una gracia tanto más abundante. (San Bernardo. 3º sermón para la Anunciación. 910)

¿Quién actúa de forma farisea en su vida? San Bernardo lo dice claramente: quien no encuentra mal en sí mismo y en cambio, desprecia a su hermano por no poder ser tan maravilloso como él. El fariseísmo está en el dedo que se señala a sí mismo como modelo y después desprecia a quien cree que no es como él. Para empezar, todo el que se confiesa pecador y sabe que la Gracia de Dios es la que le ayuda a ser mejor día a día, no es un fariseo. No parte de la soberbia de quien se cree merecedor la perfección. ¿Entonces por qué vemos a fariseos hasta debajo de las losas de nuestra casa? ¿Por qué creemos que nuestros hermanos son dignos de esa calificación?

Solemos pensar que quien nos indica nuestros errores lo hace desde la soberbia y no tiene razón de ser así. Enseñar al que no sabe y corregir los errores son obras de misericordia, no lo olvidemos. Es sencillo defender nuestra soberbia tachando de fariseo, inmisericorde o rigorista a quien señala el error que ve tanto en sí mismo como en su hermano. Curiosamente, esta defensa basada en la soberbia nos acerca más al fariseo que al publicano. Se suele utilizar la micro-parábola de la paja en ojo ajeno, para justificarnos y rechazar la misericordia del hermano. Misericordia que es la mano que Dios utiliza para ofrecernos una oportunidad de ser humildes.

San Bernardo señala otra característica interesante de la hipocresía farisaica: la vacuidad. Quien se cree perfecto ¿Para qué quiere la Gracia de Dios? Quien se considera humilde pecador, indigno de tal regalo de Dios, es quien se abre a la Gracia y se deja transformar por Ella. Miremos a la Llena de Gracia, Nuestra Señora y pensemos en sus palabras: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra”. Quien se sabe vacío, abre su corazón y espera que se llene de Dios. Quien se siente lleno de sí mismo, cierra su corazón porque se cree por encima del mal y del bien. Quien se cree lleno, realmente está hinchado de soberbia.

¿Dónde vemos al fariseo en la parábola? En la zona preferente de la sinagoga, rodeado de personas que parecen admirarle. En esta zona habla para indicar sus méritos y señalar al publicano para despreciarle. ¿Cuántas personas dentro de la Iglesia hacen justo lo mismo que el fariseo? Demasiadas. Rodeadas de seguidores que les adoran a ellos, dejando a Dios en segundo lugar y señalando con desprecio a quienes “no son como ellos”. Si uno se atreve a señalar que su actitud es hipócrita, se rasgan las vestiduras y sus seguidores te llenan de insultos. La pregunta que nos podemos hacer es ¿Qué actitud tomar frente a esta frecuente escena?

Creo que la actitud nos la marca el publicano. No se centra en el fariseo, no porque no deseara ayudarle a deshacerse de su soberbia, sino porque no desea ser ayudado. Se centra en Dios, en Cristo y después se mira él mismo. Se mira a sí mismo para después pedirle a Dios que sea compasivo y benevolente con su incapacidad. Abre su corazón a Dios para que le llene de fe, esperanza y caridad. Sea así, quien no desea escuchar ni aceptar la ayuda, que viva su “perfección”. Ya le llegará el tiempo en que busque una mano que le ayude y estaremos dispuestos a dársela. Mientras, sintámonos indignos del Amor de Dios y roguemos por nosotros mismos y nuestros hermanos. Incluido el fariseo, que es tan hermano como otro cualquiera.

Y El les dijo: Vosotros sois los que os justificáis a vosotros mismos ante los hombres, pero Dios conoce vuestros corazones, porque lo que entre los hombres es de alta estima, abominable es delante de Dios. (Lc 16, 15)