Hay comunidades (grupos, parroquias, capillas, colegios, centros de espiritualidad, etcétera) en las que por más empeño que se pone en que surjan hombres y mujeres que, desde su vocación, respondan a los retos de la Iglesia y de la sociedad, no se consigue casi nada, dejando una sensación negativa, capaz de motivar el cierre de la obra y/o proyecto. ¿Qué hacer para resolver las cosas? El primer paso es revisar cómo se pone en práctica la liturgia. En ella, como lo dijo en su momento el card. Ratzinger y ahora el card. Sarah, se encuentra el futuro de la Iglesia. ¿Pero acaso el método FODA no basta para identificar los problemas? Sí y no. En cuestiones de tipo estructural, ayuda mucho, pero cuando de fondo hay un reto o necesidad espiritual, es mucho más simple y en casi todos los casos tiene que ver con la liturgia. Es decir, el cuidado que se pone al momento de ponerla en práctica, ofreciendo un espacio capaz de conectar con Dios, de reconocer su voz en medio de tantas voces y ruido que existe a nuestro alrededor. Por ejemplo, cuando se expone al Santísimo, ¿se cuida el silencio y el empleo de la música sacra? Son pequeños detalles que marcan la diferencia. Y no estamos diciendo que todo canto deba darse en latín (que no viene mal saberse los principales), porque la lengua de cada lugar tiene su valor, pero sí que sea apropiado al momento, porque al final lo que cambia la vida, es Jesús y, aunque nos toca poner los medios, solamente él puede atraer y comprometer en la fe.

El cardenal Sarah, Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, representa a una parte muy significativa de la Iglesia en África. Gracias a la fe de tantos misioneros que han empeñado su vida en compartir lo que creen, tenemos referencias y/o perfiles como los del card. Sarah. Precisamente porque viene de una comunidad católica relativamente joven, está libre de la monotonía en la que podemos llegar a caer –si no hacemos nada al respecto- los que provenimos de países tradicionalmente católicos, lo cual, le permite ver más allá y revalorar aspectos que quizá hemos perdido de vista pero que, en realidad, suponen el futuro de la Iglesia. Sin duda, es el caso de la liturgia. El cardenal nos ha dejado reflexiones muy interesantes que, además, cuenten con el peso de la autoridad por él representada, porque ciertamente está ejerciendo su tarea de prefecto y, por ende, no estamos ante una reflexión aislada o meramente personal, sino que se trata de una guía para toda la Iglesia. Hay una palabra que no es muy empleada en el lenguaje coloquial, pero que tiene que ver con el mensaje central del cardenal: la sacralidad (RAE: “cualidad de sagrado”) de la liturgia; especialmente, en la celebración de la Eucaristía. La forma de celebrarla, expresa la asimilación del misterio; es decir, la conciencia del significado de la presencia real de Cristo. ¿Qué situaciones, por lo tanto, afectan la sacralidad? Podemos resumirlas en una sola: restarle protagonismo a Dios. Si de verdad creemos que, a través de la oración, de los sacramentos y, por supuesto, de los que más nos necesitan, Dios entra en contacto con nosotros, lo dejaremos tener el primer lugar, renunciando a la tentación de querer manipular la liturgia como si él no fuera suficiente para atraer y llevar a un sólido proceso de conversión, de cambio, de mejora, de coherencia. La liturgia “aterriza”, hace accesible, el misterio de Dios. No solamente inteligible, sino vital. Podríamos decir que tiene “vida propia”, porque el Espíritu Santo la toma como instrumento.

Es muy oportuno también aprender del papa Francisco, de su forma de celebrar la Misa. Cualquiera que lo haya visto en televisión, seguramente notó cómo se centra totalmente en lo que se está celebrando; sobre todo, durante la consagración. Por lo tanto, la oración y los sacramentos, lejos de ser una serie interminable de ritos, constituyen el contexto o la base de todo católico. De ahí, surge la acción, el compromiso social que es tan necesario en nuestro tiempo. De otra manera, seríamos activistas, en vez de hombres y mujeres de fe en un mundo que busca respuestas.

La liturgia no es pesada o tediosa. Lo que si llega a cansar o desanimar es caer en el error de querer innovar al punto de cambiar su esencia. Ahí viene el problema, la raíz de la crisis de fe que es un área de oportunidad muy importante para trabajar. Cuando se celebra dentro de lo que enseña la Iglesia, resulta práctica y, lo más importante, da frutos para la vida de cada día. Por lo tanto, para que surjan vocaciones (sacerdotes, religiosos, religiosas, laicos, matrimonios, etc.) es indispensable cuidar la liturgia, hacerlo con sencillez y profundidad. Afinar la vida espiritual, compromete. Hacerla a un lado, dispersa. De ahí el sentido de la liturgia en pleno siglo XXI.