Hablábamos ayer de lo antiestético que le resultan a esta sociedad la enfermedad y la vejez, y hoy da el ABC la espeluznante noticia de que nueve de cada diez niños con síndrome de Down no llegan ni a nacer, porque sus madres, mejor diría, sus progenitores, los dos, se desembarazan de ellos antes de que el evento ocurra. Lo que se me antoja un nuevo ejemplo de culto a la estética, como tantos, carente de todo soporte ético.
 
            Más allá del derecho que a nadie asiste de eliminar una vida, ni aún prenatal, porque venga con tal o cual malformación, considerar el síndrome de Down como una malformación es una aberración. Hoy estamos viendo como los niños y los adultos down se desenvuelven en la sociedad con una pericia digna de encomio. ¿Han visto Vds. el precioso anuncio de CEPSA – me permito citar la marca porque en este caso bien se lo merece- en el que un simpatiquísimo down encarnado por un excelente actor que también lo es, le pone gasolina a un joven resfriado que no da crédito a sus ojos? Son varios los actores con down que deambulan por las pantallas españolas, y no son menos los down que, sin salir de nuestras fronteras, incluso se han titulado en la Universidad.
 
            Yo tuve la suerte de conocer a uno que se crió prácticamente en la calle, desde luego sin las ayudas ni los medios de los que hoy disponemos, y era vivo y desenvuelto como he conocido a pocas personas en mi vida. Conservo de él recuerdos impagables, como aquella ocasión en que me pidió dinero mientras yo compraba en una pollería e intenté desembarazarme de él diciéndole que no tenía suelto. Ramoncito, pongamos que se llamaba así, me dio amable conversación hasta que terminé de comprar el pollo, y cuando pagué con un billete y me devolvieron las monedas correspondientes, me cogió la que mejor le pareció, que resultó ser y no por casualidad, una de diez duros, la más grande, mientras me espetaba: “Ahora ya tienes suelto”.
 
            A ese mismo Ramoncito, mi padre le daba dinero, pero siempre en concepto de “préstamo”. Cuando en alguna ocasión mi padre no tenía para darle o sencillamente decidía no hacerlo, le decía: “Ramoncito, me debes cien pesetas”. Y Ramoncito, que de tonto no tenía un pelo, escapaba maldiciendo y esperando mejor ocasión para el nuevo “préstamo”.
 
            Los down están particularmente dotados para el afecto, algo bien sabido, y son perfectamente aptos para desenvolverse con soltura en la sociedad. Pero ocurre con ellos algo que me abona una vez más en la teoría que propuse ayer: por desgracia para ellos, su excepcionalidad –en modo alguno la llamaría malformación- va más allá de un cromosoma de más en el par 21, y les queda grabada en el rostro. Y eso, a los estetas del código de la “bella sociedad”, no les gusta un pelo.
 
            Las cifras que expone ABC, nueve de cada diez downs exterminados antes de nacer, son sencillamente escalofriantes. Parece mentira que una sociedad que se jacta de haber enterrado el nacionalsocialismo, se halle en el camino de alcanzar en materias como la de la eugenesia en este caso, logros que habrían dejado boquiabierto al mismísimo Hitler. A este ritmo, no me cabe duda, el género humano resolverá el problema del down: no lo hará sobre la base de exterminar el daño, sino sobre la de exterminar al damnificado. Así, digo yo, cualquiera.