Desde muy pequeño he tenido una relación de gran amistad con la radio. Recuerdo tardes enteras, haciendo deberes en México mientras escuchaba los partidos de béisbol de las Ligas Mayores, comentados magistralmente por voces latinas que alegraban la tarde, o siguiéndolos con la narración en versión original de los equipos, a través de la onda corta (Internet, por supuesto no existía).
Pasé a vivir a España y me encontré en la tierra prometida. Yo creo que no hay país en el mundo en que la radio adquiera tanta relevancia, donde la gente baje el volumen de la televisión y, en lugar de escuchar a aquellos que pagan cantidades ingentes por los derechos de retransmisión de eventos deportivos, prefiera oír las voces familiares de gente que te comenta un partido de fútbol o los Juegos Olímpicos, a través de la radio, como si estuviera sentado en el mismísimo sofá de tu casa.
Me fascina las retransmisiones de televisión o seguir acontecimientos por Internet, pero la radio es especial. Porque la radio te acompaña y puedes escucharla justo al despertarte, mientras te preparas para ir al trabajo, en el coche, durante largas horas de carretera, cuando guisas, mientras haces los deberes, en el metro, en el autobús… 
A mi la radio siempre me ha gustado como entretenimiento. Jamás he sido amante de grandes polémicas, ni debates, ni discusiones que lo único que consiguen es ponerte de mal humor. Así, al llegar a España me enganché al Carrusel Deportivo de Paco, de Pepe, de Lama. Después, cuando hubo el cambio a la COPE, me hice de Tiempo de Juego, porque uno –al menos yo- es más de la gente que de las emisoras; de los jugadores que de los clubes.
Dentro de ese fenomenal equipo junto al que han crecido mis hijos había una persona entrañable, curiosamente un árbitro. Un hombre incapaz de criticar a nadie, mucho menos a un compañero de profesión, que cuando le pedían que evaluara una jugada concreta, respondía como gallego -a pesar de ser murciano-, para explicarlo de la mejor forma posible sin cargar las tintas contra el trencilla de turno.
Como han dicho muchos en mensajes de condolencia a Tiempo de Juego, la frase acuñada por Manolo Lama, ¿cuánto queda José Francisco?, también es un clásico en casa. Que la cena no está preparada, ¿cuánto queda José Francisco? Que alguna –o alguno- tarda en salir de la ducha, ¿cuánto queda José Francisco? Que vamos tarde y urge salir de casa porque nos esperan para comer, ¿cuánto queda José Francisco?
La ausencia en los últimos meses de José Francisco Pérez Sánchez en la radio nos tenía preocupados. Hace una semana nos enteramos de que su batalla con el cáncer concluyó e, instintivamente, mandé un Whats App por el grupo familiar, dando la noticia y pidiendo a todos que rezáramos por él.
Es cierto que el tiempo todo lo cura, pero las tardes de sábado y domingo y las noches de martes y miércoles, especialmente hacia el minuto 85 de cada partido,  serán desde ahora diferentes. De cualquier manera, si lo que queremos al final de este peregrinar por la vida es ir al Cielo, dejadme que, a menos título personal, continúe preguntándome ¿cuánto queda José Francisco?