4. CAMINO DE LA CÁRCEL DE PORLIER
 
Nos sirvieron la cena, que apenas probamos a pesar de que parecía sabrosa. No estaba nuestro ánimo para regalos.
 
Nos juntamos para pasar la noche, que no presagiaba nada bueno, como así sucedió. A las cuatro de la mañana, despiertos y vigilantes, escuchamos las voces alteradas de los guardianes, en un cuarto inmediato, que debería ser el de Guardia.
 
Leían en voz alta los nombres de los que iban a salir, en una primera expedición. Por fortuna no sonaron los nuestros. ¿Adónde los llevaban?  ¿A la cárcel o a ser fusilados? Entre los presos corrían todas las versiones. A las cinco salió otro grupo, del que formó parte nuestro hermano Anastasio Garzón. Antes de despedirnos le invité a confesarse. Me aseguró que creía estar a bien con Dios. Le llegó el turno al grupo del que formamos parte, a las 6 horas de la mañana, por cierto destemplada y fría.
 
Éramos unos treinta. Nos metieron en un coche celular. Nos pasearon por la ciudad, deteniéndose nuestra ambulante cárcel varias veces para dejar a unos y meter a otros. No nos veíamos ni nos conocíamos. Parecíamos carne llevada al matadero. Al fin amanecimos ante la fachada de un gran edificio, el colegio de los Padres Escolapios, de la calle Porlier convertido en cárcel.

 

 
Unos milicianos, con aire de dormidos y medio borrachos, nos recibieron con mirada y actitud hostiles. Nos apuntaban con sus fusiles. Uno del grupo, decidido y enérgico, se adelantó a uno de ellos diciéndole:
 
-Baja ese fusil y no hagas disparates. Se engalló el interpelado e hizo ademán de disparar. Un oficial de prisiones, que adivinó la tragedia, zanjó rápido la cuestión. Respiramos.
 
Formados en fila de uno, procedieron a cachearnos. Pepe Villalva, llevaba unos billetes y yo alguna plata. Hábilmente mi compañero escondió el papel en un zapato. En la prisión habría de servirnos de provecho.
 
PRIMER DIA DE CÁRCEL, EN AYUNAS.
 
Nuestro Colegio-Cárcel o Cárcel-Colegio, que aún existe, es un edificio de hermosa planta y de moderna construcción. Cuenta con sótano y cuatro pisos amplios, de muchos ventanales, espaciosas galerías y cómodas aulas, en las que naturalmente faltaba el mobiliario, pues se habían convertido en “celdas” para los presos. Cuando ingresamos había una población penal de tres o cuatro mil personas que pronto había sobrepasado a los seis mil.
 
Se nos colocó provisionalmente en el sótano, mientras se nos clasificaba. Para los “rojos”, eran cuatro las categorías de los detenidos, atendiendo a su peligrosidad: militares, falangistas, sacerdotes o religiosos, y los “indocumentados”.
 

 
En nuestro grupo los había, como supimos después, de las cuatro clases. Nos colocamos como pudimos en las habitaciones del sótano, a excepción de algunas en las que  había ciertos presos “incomunicados”. Nos prohibieron hablar con ellos, así como salir de la celda, de no ser llamados. Nos tuvieron a dieta todo el día, pero no echamos de menos la comida, dado nuestro estado de ánimo, tensionado como estaba por las fuertes y opuestas emociones, vividas en las últimas veinticuatro horas.
 
Y llegó la noche. La oscuridad, el silencio, y aquella triste soledad, eran un incentivo, junto con el cansancio, para el retiro, la reflexión y sobre todo, para orar.
 
Y rezamos mientras las lágrimas brotaban abundantes, suaves, sin esfuerzo, desahogando nuestro corazón oprimido y descargando nuestros nervios. ¡Qué dulce y resignado llorar! A través de nuestro llanto en tensión, nos parecía ver la mirada amorosa de Dios, como sonriéndonos.
 
Sentíamos presente y palpable la compañía de nuestra Virgen, de nuestros santos como si el cielo hubiese bajado hasta nuestra pobre y fría celda. En verdad que nunca recé con tanto fervor, con tanto gusto, con tanta fe y confianza como aquella mi primera noche de cárcel.
 
Adormilados por las emociones del día, acurrucados en un rincón, para defendernos del frío, soñando quizá con los nuestros y con la libertad, nos despertó a la realidad, el estallido, al principio seco y aislado, de las balas, que fue creciendo hasta hacerse ensordecedor. Silbaban con horrísono estruendo, en la quietud de la noche y rebotaban en las paredes del corredor.
 
-¿Qué pasa? ¿Qué sucede? Nos preguntábamos angustiosos. Creíamos lo peor. El asalto a la cárcel, para acabar con nuestras vidas. Vimos cómo estallaban algunas bombillas.
 
El pánico cundió entre los presos que no encontrábamos sitio donde escondernos. Fueron momentos de angustia. Por suerte el tiroteo fue apagándose y todo volvió al silencio. Latía apresuradamente nuestro corazón. Serenados al fin pudimos rezar y dar gracias a Dios.
 
Más tarde supimos  que los soldados de un cuartel vecino, se habían entretenido, jugando con la muerte, en hacer puntería con las lámparas del sótano.

TERCERA PLANTA.  EMOCIÓN DE UN ENCUENTRO
 
El día 8 de septiembre, sobre las diez de la mañana, nuestro grupo, en número de treinta, abandonó los sótanos para subir al tercer piso y empezar la vida de prisión que había de durar siete meses, hasta la liberación por sentencia.
 
Al trasponer la puerta de la verja de hierro, salieron los reclusos a darnos la mal-venida, con caras de compasión y de lástima.
 
En una fila, alineados había unos hombres que iban, según dijeron, a reconocimiento médico. Entre ellos, como un preso vulgar, encontramos al gran cooperador salesiano, judío, alemán y millonario, don Fernando Bauer, que tantas vocaciones sacerdotales amparó y protegió, con su dinero. Entre ellas, la mía. Apenas pudimos hablar: su mirada serena, y su dulce sonrisa me dijeron bastante. No le volví a ver. Supe después que por su condición de extranjero, lo pusieron en libertad.
 
Las aulas, convertidas en celdas, estaban repletas de hombres. Nuestro grupo, recién llegado, buscó la manera de acomodarse en la galería, lugar de paseo y expansión, durante el día, y dormitorio obligatorio, para los que carecíamos de sitio más recogido, durante la noche. Una semana larga pasamos las interminables horas nocturnas, en el santo suelo, durmiendo, menos mal, en el piso de madera, sin colchón, sin mantas y vestidos de calle, como entramos…
 
El que dijo que la madera es sana, higiénica y blanda para dormir, se ve que no ha estado en una cárcel… De mí sé decir que no logré, en los ocho días, acostumbrarme a ella y que, después de muchas vueltas para acomodar el cuerpo, me levantaba roto y deshecho, por la mañana.
 
¡Qué terrible despertar el de una cárcel! El paréntesis de la noche se prestaba a toda clase de sueños. Recuerdo que a través de la ventana, se filtraba la luz de la luna y se veían en el cielo azul y limpio de  la noche parpadeantes las estrellas, que nos hacían guiños y nos daban envidia, porque estaban altas y limpias, alejadas de los odios, de los hombres, señalándonos con su luz, el camino de la libertad.
 
La realidad se encargaba de deshacer nuestros sueños. Ellas, inmóviles, brillantes, como si sonriesen, nos invitaban a la esperanza. Ellas verían, conmovidas, nuestras esperanzas y lágrimas, hasta oirían el murmullo suave y quedo de nuestras plegarias, y se las presentarían a nuestro Dios. En Él confiábamos. ¡Qué bien se reza en una cárcel!