Hay placer y alegría.
El placer es la felicidad del cuerpo;
la alegría es la felicidad del alma.
-Michel Quoist-
 
 El escritor protestante, Bruce Marshall, se había educado en un rígido puritanismo protestante y, según cuenta, no estaba acostumbrado a ver cómo se exterioriza la alegría, cosa tan sana y tan propia de un cristiano, que,  si es consecuente con su fe,  tiene muchos motivos para vivir  contento. 
Las ceremonias religiosas protestantes a las que solía asistir estaban impregnadas de seriedad y de rigidez. Pero, hete aquí que un día se llevó la gran sorpresa. 
Asistió por primera vez en su vida a una Misa católica con motivo de la primera comunión de un compañero, y, en medio de la celebración, se le escapó del bolsillo una moneda. La moneda fue rodando por el pasillo central del templo, ante la mirada curiosa de los presentes y del mismo sacerdote, hasta ir a desaparecer engullida ─¡también es mala suerte!─ por la única rejilla de la calefacción de la iglesia.
 
La cosa es que al sacerdote le dio la risa, y a los demás feligreses se les contagió la risa del sacerdote... El pequeño Bruce no salía de su asombro, y pensó al mismo tiempo: Ésta debe ser la Iglesia verdadera; aquí hay alegría, la gente se ríe.
 
Y es que, efectivamente, la alegría, el humor y los buenos modales son la mejor tarjeta de presentación del evangelio. ¿Eres cristiano? ¡Pues sonríe, por amor de Dios! ¿Os acordáis del refrán: ¿Educación y buenos modales abren puertas principales? Esta máxima también se cumple a la hora de anunciar a Cristo vivo con la palabra y el ejemplo. 
Sin embargo, a veces, la alegría de la Pascua, la alegría del mes de mayo, la alegría de nuestra fe, contrasta con la vida sombría de ciertos cristianos que presentan unos modales un tanto ásperos, a la hora de vivir y anunciar la Buena Noticia.
 Craso error, pues no se puede anunciar el Evangelio a través de evangelizadores tristes, secos, serios, malhumorados. No en vano, las primeras palabras de Jesús resucitado fueron:  ¡alegraos! 
Si el evangelio es Buena Noticia, el mal humor es incompatible. Así lo explica monseñor Damián Iguacén, obispo emérito de Tenerife:
 
El Señor no quiere seguidores gruñones ni mal humorados, ni entris- tecidos. No le gustan las procesiones de sauces llorones. No le agradan las letanías de resentidos. No quiere hermanos de la Cofradía del Perpetuo Suspiro. Los cristianos hemos recibido en el Bautismo la consigna de servir al Señor con alegría; el mal humor no es un buen conductor de la Buena Noticia del Evangelio.
 
Tenemos que evangelizar seriamente con la sonrisa, porque nada produce más gozo que sentirse hijos de Dios. Esta iglesia, dijo Bruce Marshall, debe ser la verdadera; porque aquí hay alegría.