Aunque el clima no lo certifica; las fechas, sí. Hemos acabado el verano y nos hemos plantado en el otoño. El termómetro sigue rebasando los veinte grados con comodidad, pero la etapa estival, al menos en cuanto a vacaciones y descanso se refiere, ha quedado finiquitada. De hecho, estamos ya dentro de la gran vorágine de ese día a día que intenta aplastarnos estrepitosamente. Los niños también sufren los suyo, pues la etapa escolar se ha iniciado ya y muchos se encuentran en la segunda semana del curso, lo que implica conocer a los nuevos tutores, múltiples reuniones, inscripciones en actividades extraescolares…
 
Sería una pena, absorbidos por el frenético paso que siempre trae el mes de septiembre, no echar la vista atrás y recordar las geniales vivencias veraniegas. No con un sentimiento nostálgico -¡en lo absoluto!-, sino para recibir una bocanada de esperanza, casi tan buena como la que podíamos respirar hace menos de un mes, rodeados por la naturaleza, lejos del bullicio de la ciudad.
 
Nosotros llevamos cinco años disfrutando del mes de agosto en la Cerdanya, un sitio impresionante, donde algunas veces solo la presencia de las moscas nos recuerda que todavía no estamos ya descansando del Paraíso. El lugar es sensacional para ir en familia, pudiendo convivir abuelas, jóvenes de veinte o casi veinte años –como mis hijos mayores-, adolescentes, niños –como mis cuatro sobrinos-… Principalmente, lo que nos encanta de la Cerdanya es que hay actividades sanas, destacando por supuesto las excursiones en los espectaculares parajes del Pirineo, pero también los torneos deportivos, como las 12 horas de voleibol de Bolvir, donde la familia Serrahima nos dio una soberana paliza.
 
Cada año subimos un pico de los más altos que hay en la zona (2.900 metros), acompañados por nuestros amigos de toda la vida, con los que podemos pasar ratos tranquilos, hablando sin las prisas diarias de la ajetreada vida que solemos llevar. Este año, tocó ascender el Carlit, con madrugón de las cinco de la mañana incluido. Tuvimos como guías a veteranos montañeros: Ricard, Alex, Antonio, Jorge… Éramos un grupo de más de veinte y al final solo yo me quedé en el lago de debajo del pico (tema de vértigo). De casa, Loles y nuestras dos hijas pequeñas, Nuria y Blanca, coronaron la cima.

También quedamos en un refugio con los del turno de Adoración 29, para que Juanote nos deleitara con una de sus espectaculares paellas, preparada mientras el presidente del turno, Xavi y su familia, nos llevaban a dar una vuelta por la montaña. Dos días antes habíamos disfrutado de un costillar a la barbacoa en casa de mi hermano. En otra ocasión, subieron desde la ciudad Bert, Elena y cinco de sus ocho hijos, para pasar un día animado con una sensacional excursión, que terminó delante del lago de la Font Viva. Sergi hizo de guía y Carlos realizó toda la estadística del trayecto: distancia recorrida, tiempo, calorías gastadas.…
 
Desde luego, no hay nada mejor que la vida al aire libre, compartiendo momentos sencillos con geniales amistades. Pero en la Cerdanya también se puede mantener la vida espiritual, la cual muchas veces queda olvidada en el verano. El simple hecho de mirar la montaña nos invita a la contemplación, pero tenemos también los Sacramentos muy a la mano. En Puigcerdà, la capital de la comarca, se puede ir a misa cada día. Mención especial reciben las celebraciones de las ocho de la tarde los fines de semana. Porque la eucaristía es la misma, pero lo que la rodea importa enormemente, por temas de devoción, para estar más atentos…
 
Las vigilias del sábado las oficia el rector, Josep Grau, quien llena sus homilías de sabiduría. La celebración del domingo está cargo del sacerdote, Pere Morales, que transmite en su predicación el entusiasmo de una vocación adulta. La música juega un papel importantísimo. Gracias a dos personas clave podemos disfrutar del Ave María de Schubert, el Panis Angelicus y este año, durante el ofertorio, del impactante Amazing Grace. Ellos son el tenor Ferran Faus, de la polifónica de Puig-reig, y el mismísimo alcalde de la ciudad, Albert Piñeira, un maestro tocando el órgano, capaz de deleitarnos a la salida hasta con temas principales de algunas películas, como La Misión.
 
Desde aquí, nuestro más sincero agradecimiento a la Diócesis de Urgell, cuyo obispo, Joan-Enric Vives, realiza en la Cerdanya sendos encuentros durante el verano con matrimonios y jóvenes. Gracias a todos los sacerdotes de la zona, principalmente a los de Puigcerda, por la gran acogida que nos brindan a los fieles veraniegos. Gracias también a los responsables de la música por un gran regalo: fomentar nuestra capacidad de emocionarnos durante la celebración eucarística.